dilluns, 18 de desembre de 2006

Maria, esperanza y acción

Dentro de una semana será ya Navidad. Y estamos en tiempo de Adviento, tiempo de espera y celebración de esperanza. En este cuarto domingo de Adviento que será el próximo domingo (24 de diciembre... por cierto, ¡me toca reflexionar en mi comunidad sobre el significado del Adviento!), suele ser habitual hablar de María, y de su hermoso canto a esa esperanza en proceso de realización, el Magnificat. Sin embargo, y a pesar de mi más que patente y reconocida obsesión navideña, se me ha ocurrido pensar en María desde una perspectiva algo diferente, más allá del hecho de ser "la que espera". Se me ha ocurrido ver en María el paradigma del compromiso del discipulado, más allá de su condición de expectante maternidad. Esta pequeña reflexión se basa en Lc. 1:16-56.
Cuando pienso en la escena de la anunciación, me suelo preguntar qué pensaría María. Y no sólo en esta escena, sino en su experiencia de la vida, ministerio, muerte y resurrección de Jesús. Una experiencia tan directa de Jesús no podría más que dibujar un complejo caledoscopio de emociones y sentimientos. ¿Qué relación tendrían? Me parece curioso que María sea uno de los personajes con más vitalidad en la narración lucana, vitalidad que proviene de su inmensa implicación en la historia de la salvación. Y tampoco deja de ser curioso que en este pasaje de Lucas sea María la que haga mover la historia hacia delante.
Esta historia me encanta. Me encanta la forma en qué María es saluadada, tan efusivamente, como "llena de gracia". Cotidianamente solemos asimilar ese "llenamiento" de gracia con su maternidad. Y eso es cierto. Pero no enteramente cierto. Creo que es importante decir que María no sólo encuentra "favor a los ojos de Dios" a causa de su maternidad, sino también por su propia persona, por el hecho de participar íntegramente en el plan salvífico de Dios. No sólo "transmite" esa gracia, sino que ella misma está llena de gracia. Participa activamente en el propósito de Dios: la situación reclama abiertamente su implicación. Todo parece quedar en suspensión hasta que María accepta conscientemente esa responsabilidad, a pesar de ser meridianamente consciente del estigma social que ello podía representar: madre soltera en una sociedad nada permisiva con este tipo de situaciones. Pero María hace suyo el propósito de Dios. Este es seguramente uno de los puntos más dramáticos de la vida de esa mujer que conocemos con el nombre de María, pero también lo es de toda la narración del Evangelio de Lucas. El nacimiento de Jesús deja de ser un anuncio para ser un hecho. Y de aquí la radical realidad del Magnificat. La esperanza es una realidad.
María será recordada y tildada de dichosa por las generaciones futuras por ser la primera en creer, por proveernos de un modelo de fortaleza, entrega y fe desde su humildad. Creo que no sería exagerado decir que María es la "primera cristiana" en el sentido de que oyendo la Palabra de Dios y recibiendo Su gracia, se avanza conscientemente y la abraza, la hace suya, la practica, la vive, la respira. Su fe ante la gratuidad de la gracia de Dios, la inmensidad de la respuesta salvífica de Dios de la cual es testigo privilegiado, la llevan a ser la primera discípula, la primera de la realidad del discipulado de iguales, de la comunidad de Jesús.

Adviento. Tiempo de esperanza. Tiempo de reflexión. Pero también tiempo de acción y de compromiso. De ello es de lo que nos habla María: la espera de la realidad trascendente de Cristo, pero también la acceptación y la implicación personal en esa esperanza, y de su dinamismo aquí y ahora entre nosotr@s.

dilluns, 27 de novembre de 2006

Hoy he estado en el Jardín del Edén

Hoy he estado en el Jardín del Edén. Decidí dar un paseo por aquellos derroteros a ver qué tal les andaba a Adán y Eva entre tanto animal y tanta planta sin nombrar. Bueno, en realidad fue una visita obligada por las exigencias del estudio…. Y no es que estuviera propiamente en el Jardín del Edén, sino en una adaptación light para aquellos que todavía desesperamos con el estudio del hebreo bíblico. Es decir, que ha sido como una especie de adaptación “entendible” del Edén, como aquellos libritos que nos daban en la escuela cuando aprendíamos inglés sin tiempos compuestos ni palabras excesivamente impronunciables.
Pero el caso es que hoy he estado en el Jardín del Edén. Ha sido casual que llegara justo en el momento en que nuestra querida Eva escuchara a la astuta serpiente (mala, mala, mala) y se quedara ensimismada ante la codiciada manzana. El cuadro me ha hecho pensar en lo curioso que le resultaría a un@ de nuestros coetáne@s si éste tuviera la oportunidad de hacer una visita inadvertida al Jardín. Y puesto que en esta ocasión la idea ha sido mía, ¿quién mejor que yo para viajar un ratito por este muy particular jardín?

