dilluns, 8 / juny / 2009

Estar de parto

(Rm. 8:12-27; Jn. 3:1-17; Iglesia de Cristo, Madrid; 7/6/09)

Hoy es Domingo de Trinidad. El calendario litúrgico sitúa este día justo después de Pentecostés, de la venida del Espíritu, como si de alguna forma el ciclo de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo quedara nuevamente recorrido. Sin embargo, cuando uno se planta ante la cuestión de la Trinidad, esa sensación de sentido, de dirección, tiende a desaparecer. Más bien nos sentimos bastante como el bueno de Nicodemo cuando Jesús le soltó aquello de “nacer de nuevo”. Es fácil imaginarse la cara de estupor que puso Nicodemo cuando oyó la respuesta de Jesús, los ojos como platos, con aquella mirada que solemos dirigir a la gente que dice cosas sin sentido.

Nosotros, que jugamos con más ventaja que Nicodemo, entendemos que lo que Jesús quiso decir con aquello de “nacer de nuevo” no era el hecho físico y carnal de volver al vientre de la madre, como Nicodemo pregunta. Eso es imposible. Obviamente, el propio Nicodemo sabía que tampoco era esto a lo que Jesús se refería; si lo hubiera creído, se habría ido al instante dejando a Jesús por un loco. La verdad es que hay que reconocer que Jesús era un personaje bastante peculiar del que cabía esperar este tipo de respuestas ¿no creéis? No, Nicodemo se queda, consciente de que Jesús está expresando una realidad fundamental, una verdad existencial. Decir cosas inesperadas que rompen el común de los esquemas es una buena forma de captar la atención de la gente. Lo que Jesús quiere implicar con esto de “nacer de nuevo” es el hecho de establecer una nueva relación con Dios principalmente mediada por el amor que existe entre padres e hijos, como él mismo expresa un poco más adelante con aquello de “de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. ¿Qué padre, qué madre, no lo haría todo por sus hijos e hijas? Sí, a lo que Jesús se está refiriendo con aquello de “nacer de nuevo” es ese cambio cualitativo que se produce cuando aceptamos la gracia de Dios: no más separados de Dios, sino Hijos de Dios.

Pero Nicodemo lo somos todos cuando se nos pone en frente la Trinidad. Porque vamos a ver ¿qué es esto de la Trinidad? Es un concepto que queda lejos de nuestra práctica, lejos de los púlpitos y reflexiones sobre la Palabra que oímos en nuestras iglesias, porque es un concepto incómodo. No nos suelen gustar las cosas que no están atadas y bien atadas. Y la Trinidad parece más materia de discurso filosófico y de alturas teológicas que no palabra con un sentido actual para nosotros. Y sin embargo está en las primeras declaraciones de fe de la iglesia: creemos en Dios que se manifiesta en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es decir, que no la podemos dejar a un lado.

El problema con la Trinidad es que se ha caído en la trampa del discurso racionalista y lingüístico, en nuestra obsesiva manía por poner nombre a todo, como si nombrándolo entrara en nuestra esfera de acción y lo pudiéramos controlar. Pero si nos paramos a pensar un poco, nos daremos cuenta que en realidad la Trinidad no se halla tan lejana a nuestra experiencia como cristianos y cristianas, porque una de las características más notorias de la Trinidad es la relacionalidad, la familiaridad consigo misma y con todo lo que es creado.
Bueno, ahora he soltado la frase del día, la del discurso teológico, ¿verdad? Voy a repetirla otra vez: una de las características más notorias de la Trinidad es la relacionalidad, la familiaridad consigo misma y con todo lo que es creado.

Con este enunciado un poco abstracto lo que se quiere decir es que Dios siempre está-en-relación, siempre es dinámico, porque siendo uno, es tres, y siendo tres es uno. Digamos que Dios nunca está quieto, nunca está solo, siempre anda hablando consigo mismo, y siempre se encuentra en relación a algo, haciendo algo. Este es el sentido más profundo de la Trinidad y es como se nos es dado a experimentar a Dios como Padre, como Hijo y como Espíritu. Porque a Dios sólo lo podemos conocer en relación, es decir, sólo nos podemos relacionar con Dios cuando lo reconocemos como algo respecto a nosotros, en este caso, como Padre, como Hijo o como Espíritu. Y eso es lo que le intentaba hacer entrar en la mollera Jesús a Nicodemo. Pensad por un momento en la propia Biblia. ¿Qué es la Biblia si no un compendio de las relaciones entre Dios y el ser humano? Y es a través de esas relaciones como conocemos a Dios. Conocemos pues a Dios en relación.

Se dice que si uno lee los textos del NT no encontrará ninguna referencia directa a la Trinidad; esto es cierto. Si buscamos la palabra Trinidad tal cual en el NT, no la encontraremos. Pero ese sentido de familiaridad que comentaba antes, de relacionalidad, se encuentra por todas partes, es el entramado básico que sostiene toda la Biblia. Y por supuesto, nuestro buen amigo Pablo no podía ser una excepción, porque en el fragmento que nos propone el leccionario para hoy, justamente hallamos el funcionamiento de esta familiaridad perfectamente expresado: ahí aparece Dios el Padre, Jesús el Hijo y el Espíritu que anima.

Así que vayamos a ver qué nos dice Pablo, que al fin y al cabo es más o menos lo que ha dicho Jesús en Juan aunque expresado de otra forma.

