divendres, 30 de maig de 2008

Pensando en Dios desde la diversidad

Ésta es una versión breve de la reflexión que tuve en la Església Baptista El Redemptor (Sabadell) el 18 de mayo pasado, Día de la Familia.

La cuestión de la familia no es una cuestión fácil. ¿En qué familia pensamos cuando decimos “familia”? Si echamos un vistazo a nuestra sociedad occidental, encontramos tantas familias y maneras de vivir conjuntamente tan diferentes que casi nos faltan palabras para describirlas: además de la familia tradicional (la compuesta por el padre, la madre y los hijos e hijas), encontramos las formadas por parejas de hecho no casadas, familias monoparentales, las divorciadas o separadas, las parejas formadas por personas de un mismo sexo, además de la variedad de familias multiculturales. Es un extenso repertorio, e incluso ante tal variedad algunos dicen que la familia se encuentras en crisis. Pero todos estos modelos familiares existen, y si la Iglesia quiere mantenerse en diálogo con la sociedad, como debe, hay que pensar seriamente alrededor de esta cuestión.
Han existido muchos modelos familiares a lo largo de la Historia De hecho, si vamos a la Biblia, encontramos unos cuantos. Uno, por ejemplo, es el tribal del antiguo Israel, el de los patriarcas. Otro, bien podría ser el romano que empieza a sacar la nariz en la época de Jesús y que en las Cartas hallamos más claramente. El problema es que son modelos que hoy no nos sirven, porque por un lado, como es obvio, la sociedad ha cambiado, y por otro, están basados en relaciones injustas de poder: patriarcales, patrilocales y patriliniales, en los cuales el paterfamilias reclama la obediencia. Confrontados la ética de Reino de Dios son modelos que no satisfacen, porque excluyen cualquier libertad e incluso igualdad (no en el sentido de “ser iguales”, sino en el de relaciones igualitarias desde la diversidad). El modelo del paterfamilias es, por ejemplo, el modelo que adoptó el emperador en el Estado romano, y que muchos regímenes después también han explotado para justificar el gobierno terrenal. ¿Es pues que la Biblia no puede presentarnos ningún modelo familiar en el que podemos reflejarnos?

Otra cuestión es que nosotros y nosotras, la Iglesia, por “familia” entiende también la realidad de la iglesia. En el momento en que nos confesamos cristianos y cristianas, formamos parte de una familia más amplia en la que a través de Cristo nos reconocemos como “hermanos y hermanas” en la fe. Somos entonces capaces de llamar a Dios Abba (expresión aramea que significa “papi” o “papaíto”, desde la confianza de los niños en sus padres), tal como dice el texto de Romanos 8:14-16. Las primeras comunidades cristianas escenificaron esta comprensión familiar claramente: no es casualidad que las primeras iglesias sean iglesias domésticas, donde el amor rige una práctica profundamente igualitaria, ni jerárquica ni patriarcal. ¿Pero donde hallaron inspiración estas comunidades para ver a Dios como Padre si la figura del padre era entonces tan autoritaria?
El caso es que en la Biblia sólo hay una relación familiar que no se basa en el ejercicio de la voluntad sobre otras personas, no se basa en relaciones de dominio, sino en el amor y el entendimiento, en la inteligencia del amor. Y este modelo es el trinitario. Es decir, la Trinidad.
¡Ay, la Trinidad! Qué lejos queda de nuestra práctica cotidiana y de los púlpitos. Qué incomoda es al no dejarse esclarecer. Pero esta en el mismo credo de esta iglesia (http://www.esglesiaredemptor.org/). Pero ¿qué tiene a ver la familia con la Trinidad?
El problema con la Trinidad es que se ha caído en la trampa de los debates lingüísticos y racionalistas. La formulación clásica dice que está compuesta por tres personas (Padre, Hijo, Espíritu Santo) que comparten la misma naturaleza. Pero el concepto de “persona” ha cambiado desde el s.IV. Entonces, se refería más a la esencia, hoy a la subjetividad y a la individualidad. La trampa racionalista es intentar definir Dios, que es una realidad indefinible, con las palabras.
Pero lo que interesa aquí es la calidad relacional de la Trinidad, o mejor dicho, la familiaridad, porque la familiaridad consigo misma y con todo lo que es creado constituye el sentido más íntimo de Dios. Por eso es pertinente hablar de ella cuando habamos de la familia desde una perspectiva cristiana. ¿Por qué? Hay tres aspectos importantes:
a) El primero es que la Trinidad implica mutua relación. Atención: mutua relación no reciprocidad. La reciprocidad pone el sujeto en medio y hace consentimiento. La mutua relación en cambio habla desde un nivel más plano, no hay beneficios ni pérdidas, ni yo doy y tú recibes. Implica relación sencillamente por el gusto de estar en relación, por el gusto de estar en comunidad.
b) El segundo es la igualdad radical. La Trinidad no debe ser pensada en jerarquías, sino que es igualmente Padre-Hijo-Espíritu, a pesar de que se respeten las distinciones.
c) De lo anterior se desprende el tercer punto, que es la unidad comunitaria en la diversidad. No podemos acercarnos a Dios pensando en términos absolutos, sino en términos relativos: Dios es en relación a lo otro, no es que esté en relación, es que es pura relación. Dios es comunidad, es koinonia.
De hecho, si nos paramos a pensar un momento veremos que a Dios sólo se le conoce en relación: ¿qué es la Biblia si no una historia de relación entre Dios y el ser humano? Dios es Dios de gracia que se da a conocer en Cristo en el poder del Espíritu Santo.

Sin lugar a dudas, este es el mejor modelo familiar al que podemos aspirar, de hecho, al que debemos aspirar, porque por un lado, si Dios es relación, nosotras y nosotros creados a su semejanza, somos también seres en relación. Por otro lado, porque conocemos en Dios este Padre de amor, que se deja decir también como Madre, no como un Padre monárquico, sino que Dios resignifica de nuevo y continuamente lo que significa ser Padre. Estar en comunidad, estar en una comunidad cristiana, es pues generar relaciones sanas y diversas en todas direcciones. Se trata de que todos y todas desarrollemos esa calidad relacional, conscientes que somos iguales y distintos porque vivimos en el amor de Dios-Padre en tanto hijas e hijos de Dios. Miembros en buenas relaciones crean una comunidad sana y a la inversa: una comunidad sana es capaz de generar buenas relaciones entre sus miembros. Este es también un modelo que vale también para nuestras familias particulares: relacionarse desde la mutualidad más allá de las concepciones de dominio y jerarquías, creando verticalidades no jerárquicas. Se trata también de dejar que otras formas de entender la familia encuentren su lugar en la iglesia, porque Dios no es sólo un Dios de tradiciones, sino también de innovaciones.

2 comentaris:

Ignacio Simal ha dit...

Podría publicar tu sermón?

Un abrazo,

Ignacio

Mireia ha dit...

Hola, Ignacio

claro que puedes!

Besos,

Mireia