Como el mito es el mito, dejemos que el Jardín del Edén sea algo parecido a una jungla virgen, pero sin tanta planta ni mosquitos, ni pantanos ni lianas ni nada que nos pueda traer a la memoria nuestro remachado mito occidentalizado tarzanero. Un río, no muy ancho, bordea por un lado el claro donde estoy. Las aguas, obviamente, limpias, salpicadas por el chapoteo de algún que otro salmón o trucha… o de lago parecido, puesto que parece que nuestro antepasado moral Adán está en plena tarea de poner nombres a los animales de los campos y a las aves. Mejor apartemos este pensamiento, no sea que le quitemos la patente. Se le ve muy concentrado, allí, sentado sobre una gran roca plana y rodeado de animales de todo tamaño y forma. Eva está al otro lado del claro, no muy lejos, y como decía enfrascada en la contemplación estática de la serpiente y la manzana. Inclina la cabeza a un lado para escuchar mejor lo que le dice la serpiente, enroscada en una de las ramas bajas de un gran manzano que a pesar de la juventud recién estrenada del mundo, parece algo más que centenario. Oculta detrás de mis siempre oportunas matas tengo también una buena visión de ella. No es muy alta; en realidad, no supera la estatura de una niña de 12 años de nuestro tiempo. Por si dudabais, no es rubia, sino morena. Pelo largo. La licencia poética debería permitirme decir que su cabellera, larga y espesa, brillaba con los destellos del azabache bajo la luz del nuevo sol, como pequeños hilos de araña delicadamente trenzados. Pero mentiría. La verdad es que nuestra Eva no parece tener una predilección especial por el aseo. El pelo le cae en mechones bastante sucios y desgreñados, ramita de baya por aquí y por allá, más allá de los hombros, casi haciendo juego con el color de su piel, oscura ya de por sí, pero extremadamente tostada por el sol. Los ojos son grandes y negros, expresivos y luminosos, eso sí, como toda protagonista de historia trágica que se precie. Cejas pobladas y nariz respingona, que le dan un aspecto algo aniñado. Pero sin duda las formas que luce (¡qué envidia la mía!) son de una mujer ya crecidita. Nuestra particular Eva tampoco está muy al caso de las formas sociales; acaba de soltar un soberano estornudo que ha resonado por todo el claro y puesto que no tiene kleenex a mano, la naturalidad hace que haga eso que nuestras madres constantemente nos decían que no hiciéramos con la nariz cuando niños.
Atraído por el rimbombante achím de su compañera, Adán se descuelga de su mundo logístico y le echa una mirada a Eva, lo cual me permite verle mejor desde mi trinchera. Lo primero que destaca de Adán es su imponente y larga, largísima barba, y parece que ese gesto que tienen nuestros compañeros varones de mesársela cuando piensan debe ser algo de la memoria genética, pues ahí vuelve Adán a toquetear su pobladísima y rizadísima barba mientras se enfrenta al dilema de poner nombre a los… bueno, a esos ancestros de nuestros animales de granja víctimas asiduas de chiste soez. Las cejas de Adán, como su barba, son negras, e imperiosamente prominentes; frente alta y nariz aguilucha, como la del viejo filósofo estoico. Ojos penetrantes, aunque hundidos. La piernas, cruzadas y también algo sucias, se insinúan huesudas y robustas, igual que lo que se adivina del amplio pecho. En realidad, más que al propio Adán, me recuerda más a Josué, domador de naciones, en su versión good forties, aunque sin túnica, claro. A pesar de estar sentado, no debe medir mucho más que Eva, que mientras tanto parece haber acabado con la dialéctica viperina y se ha unido a su compañero en la soleada roca. Adán tampoco parece saber nada de las reglas de la bonne cusine, puesto que después de zamparse a una velocidad de espanto una manzana roja y brillante (¿será la de la Blancanives?) ha soltado un buen eructo, digno del primer naturista de la historia. El corazón de la manzana ha ido a caer a los pies del león –Adán ya le ha puesto nombre-, que hasta el momento miraba indiferente un corderillo que pasta por ahí cerca. Digo “hasta ahora” porque a juzgar por la mirada felina que tiene este tatara-león la manzana le ha abierto el apetito, dado que el corderillo ya no le parece que sea un corderillo, sino un suculento bocado. Así que las cosas parecen ir de mal en peor en el tranquilo retiro paradisíaco de Eva y Adán.
De nuevo Adán atrae mi atención, pues ha hecho un gesto autoritario dirigido a la asamblea faunística reunida en quórum ante él. Decía antes que son los animales salvajes antepasados de nuestros jamones de granja los que ahora esperan turno para ser nombrados. El silencio se ha impuesto en la asamblea. Y por fin Adán habla (en hebreo, claro).
- Cerdos.
Puedo decir que nunca nadie antes se había alegrado tanto de ser llamado una cosa así. Pero la asamblea ha explotado en un pandemónium de estruendo, gruñidos, chillidos, mugidos, relinchos y semejantes ensordecedor. Al fin y al cabo, ahora los cerdos tienen nombre.
Pero ai! La tripa de Adán no ha quedado satisfecha con la anterior manzana y acercándose a su compañera, la cual se encuentra celebrando el nuevo evento con los cerdos, le indica que vaya y le traiga otra manzana. Y parece que Eva no se ha tomado muy bien el ruego, puesto que le acaba de hacer un gesto muy pero que muy feo a Adán que seguro tiene también algo que ver con la memoria cromosómica. Podéis imaginar que eso no es lo que Adán esperaba por respuesta, así que ha pasado a la acción con un método algo expeditivo. Ha tomado a Eva por el codo y se dirigen hacia el centenario manzano, del cual la serpiente ha tenido el buen tino de desaparecer. Así que Eva, algo más que enfurecida, alarga la mano y toma una de las redondas y deliciosas manzanas que ofrece plácidamente el árbol, pero antes de dársela a su compañero, le pega un buen mordisco a la par que mira burlonamente a Adán. Enojado, Adán le quita la manzana de la mano y le da otro buen mordisco.
Y al instante queda sellada la metáfora; las caras de Adán y Eva, lejos ahora de la ira y el enojo, son claras delatoras de ello y empiezan ya a teñirse de culpabilidad y arrepentimiento. El terror y el alucine se palpan en el aire, y en realidad es lo único que se podría palpar, ya que la corte superior animalística ha desaparecido como por ensalmo. Debería decir poéticamente que el sol parece menos brillante, y que las bisagras del cielo, apunto de desplomarse sobre la tierra, baten al ominoso ritmo de los aullidos del viento. Pero esa no sería una licencia literaria, sino la recreación primigenia de la catástrofe. Y me voy, dejando a Eva y Adán, abrazados, pobremente equipados para enfrentarse a la dura, triste y omnipresente falibilidad congénita humana.