Una de las cosas que más me llama la atención cuando pongo uno junto al otro el texto de Juan y el de Pablo es la cantidad de imágenes y ecos que se repiten. Hay uno en especial que me llama poderosamente la atención. Los que me conocéis desde hace tiempo no os costará adivinar que es la imagen del parto. Me parece una imagen preciosa y tremendamente poderosa para expresar nuestra experiencia de Dios, sobretodo porque nos es una imagen tan cercana y tan feliz que es capaz de comunicarnos muchísimos matices. Acordaos lo que sentisteis, vosotras madres, al ver a vuestro hijo. Y vosotros padres, cuando lo sostuvisteis por primera vez. No es tampoco difícil para los que no somos padres imaginarlo: un nuevo comienzo, una nueva vida. Lo mejor es que en esta imagen está presente aquello que decía antes de la Trinidad, aquello de que una de sus características esenciales es la familiaridad consigo misma y con todo lo que ha sido creado. Porque dar a luz en nuestra experiencia humana, es decir, parir, es normalmente, hacer familia, es decir, justamente estar-en-relación.

Sin embargo, hay diferencias en cómo Juan y Pablo usan esta metáfora. Juan habla más bien de que somos nosotros lo que estamos de parto, en el sentido de que debemos experimentar un nuevo nacimiento, el nacimiento del “agua y del Espíritu”, esto es, del bautismo y la experiencia del Espíritu, abrirnos a una nueva vida. Pablo por su lado habla de que es la creación la que gime con dolores de parto, esperando a que la gloria de Dios se manifieste entre nosotros. Yo os quiero proponer que pensemos hoy que Dios es quien está de parto.

Como mis buenos y muy aplicados compañeros y compañeras de seminario me han recordado, el capítulo 8 de Romanos es conocido por ser la clave para entender el pensamiento de Pablo, al menos en esta carta. En realidad, es cierto que aquí Pablo desgrana uno de sus temas favoritos: la Ley y la nueva vida en Cristo. Pero Pablo nos tiene una pequeña sorpresa reservada, porque la manera en cómo habla de esta nueva vida que está en Cristo es a través del lenguaje de la familia, pues de lo que estamos hablando es de ser hijos e hijas de Dios. En realidad, podríamos decir que aquí Pablo trenza conjuntamente lo que es la experiencia de Dios-Padre, de Cristo y del Espíritu. Pero vayamos por partes.

a) El Espíritu: curiosamente, Pablo empieza su desarrollo del reconocimiento que hace Dios de nosotros como sus Hijos e Hijas con el “hermano pobre”, por decirlo de algún modo. Digo “hermano pobre” porque todo el mundo tiene más o menos claro qué es Dios, en el sentido de que tenemos una idea concreta de qué es Dios. Lo mismo, o más, sucede con Cristo, al que solemos pensar casi exclusivamente como Hijo, aunque hay muchísimas otras formas de pensar en él que dejaremos para otro día, como por ejemplo, la encarnación de la Sabiduría de Dios. Pero ¿y el Espíritu? No es algo tangible, no es algo que hayamos solidificado en un concepto, porque por su misma naturaleza, es imposible aprehenderle. El que tiene el Espíritu, dice Jesús, es como el viento. Al Espíritu se le puede sentir, pero no se le puede contener. Y sin embargo, dice Pablo, es el Espíritu lo que nos alienta a vivir según la voluntad de Dios, lo que nos pone en el corazón la conciencia de Dios, por decirlo de algún modo.

b) El Padre: Lo que acabamos de decir, que es el Espíritu el que alienta a vivir según el camino de Dios, Pablo lo resume en una de sus expresiones más memorables: “habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba, Padre! Y ese Espíritu da testimonio de que somos hijos e hijas de Dios”. Porque es Dios por gracia que nos adopta como hijos e hijas suyos. Por cierto no nos agobie mucho la distinción entre “adopción” y “filiación”. En el derecho romano antiguo, del cual Pablo saca la idea de adopción, ser hijo adoptado o biológico es virtualmente la misma cosa. Ambos tienen las mismos derechos… y las mismas responsabilidades. Con esto, quiere decir Pablo que es Dios quien nos ha reconocido libremente como hijos e hijas suyos.

c) Cristo: Pablo habla también de que si somos hijos e hijas de Dios, somos coherederos también con Cristo. Aquí la relación no es tan vertical como horizontal: Cristo ha experimentado lo que nosotros experimentaremos, es el que ha abierto la vereda, los “primeros frutos” famosos. En este sentido, Cristo aparece como el hermano mayor. Y justamente eso es lo que quiere decir el término “cristianos”: Cristos pequeños.

Lo que está diciendo Pablo es que nosotros experimentamos a Dios de estas tres formas: como Espíritu, es decir, como el que transmite la adopción; como Padre o Madre, el que hace la adopción; y como Cristo: el que comparte su filiación con nosotros y nos hace participar de su relación especial con el Padre. Fijaos además que Pablo no distingue claramente uno de otros, sino que la acción de Dios no es diferenciable en estas tres formas, lo experimentamos como un todo. ¿Por qué? Porque no es posible distinguir la obra de Dios o compartimentarla: sólo a través del Espíritu Dios no adopta y nos incluye en la reacción que tiene con Cristo. Es una secuencia completa, imposible de distinguir, es un solo acto con varias escenas, pero al fin y al cabo el mismo acto. Por otro lado no podemos diseccionar el proceso porque es algo dinámico que ocurre ahora, en nuestra actualidad. Justamente Dios está de parto, porque Dios sigue concibiéndonos cada día sigue adoptándonos cada día como co-herederos con Cristo.

