dimarts, 1 d’abril de 2008

En el silencio ver lo inédito

Esta mañana he leído con atención el texto de Víctor Hernández colgado en Lupa protestante (tenéis el banner aquí abajo para la/el que quiera leerlo). Se titula “El silencio y el testimonio de las mujeres en la Resurrección”. Muchas gracias por el texto, creo que toca algunas cuestiones interesantes. Víctor habla de las mujeres que miran desde un silencio expectante, que espera, y luego se rompe en una explosión de vida. Pero es también el silencio del misterio (de lo inédito), “de la que sabe que no tiene todas las respuestas”. También recuerdan su vida de discipulado con Jesús, recuerdan sus palabras, y, cuando van a anunciar que Jesús ha resucitado, las toman por locas. Víctor enlaza la acción de recordar, el hecho de ser sujeto de salvación, con el delirio: Sí, la salvación es una experiencia de delirio. El texto de Víctor me ha sugerido algunos comentarios.
Lo primero es que en el silencio y desde el silencio de las mujeres se construye la realidad de lo inédito. Las mujeres, que aparentemente sólo miran sin hacer nada, no sólo apelarán luego a la memoria, sino que en su saber mirar ven el nacimiento de una nueva realidad que las permitirá estar en el mundo de una forma nueva, vivir de una forma nueva, sin sentir el peso de un orden del mundo que las desfigura por el hecho de ser mujeres. Aquí, la cualidad relacional de Jesús, que supera las estructuras de pecado del mundo, está expresada al máximo, creo. En el acto de recordar (cuando van al sepulcro), no sólo recuerdan las palabras de Jesús, sino su relación con él, que es una relación que no se rige por los mandamientos de este orden que las aleja de su cuerpo de mujer. Durante mucho tiempo, la teología feminista se preguntó cómo un hombre, que vivió en un cuerpo sexuado en masculino podía decir algo a la experiencia femenina. Esta es una pregunta que se tuvo que formular. De hecho, aún es necesario que se formule y se actualice, porque esto es la esencia de la cristología. La propia crítica bíblica, en la búsqueda del Jesús histórico, se ha interesado en ella: aún hoy se inquiere cómo un hombre que vivió hace veinte siglos y que vivía en un contexto marcadamente distinto al nuestro, puede decirnos algo. Lo sorprendente para mí no es sólo que lo dijera, sino que aún todavía hoy nos lo sigua diciendo y que para algunas y algunos tenga sentido. Pero yo creo que es la capacidad relacional de Jesús la que tiene que orientarnos en esta cuestión: su manera de estar en el mundo no era lo que se esperaba de un varón judío del s. I. Para él, la relación y la humanización de los y las marginados valía de sobras el desafío creativo a la convención. Es esta experiencia de relación la que lleva a las mujeres, a las discípulas, compañeras y amigas de Jesús, a hacer lo que han hecho muchas mujeres a lo largo de la historia: mirar desde la ventana (aunque aquí no hay ventana) con extrañeza al mundo.
La otra cuestión que me ha venido a la cabeza es que cuando las mujeres hablan, cuando hacen uso de la palabra y capturan esta nueva realidad con sus voces, no son creídas. ¡Se las llama locas! Esta irrupción de lo inédito ha encontrado lugar entre ellas, es origen de realidad, pero no todavía "en el mundo", que persiste en sus desprecios. Sus amigos, compañeros y hermanos deben ver y experimentar esa realidad por sí mismos, deben aprehenderla personalmente y en grupo. Por supuesto, en este mundo de los desprecios ellas no tienen la autoridad de ser portadoras de la buena nueva (¡Jesús ha resucitado!), pero la cuestión es que en el instante en que los discípulos, ellos, creen y ven (o ven y creen, según quien, buen Tomás en el que todas y todos nos reflejamos), las palabras de las mujeres deberían haber sido eco común. Yo creo que lo fueron, pero no por mucho tiempo. Todos y todas conocemos la historia: luego, muy poco después, casi incluso en la irrupción de este inédito (o mejor, cuando se conceptualizó ese inédito en categorías que no lo eran propias, porque ¿cómo hablar de lo inédito?), son llamadas al silencio: en los Hechos de los Apóstoles ya sólo aparecen de forma testimonial. Quedarán otra vez mirando desde la ventana. El problema es que el mundo que crearán en su silencio cada vez menos se corresponderá con el mundo de la iglesia. Incluso el silencio al que se las relega, concebido desde este mundo nuestro tan mundano, ya no tendrá esa capacidad creadora a los ojos de lo sancionado por la cristiandad oficial. Pero hay otros silencios, afortunadamente, silencios que aún retienen la inmediatez de lo inédito y se maravillan ante el misterio, gracias a Dios.