He escrito esta muy libre adaptación de lo que tradicionalmente se ha llamado la Caída como una fábula tragicómica para tratar de entenderla a imagen y semejanza de nuestro tiempo, aunque el fondo de la historia no es para nada cómico, sino más bien trágico. Todo texto ciertamente se circunscribe a su contexto, y en el caso de la redacción de esta escena, inspirada en Gn. 3:1-6, el contexto es una sociedad patriarcal. Sin embargo, esta relación patriarcal que he querido dejar plasmada significa aquí mucho más que llanamente la incorrecta relación entre mujeres y hombres; encarna la incapacidad humana por construir una sociedad de inclusividad y aceptación por sí sola, prefiriendo la exclusión y la negación. Mujeres y hombres hemos construído y seguimos construyendo el mundo a nuestro alrededor así. Pero el hecho de que hoy hagamos esta reflexión significa también que hay nuevas coordenadas, una nueva esperanza ahora y aquí, que de decidir seguir nos guiará de nuevo a ese lugar exterior e interior en el cual un@ no se siente constantemente asediad@ por el mal estructural del mundo, sino inmers@ en la correcta relación con nuestr@s semejantes y con Dios. Este blog espera contribuir a ello desde la crítica y la reflexión, herramientas esenciales en nuestra cotidiana experiencia de fe así como en nuestra aventura bíblica, no tanto quizá para “cambiar las cosas” sino para cambiarnos a nosotr@s mism@s.