Esto es lo mismo que decir que Dios extiende su familiaridad hacia nosotros y nos hace partícipes de ella. Y esto se concretiza en nuestra experiencia de la Trinidad, porque experimentar a Dios como Padre, como Hijo y como Espíritu es lo que hacemos constantemente en nuestra vida cristiana: lo experimentamos como creador, redentor y regenerador. En realidad, entonces la Trinidad no es una idea que quede tan lejana de nuestra práctica, materia de debate teológico, sino que es algo extremadamente vital y práctico, algo que vivimos en nuestra carne. Así que en realidad, nos hemos dejado engañar un poco por aquello del “misterio de la Trinidad” y no nos hemos dado cuenta de que no hay manera de relacionarse con Dios que no sea trinitaria.

¿Qué significa todo esto para nosotros hoy ahora?

Si echamos de nuevo un ojo al texto de Pablo veremos que el apóstol define la salvación como algo parecido a la participación. Es por el espíritu de adopción que participamos en la relación de intimidad existente entre Dios Padre y Jesús. Es por es que somos co-herederos, o también heredad del propio Dios, su pueblo. Pero vayamos un poco más allá. Si la familiaridad es una de las características de Dios y el mismo Dios nos hace partícipes de esa familiaridad, eso significa que también nosotros debemos adoptar una actitud trinitaria. No porque como hijos e hijas de Dios debamos comportarnos en una suerte de imitación de Jesús y el Padre, como si ese fuera un modelo perfecto al que aspirar, como un modelo ideal puesto ante nosotros pero que nunca seremos capaces de alcanzar. No, no se trata de imitación, sino de participación, porque aunque el Reino de Dios no es una realidad futura o por venir, el Reinado de Dios está ya aquí entre nosotros. Lo que nos hace ser hijos e hijas de Dios no es nuestro deseo de imitación, sino el hecho de haber recibido el espíritu de filiación, de que Dios nos reconozca como sus hijos en Cristo a través del Espíritu. No se trata de imitar pues a Cristo, sino de interiorizar el hecho de ser hijos de Dios y vivir en consecuencia, guiados por el Espíritu.

Pablo también dice que tenemos una deuda no con lo carne, sino con el Espíritu, y esto también tiene que ver con el hecho de ser reconocidos por hijos. No porque la carne sea inherentemente mala y nos condene a la esclavitud. Al fin y al cabo, el mismo apóstol define también la adopción como la “redención de nuestro cuerpo”, como hemos oído en la lectura. No, para Pablo la vida en la carne, la vida de servidumbre es la de la Ley, y la ley inherentemente no es mala en sí misma, sino que su práctica ha sido corrompida: cuenta más el decreto legal que la motivación última del decreto, esto es, que cuenta más la forma que el fondo, siendo esta motivación última las correctas relaciones con Dios, la participación en esa familiaridad.

Dios sigue de parto, ahora, aquí, en este mundo, en este momento. No solo porque cada día nos acepte como sus hijos, sino porque esta adopción no es un acto cerrado. Le falta todavía un poco para ser completa. Es la famosa tensión entre el “ya” pero “todavía no” del Reino de Dios, cuando este sea una realidad definitiva. Esto sin embargo no quita que Dios nos esté incluyendo ya en su familiaridad. Os propongo por tanto respondamos. Respondamos a la experiencia que Dios nos brinda pensándonos como comunidad trinitaria. De nuevo, no como reflejo de la Trinidad de Dios, sino como plasmación concreta de la experiencia de Dios.
Esto quiere decir que estamos abocados a ser comunidad creadora, redentora y renovadora. Es decir, que nosotros también tenemos que ponernos de parto.


Somos comunidad creadora porque Dios es creador y posibilita el surgimiento de nuevas realidades en la historia y nos hace partícipes de ellas. Están en nuestras manos para que las administremos de acuerdo a los preceptos de Dios. Somos creadores de las relaciones que mantenemos entre nosotros, y responsables de que sean sanas y constructivas, de que generen vida.

Somos comunidad redentora porque somos el cuerpo de Cristo y participamos como tales en sus sufrimientos y en su glorificación. Esto de la “glorificación”, que es un acontecimiento futuro para nosotros, suena muy abstracto, también. Pero con esto lo que se intenta es decir que llegará un momento en el que ya no habrá más conflicto real entre Dios y nosotros. La redención que hay en Cristo debe ser también una realidad en nosotros. Debemos ser comunidad capaz de curar nuestras heridas y afrontar nuestros sufrimientos, siempre abiertos hacia el futuro.

Somos comunidad renovadora porque es gracias al Espíritu que nuestra familiaridad con Dios se renueva constantemente y nos regenera. También por tanto nosotros debemos renovar nuestras maneras de expresar nuestra fe, nuestro compromiso, las maneras en las que nos tratamos unos a otros, transformando así el mundo que nos rodea, que no es malo de por sí, sino que ha perdido su sentido.
Sólo una comunidad creadora, redentora y regeneradora es capaz de acoger al Dios trino y ponerlo en el centro de nuestra vida, lanzándonos así a la experiencia trinitaria. Es como un gran pez que se muerde la cola: en tanto Dios se nos presenta como creador, redentor y regenerador, nuestra predicación de él también debe ser creadora, redentora y regeneradora así como nuestra vivencia. No porque la comunidad sea creadora, redentora y regeneradora, sino porque Dios está en medio de ella haciendo este trabajo.

