diumenge, 11 de març de 2007

Decir a Dios en lengua materna - Dir a Déu en llengua materna

"En el principio ya existía la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios" (Jn. 1,1,)

Hay más de una lengua materna. La lengua materna no es sólo aquélla con la que aprendemos a hablar y a nombrar en palabras la realidad. Esta es la lengua que aprendemos en casa, porque es la que habitualmente usan nuestros padres, la que luego estudiamos en la escuela y aprendemos a usar con una colección de reglas lingüísticas que la normalizan.
Pero existe otro tipo de lengua materna, una más íntima y personal, sin normas, con la cual también decimos cuando somos demasiado perqueños para hablar con una lengua articulada y con la que, sobretodo, nos pensamos. Esta lengua más que dar forma a nuestra identidad, es la que usamos para decir qué y quién somos. No tiene porque ser necesariamente una lengua hablada. En esta lengua, los gestos, las carícias, los suspiros, los murmullos o la acción de mecer, por ejemplo, pueden dicir más que las palabras.
Esta lengua la usa nuestra madre cuando todavía no hemos nacido. Es la que utiliza para pensarnos y para comunicarse con nosotr@s, sin palabras, sólo con una especie de conversación de pensamientos e imágenes. Toda madre habla con su bebé de esta forma. Es una comunicación intensamente íntima e intensamente materna. Cuando nacemos seguimos usando esta lengua. No nos expresamos en palabras, sino con sonidos y gestos que son interpretados por nuestra madre o incluso por nuestro padre en ciertos aspectos. Sin embrago con el tiempo esta lengua cae en desuso, substituída por la que es hablada en casa. Es entonces cuando adoptamos una mediación (porque la función de toda lengua es mediar con lo que nos rodea) que ya está dicha en nuestro lugar, que no es puramente nuestra, que no es en esencia pensada por nosotros. Es una lengua standar, incluso. Ya está creada. La lengua materna "íntima" queda entonces en hivernación.

¿Por qué digo todo esto? Porque creo que es un buen ejercicio recuperar esta lengua materna íntima en nuestra relación con Dios. No sólo porque creo que Dios nos nombra en esta lengua, y no sólo porque así podamos desarrollar imagenes de Dios tremendamente enriquicedoras como Madre, dos cosas para mí muy importantes. Sino porque usando esta lengua materna patimos de nosotr@s mism@s, de nuestra diferencia y originalidad, de nuestro más profundo y honesto ser. Somos entonces nosotros quienes mediamos con el mundo al nombrarlo desde aquí, cereando los símbolos y significados necesarios para pensarnos y decirnos en este "mundo simbólico" e intentamos luego vivir de acuerdo a esta concepción en nuestro día a día. A esta concepción de nuestro ser estamos llamad@s, creo, a fundir nuestra sensibilidad cristiana, a alimentarla y a anclar en ella a Jesús-Sabiduría, el núcleo de nuestro ser. A decirnos en ella. Y es entonces cuando entendemos plenamente la Palabra, el Jesús-logos, que estaba con Dios al principio. Es entonces cuando decimos a Dios en lengua materna.