La obra de salvación no puede ser una realidad que nos sea impuesta desde arriba y punto, sino que se expande hacia afuera desde todo aquel que la recibe. Crea, redime, regenera. Dado que experimentamos al Dios Trino y su familiaridad, también nosotros debemos proyectarla hacia el exterior. Creación, redención, regeneración. Que Dios nos ayude a ser canales
adecuados para esta tarea.

dimarts, 12 / maig / 2009

DONES DE PALABRAS

Tengo costumbre de comprar la revista Clío cuando viajo, para hacer más llevaderas las horas de avión o de tren. En el número de este mes, hay un artículo en el cual se compara al emperador romano Septimio Severo (145-211) con Barack Obama. La comparación se basa en la procedencia “mestiza” de ambos dirigentes. Con Septimio Severo las élites provinciales (atención, élites) accedían a la máxima magistratura del Estado romano, de la misma forma en la que con Barack Obama las élites de una en otrora marginada población negra acceden ahora al poder de la nación más poderosa del globo hoy por hoy. Por supuesto, en el caso de Obama no hace falta remarcar lo de la élite de nuevo. Indudablemente, existen ciertos paralelismos entre estos dos personajes y los imperios que gobiernan, pero no me voy a detener aquí en un extenso análisis. Lo cierto es que mientras leía el artículo en cuestión, me venían a la mente aquellas tan famosas palabras sobre la Historia: “Aquellos que no conocen la historia están destinados a repetirla”. Veremos si finalmente Obama acaba siendo una especie de nuevo Septimio, el cual, por cierto, se pasó todo su mandato guerreando e intentando detener la decadencia del Imperio.
“Aquellos que no conocen la Historia están destinados a repetirla”. Creo que ésta es una gran verdad. Pero me hace pensar también en el hecho de que la Historia, así con mayúsculas, suele ser repetida a menudo aunque la conozcamos. El caso de Obama y Septimio es un buen ejemplo de ello, especialmente por lo que se refiere a las situaciones coyunturales que atravesaban Roma entonces y los EUA ahora. Quizá es que hoy estoy un poco “qohletinana”, con aquello de “vanidad de vanidades, no hay nada nuevo bajo el sol”, que por cierto, a mi juicio no se refiere tanto al pesimismo existencial como a la constatación de una realidad puntual. Ciertamente, en la Historia suelen existir ciertas pautas que a muy grandes rasgos se van repitiendo a lo largo de los siglos, con variantes más o menos importantes, especialmente por lo que se refiere al auge y caída de las sociedades. Lo cual no quiere decir que la Historia sea circular y que estemos constantemente danzando pasos de baile bien conocidos, como pensaban los antiguos griegos. Gracias a Dios, la Historia también es tejido original, conjugado constantemente con la experiencia humana. El pensamiento contrario sería no sólo reaccionario, sino tremendamente deprimente.
Sin embargo al pensar en esto, se me viene a la cabeza la idea de que a veces no se trata tanto de enunciar o hacer cosas nuevas como decir con nuevas palabras realidades existenciales, permanentes, humanas, que por ser esenciales se hallan una y otra vez a los largo del autopista. En este sentido, recuerdo una experiencia personal que me llevó a ese momento de descubrimiento y articulación de realidades fundamentales para mí con nuevas palabras, resinificando la realidad. En este caso, lo mío ocurrió cuando fui capaz de trenzar conjuntamente la reflexión teológica con la de la diferencia sexual, el pensamiento feminista. Nuevas palabras que venían a ilustrar realidades evangélicas con algunos siglos sobre los hombros. En mi caso, fue una experiencia casi de revelación.
“Saber decir lo importante de lo antiguo con palabras nuevas” me parece de nuevo uno de aquellos enunciados ciertos como catedrales. Y más en nuestra sociedad, la sociedad de la comunicación y del acceso fácil a la información. Algunos le dirían a esto “actualización”, que es lo que intentan hacer los pastores y las personas que predican en sus sermones, con más o menos éxito. Y la comunicación pasa invariablemente por las palabras. En este sentido, se puede decir que las palabras son realidades vivas, en el sentido de que establecen una relación simbiótica con aquello que significan. Pensemos por ejemplo en lo desasosegante que es no tener palabras para describir algo que ha ocurrido o relatar una experiencia. La ausencia de palabras suele crear incomodidad, aunque también es un momento de creación si se sabe verlo. En fin, digo que las palabras mantienen una relación simbiótica con las realidades que significan. Un vaso no es sólo un recipiente de cristal, sino también el sonido “vaso” asociado a esa imagen. En este sentido, se puede decir que las palabras, el lenguaje, tanto crean como recrean la realidad, de la misma forma que la realidad crea y recrea el lenguaje.
Pongamos un ejemplo. Tengo una amiga que suele tener una relación bastante libre con el lenguaje. Con esto quiero decir que suele hacer “cambios de nombre”, es decir, llamar a las cosas por otros nombres. O inventárselos directamente. A pesar de que ella no es española, su libertad a la hora de nombrar no puede ser reducida a una simple diferenciación cultural. No, lo suyo es un modo distinto, muy inventivo, de nombrar las realidades que la rodean. Y a la vez de nombrar nuevas realidades. El caso es que las palabras que usa suelen quedar integradas en la comunicación que ella y yo (y otros y otras) tenemos. No porque las usemos asiduamente, sino porque el vacío que ella crea en el lenguaje es lugar de nuevo entedimiento. Y a la hora de hablar, se da lugar a este vacío libre de forma inconsciente. Cuando alguien dice una palabra que ella usa o la escuchamos a ella, se está aludiendo a una compleja trama de relaciones, situaciones y estares-en-relación que hacen que “la-cosa-ésa” signifique algo en particular. En este sentido, la palabra crea tanta realidad como es creada por aquélla. Como decía ayer Eulàlia Lledó en un artículo del País “…La realidad cambia la lengua, pero también el hecho de usar la lengua de una manera determinada hace aflorar cosas que de otra manera no aflorarían”.
Bueno ¿y adónde nos llevan Septimio Severo, Barack Obama y el “don de palabras” de mi amiga? Pues nos llevan a la necesidad de la existencia del lenguaje inclusivo. Porque nombrando se crean realidades, nos situamos ante el objeto o sujeto que enunciamos de una determinada manera. Esta “determinada manera” es la manera según la cual hemos venido entendiendo el mundo… y es la que hay que cambiar, la que hay que poner en palabras nuevas conservando a la vez lo mejor que nos ofrece. Se trata de un constante trabajo de cardado e hilado, de selección, de trenzar de manera significante. A mí, no me vale que mi ser-mujer-en-este-cuerpo no halle eco en las palabras. No me vale el “nosotros creemos” sino el “nosotros y nosotras creemos”; o mejor aún el “nosotr@s creemos”, por muy extraño que suene. No me vale porque el “nosotros” no es un sujeto neutro colectivo, sino que se refiere a una idea particular de “nosotros” ya muy trasnochada y poco representativa. Porque ese “nosotros” no acaba de recoger mi experiencia y mi significación de la realidad.
Lo mismo puede ser dicho en cuanto al Dios Padre. Por supuesto, Dios-Padre, sí, pero esa relación filial que me retrotrae a la memoria el binomio “Padre-Hijo” no me acaba de convencer porque solamente me puedo integrar en ella de la manera que ya se ha encauzado tradicionalmente. Aquí entre aquello de decir verdades viejas con palabras nuevas, pues ciertamente, la relación de gracia expresada hacia nosotr@s en la pareja Padre-Hijo es resignificante de esa relación filial hacia nosotr@s. Pero si realmente es resignificante, no estaría de más hacer visible tal resignificación en nuestro lenguaje teológico cotidiano. Porque como decía al principio, “aquellos que no conocen la historia están condenados a repetirla”. Se trata pues de mantener la tensión entre lo que ha sido y lo que es, tomando lo mejor de ambos extremos, no sea que repitiéndonos nos hallemos con el limitado monólogo del papagayo, sin posibilidad de crear y recrear la realidad.

dijous, 23 / abril / 2009

Sant Jordi 2009

SANT JORDI GLORIÓS

"Sant Jordi té una rosa mig desclosa,
pintada de vermell i de neguit;
Catalunya és el nom d'aquesta rosa,
i Sant Jordi la porta sobre el pit.
La rosa li ha contat gràcies i penes
i ell se l'estima fins qui sap a on,
i amb ella té més sang a dins les venes
per plantar cara a tots els dracs del món".

Josep Maria de Segarra (1894-1961)

Gràcies a la Marta i al Xavi!

diumenge, 19 / abril / 2009

Credo

Creo, creo en Dios, Dios que siente y es sentido, Dios con tripas y corazón, Dios que rebulle y clama contra la injustícia, Dios que toca y penetra hasta el último ápice de existencia. Creo en Dios Que Acoge, y que en su acogida, se entrega Todo al mundo para salvación.

Creo, sí. Creo en Jesús, Sabiduría de Dios y Mismo Dios, Cristo, que se da libremente y ante quien ya no debo avergonzarme. Creo en este Jesús comprometido hasta el final, que vivió y resucitó, que anduvo cansado, polvoriento, sediento y perseguido, y que en su vida sembró Vida zancada tras zancada, cuyas palabras alumbran un nuevo mundo.

Creo, sí. Creo firmemente en el Espíritu Santo, la presencia inefable de Dios, el que abre horizontes y desdibuja fronteras; que a pesar de ser intangible se deja habitar en nuestras mentes y nuestros sentires, y que está en las lazadas que nos unen como hermanos y hermanas.

Y sí, creo. Creo en nosotros, en nosotras, su Iglesia, en Su comunidad reconciliada y reconciliadora que se abre sin miedos al mundo, a sus deslumbrantes amaneceres y a sus borrascosos atardeceres. Creo en esta Iglesia que se deja guiar y es guiada y que merced al bienamar del Dios Trino se reconoce como pueblo sin separaciones, tejedora incansable de la esperanza humana.

Sí, en esto creo. En esto creemos. Creemos con toda nuestra alma, con todo nuestro ser y con toda nuestra integridad. Amén.

dijous, 19 / març / 2009

Gracia y aceptación

(Predicación Capilla de SEUT, 18/03/09)

Slm. 107:1-3; 17-22; Num. 21:4-9; Ef. 2:1-10; Jn. 3:14-21


“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, más tenga vida eterna”.
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. (La traducción de DHH lee “bondad”, pero a mi me gusta más la traducción de la RV, que dice “por gracia”).

Lo cierto es que aquí ya no se puede añadir nada más. Estos dos versículos, por sí solos, son ya todo el evangelio, y poco se puede añadir a lo mucho que expresan. No hay manera de ponerlo de una forma tan clara y concisa y tan tremendamente abrumadora como ésta: que Dios, por gracia, ha dado a su Hijo por amor al mundo. Así que yo no voy a añadir nada más. Ahí ya está el mensaje. Hoy lo vamos a hacer sencillito, porque las palabras no pueden contener esto.
Pero sí voy a decir algo sobre nuestra relación con la gracia, aunque no estoy muy segura de que esto sea una predicación, más bien una reflexión que he escrito de una sentada, así que no creo que tenga nada de lo que deben tener las predicaciones: ni exégesis, ni homilética ni nada de nada deliverado.

La verdad es que nosotros, los seres humanos, y especialmente esta sub-raza nuestra que se dedica a la teología o hace ver que se dedica a ella, somos duros de mollera y nos gusta buscarle tres pies al gato, a veces incluso cuando no hay tres pies ni cuatro ni cinco que buscar. Nos gusta complicarnos la vida y las cosas más sencillas son las que se nos hacen más complicadas. Este es el virus de nuestra sub-raza. Por lo menos, es lo que a mí me suele pasar. Pero también nos pasa que, como buenos exponentes de nuestra humanidad, esto de creernos sin más la enormidad de la gracia de Dios para con nosotros resulta ser una tarea ardua y difícil, de la que muchas veces no nos acabamos de fiar del todo. Lo curioso es que lo afirmamos constantemente, ¿pero nos lo creemos de verdad, así de plano? ¿La acceptamos realmente?
Ocurren aquí dos cosas:

a) una es que nos quedamos tan asombrados ante la acción de Dios que es necesario que volvamos constantemente al texto de Jn. 3:16. No es posible que la entendamos completamente, de verdad, íntegramente. Siempre se nos va a escapar por algún lado qué significa que Dios estuviera en Cristo. Porque no es que Dios haya dado a su hijo para salvarnos, que ya es fuerte. Es que DIOS se ha dado A SÍ MISMO hasta la muerte, se ha reducido a lo más nimio, se ha embarrado, embrutecido y arrastrado; se ha dolido, ha dudado, ha sufrido, ha reído y ha llorado. Ha muerto. Y ha resucitado.
A veces repetimos tan doctrinalmente esto que no nos damos cuenta de lo grande que es, de lo inaudito, de lo inexplicable y inabarcable. Es un silencio sobrepasado y sorprendido. ¡Dios se ha dado a sí mismo! Es que no hay por donde cogerlo. Por eso, cada día deberíamos volver a este texto y darnos cuenta que nuestros juegos de palabras y nuestros altísimos discursos teológicos no son más que cañitas de hierbajos dando golpes de ciego. DIOS se ha dado a sí mismo, se nos ha dado a nosotr@s. Ante esto, no hay razonamiento posible ni emoción que puede albergar lo que ha ocurrido.

b) Pero aún así, poco que lo entendamos, ha ocurrido. Y esto me lleva a la segunda cosa que ocurre cuando nos situamos ante la gracia de Dios. Y es que creer esto, creer que Dios se nos ha entregado a sí mismo, implica una aceptación. Y no una aceptación de lo que Dios ha hecho, que yo personalmente os confieso que cada mañana tengo que pelearme con esta idea, sino porque implica también una aceptación de nosotros y nosotras mismos. Y ahí tenemos un grave problema. Porque la mayoría de nosotros nos somos muy buenos en eso de la auto-aceptación. Y sin embargo, no por nada que nosotros hayamos hecho o podamos hacer, Dios nos acepta, así como somos, a cada uno de nosotros. Indpendientemente de nuestra larga lista de “hechuras”, buenas o malas, Dios nos acepta. No es que nos acepte y ya está. No, no. Es que NOS ACEPTA.
Auto-aceptación. Menudo problema. Gran problema. Juan y Pablo lo dicen bien clarito: Jesús no vino a condenar el mundo, si no a salvarlo. Entonces, ¿quién condena? Dice Juan que los seres humanos amaron más las tinieblas que la luz. ¿Por qué? Porque no quisieron que sus malas obras fueran puestas a la luz. Porque la luz todo lo ilumina, lo bueno y lo malo que hay en nosotros, nuestras confusiones y dudas, porque a la luz nos vemos realmente como somos, con nuestras bajezas y nuestras virtudes, defectos y puntos fuertes, nuestras normalidades y rarezas. Venir a la luz es verse a la luz, y este no suele ser un proceso agradable. Más bien es algo doloroso, y algo de lo que tendemos a huir como si del diablo se tratara, especialmente en nuestra sociedad, en la que todo está al servicio de la distracción... y de la apariencia. Cuando no estamos distraídos, ya nos encargarmos de aparentar que todo va bien, aunque no lo vaya. Qué ironía la nuestra al temer aquello que justamente nos salva y quedarnos donde estamos condenados. Menuda patología de locos. No es que Jesús nos condene, es que nosotros mismos nos condenamos.

Estoy segura de que todos conocemos casos de psico-patologías derivadas de problemas de auto-aceptación. Incluso pondría la mano en el fuego que todos tenemos problemas de estos, seamos de la edad que seamos y hayamos vivido lo que hayamos vivido. Es curioso cómo a veces se manifiestan estas psico-patologías: a veces queremos controlar todo nuestro entorno hasta el último detalle porque somos incapaces de lidiar con lo que tenemos dentro, que escapa a nuestro control; a veces decimos a los demás lo que tienen que hacer pero no nos enfrentamos con lo que nosotros deberíamos hacer. Incluso a veces miramos al necesitado y no vemos lo desesperadamente necesitados que estamos nosotros, y utilizamos al necesitado como nuestro chivo expiatorio. Bulimia, anorexia, depresiones, complejos de inferioridad que se manifiestan en actitudes intransigentes y tiránicas, actitudes de superioridad, auto-vejaciones, megalomanías, fobias… Vamos, la lista es larguísima. Todas estas son las condenas que nos imponemos nosotros mismos, la mayoría de ellas de una forma inconsciente.

“Pero Dios que es rico en misericordia, por su gran amor…”. ¡Y con qué fuerza aparece este “PERO”! No es como uno de esos “peros” que se esperan cuando alguien está contando las virtudes de otra persona: “me cae bien, pero…”. No es un pero condicional o adversativo, no es ni siquiera un pero que se oponga a algo personal. Es un pero PERO, un pero de esquina, un pero que cambia totalmente de dirección, un pero sin doblez, sin pre-condicionamientos. Es un pero al estilo Barth, diría yo. PERO Dios nos ha traído de muerte a vida. PERO Dios ha hecho esto por nosotros, por su gran amor. PERO Dios se ha mojado por nosotros. PERO Dios, a pesar de nosotros, de tú y de mí, nos ha traído la salvación.

Alguien ha dicho que la salvación sólo es posible aceptándola y respondiendo con confianza. Y aquí no hay disyuntiva posible: o se acepta o no. Lo pongamos como lo pongamos no hay manera de endulzar esto: o se acepta o no. Y punto. Aunque uno pueda pasar toda su vida peleándose con esa aceptación. Pero la acepta. Fijaos qué dice: aceptándola, primero. Luego, respondiendo con confianza.

Aceptar la salvación de Dios implica entre otras muchas cosas aceptarse a uno mismo, aceptarse íntegramente a una o uno misma a pesar de sí mismo. Aceptarse, reconciliarse consigo mismo, porque Dios se ha reconciliado conmigo. No se trata de “borrar” lo que ha sido y que probablemente todavía sea, porque como somos tan suicidas nos gusta regodearnos en la culpabilidad. Se trata de que a pesar de esto, a pesar de que la cago, me equivoco, hago mal o no alcanzo a ver, a pesar de esto, Dios me acepta, hace las paces conmigo. Me veo a través de él y eso quiere decir que siento su amor por mí. Y ante esto no hay otra posibilidad que aceptarse, aunque uno tenga que auto-aceptarse cada día. También obviamente aceptar a los demás. Pero aceptarse a uno mismo, sobretodo, aceptarse a uno mismo. Esa es la respuesta de confianza, el imperativo del indicativo, que dicen algunos: la respuesta de la confianza, pero una confianza que sólo puede construirse bajo la aceptación. Porque ser justificado es ser aceptado, y la aceptación de Dios sólo puede tener un sentido vivificante y regenerador en mí, porque me coloca en una nueva relación con Dios.

¡Ay, el precio de la gracia! Os suena el título, ¿verdad? Estaba yo leyendo varias cosas para aclarar un poco mis pensamientos para esta reflexión y me dio por leer un poco a Bonhoeffer. La gracia barata y la gracia cara. ¿Pero no decíamos que la gracia es gracia y por tanto no tiene precio? Sí, y no. Sí que hay precio, claro que hay precio. Por supuesto, el precio de Dios, a él le salió muy muy cara. Pero el otro precio en el que estoy pensando está en la base del seguimiento. Estoy pensando que sin auto-aceptación no hay seguimiento posible, porque ¿cómo va a seguir uno si no se reconcilia consigo mismo?

La gracia siempre libera, pero uno debe querer esa liberación. El mejor ejemplo de gracia barata y gracia cara no lo encontré en Bonhoeffer, sino en la novela el Color Púrpura. En un punto, hay un diálogo entre Shug y Celie. Celie le dice a su amiga:

“¿Me estás diciendo que Dios te ama, y tú nunca has hecho nada por Él? Quiero decir, ¿no has ido a la iglesia, no has cantado en el coro, no has colaborado en sustentar al predicador y todo eso?”
Y Shug contesta: “Pero si Dios me ama no tengo que hacer todas estas cosas. A menos que quiera hacerlas. Hay un montón de otras cosas que puedo hacer y que espero que a Dios le gusten”.
Y Celie pregunta: “¿Cómo cuales?”
“Oh, dice Shug, puedo tumbarme y sólo admirar las cosas. Ser feliz. Pasar un buen rato”.

No sé en qué contexto particular se da este diálogo, pero me parece tremendo, sobretodo para nosotros, que nos apresuramos a hacer cosas en la iglesia, corriendo de aquí para allá, preparando sermones, montando liturgias, clases en el seminario, TCT’s, lecturas, conferencias, preparando escuelas dominicales y estudios bíblicos, canciones y cantos, siempre corriendo, corriendo. Todo esto lo hacemos porque es nuestro servicio, en cierta forma nuestro seguimiento, pero me parece brutal este “ser sencillamente feliz por el amor de Dios” del que habla Shug: soy feliz porque Dios me ama, y eso no me obliga a nada que yo no quiera hacer.
Curiosamente, ésta me parece la gracia cara. La gracia que no sólo le ha costado a Dios sí mismo, sino la gracia que nos impulsa a nosotros a la respuesta, a esa aceptación que decía antes: ser sencillamente feliz. Gozar de la gracia de Dios y gozarse en la gracia de Dios. Uno no puede ser un poco feliz: se es feliz a ratos o no se es feliz. No se puede ser un poco feliz, porque cuando uno siente felicidad, no la mide. Sólo es feliz. “Hoy soy un tercio más feliz de lo que era ayer”. No tiene sentido, ¿verdad?

Lo que quiero decir al identificar esta gracia con la gracia cara, la gracia que cuesta algo porque llama al seguimiento, es que esta gracia es fruto de la aceptación de Dios, y de la auto-aceptación que esto conlleva. La otra gracia, la de cantar en el coro, ir a la iglesia cada domingo, hacer muchísimas cosas, puede muy bien ser la “gracia barata”, la doctrinaria, la de la varita mágica, la del “no importa lo que haga, Dios siempre me perdona” o la de “haré esto para que Dios me perdone”, la facilona que administramos. Pero no, esta gracia no es gracia, porque entre tanto bullicio y correría puede ser que tampoco nos estemos aceptando a nosotros mismos y que por tanto no estemos aceptando tampoco la gracia de Dios. Y por supuesto, tampoco aceptamos al otro, con el que nos acabamos relacionando en categorías de competitividad. Puede ser que cambiando un poco la frase, el bosque no nos deje ver el árbol. La gracia llama al seguimiento, impulsa a moverse, pero ojo no nos estemos moviendo desde las coordenadas erróneas, ojo no nos estemos moviendo desde el “yo” que ahogamos con la actividad y no desde el “yo pero porque eres Tú, Dios”, ese Tú con mayúsculas. Porque Tu gracia me regenera para las buenas obras que Tú mismo has puesto ante nosotros, como dice Pablo. Porque uno no hace “buenas obras” para ser salvo, sino que uno hace buenas obras porque es salvo, porque la gracia llama a ellas.

Así que gracia, ¡sí! Pero sobretodo aceptación, porque sólo desde la aceptación de Dios y de la auto-aceptación que conlleva, la gracia es gracia que mueve, que cambia, que regenera, que nos hace felices, que nos trae felizmente ante Dios. Así que ¿en qué gracia estamos? Que Dios nos ayude a estar en esta gracia que vivifica y da vida, la que que no obliga, la que libera, la que nos trae felizmente ante Dios.

dilluns, 9 / març / 2009

Ordenaciones pastorales en Portugal

Ayer fue el día de la Mujer Trabajadora. Siempre me ha parecido una redundancia esto de “trabajadora”… ¡cómo si no lo fuéramos todas… y todos! En realidad, no conozco a nadie que no trabaje, de alguna u otra forma. Que perciba un sueldo por ello ya es otra cosa, lo cual me lleva a plantearme si eso de querer conmemorar lo de “trabajadora” patenta más, en vez de romper, el círculo de desigualdades… Pero en fin, no era esto de lo que hoy quería escribir.

Hoy quería escribir de un evento que ocurrió en Portugal la semana pasada. Y es que el sábado 28 de febrero y el domingo 1 de marzo fueron ordenad@s pastores tres compañeros de estudios, Nini, Sandra y Luis. Y si no me equivoco es la primera ordenación de mujeres que celebra la IEPP, la Igreja Evangélica Presbiteriana de Portugal, lo cual es una estupenda noticia. ¡Enhorabuena! A la alegría de que sean tres amig@s los que son ordenad@s, se añade la satisfacción de que ¡por fin! se haya ordenado a mujeres. En realidad, varias de las comunidades presbiterianas portuguesas están ministradas por pastoras, pero no es hasta ahora que la propia IEPP ha ordenado a pastoras presbiterianas portuguesas.

Creo que la ordenación de Sandra y Nini en particular es a su modo una celebración de tod@as las mujeres que durante años y años han trabajado en las iglesias desempeñando trabajos poco reconocidos (acondicionando locales, preparando comidas, atendiendo los detalles) y que asimismo junto a sus compañeros han sabido transmitir su fe a sus hij@s, cosa que no siempre ha sido fácil debido a la presión social. La fe puede ser definida de muchas formas, pero es sin duda genealogía, memoria, recuerdo. Y en esto las mujeres tenemos mucho que decir, no sólo por nuestro papel de transmisoras, sino por la cancelación de memoria a la que hemos sido sometidas, incluso en nuestras comunidades. Por ello, la ordenación de dos mujeres es algo que debemos celebrar especialmente, porque es una manera efectiva de reivindicar nuestro patrimonio y de “darlo a luz”. Ya lo decía Hannah Arendt: es necesario actualizar constantemente nuestro pasado en nuestro presente. Lo cual quiere decir ser fieles al testimonio de nuestras antepasadas. Creo que hay que felicitar tal voluntad de fidelidad en la IEPP, y unirnos a la alegría de nuestr@s herman@s portugueses. ¡Felicidades, chic@s!

dimecres, 18 / febrer / 2009

Invocación para el culto

Señor, tú que te abres camino hacia nosotros, sendas y ríos de vida creas,
Que eres Madre, Confidente, Sanadora y Parturienta,
Que nos sostienes ante ti y nos sustentas en el lecho del dolor,
A Ti venimos, pidiendo que llenes nuestro tiempo con tu presencia.
Deseamos que aquietes nuestros corazones y nos dispongas hacia ti,
Que tu Espíritu habite entre nosotras en nuestro caminar,
Y tu aliento temple hoy y siempre nuestros pensamientos
En nombre de tu Hijo Jesús, Amén.