dimarts, 10 de juny de 2008

¿Qué "discipulado de iguales"?

Hace días que vengo dándole vueltas a esta cuestió: ¿a qué nos referimos cuando decimos “discipulado de iguales”? La primera vez que oí (o leí) esta expresión fue en el ya clásico libro de Elisabeth Schüssler Fiorneza En Memoria de Ella. Por entonces, fue una expresión que me emocionó, de aquellas que encuentras a lo largo del camino y que de alguna forma misteriosa alumbran aquella inquietud que revolotea escurridiza por algún lado. ¡Discipulado de iguales! Me cautivó entonces, y la añadí a mi vocabulario sin dudarlo. Durante años me ha venido a la boca
Pero heme aquí hoy interrogándome sobre este concepto y mostrando mis reservas, o mejor mostrando reservas a mi propia manera de pensarlo. Sé bien lo que significaba entonces para mí, puesto que todavía lo significa. El discipulado de iguales se refería y se refiere a esa realidad en permanente construcción que hace que Dios se haga presente entre nosotros y nosotras, se haga con nosotr@s, hermanos y hermanas en la fe (Juan 13:34-35). Somos iguales porque a través del Cristo nos reconocemos como hijos e hijas de Dios, y eso redunda en una práctica relacional fundada en este sentimiento de solidaridad, de koinonia, de ser comunidad, hacia dentro y hacia fuera.
La cuestión es que para mí durante mucho tiempo el “discipulado de iguales” fue una medida humana, y no una medida de relación con Dios, de praxis de la relación con Dios. El discipulado de iguales significa que hombres y mujeres deben compartir y acceder a las mismas responsabilidades en el seno de la iglesia sin discriminación por razón alguna. Sin embargo, puesto que en mi experiencia inmediata y en la Historia oficial eran los varones los que siempre habían ocupado el ministerio pastoral y casi sin excepción las diaconías, el discipulado de iguales acabó significando de alguna manera para mí que las mujeres tenían que ser iguales a les hombres, es decir, hacer lo que ellos llevaban tiempo haciendo. ¡Ay, craso error! Porque en pensar así estaba justificando aquella mediación exclusivamente masculina que nosotras mujeres también queremos. Se me escapaba entonces que nosotras tenemos también la autoridad para ser pastoras, pero no porque ellos lo sean y lo hayan sido, sino porque también somos imagen de Dios y formamos parte de su creación. Somos también iglesia (1Cor.12:12-19).
Decía un día en alguna parte que conocía mujeres, algunas amigas, que a pesar de tener la posibilidad de servir en sus comunidades como diaconisas con todas las responsabilidades que eso conllevaba se sentían incómodas y o bien rechazaban el cargo o bien se abstenían de ciertas funciones asociadas con él, como es en la comunidad de la que yo procedo el asistir en la Santa Cena. Esta actitud antes me exasperaba. Hoy me pregunto si no era una muestra de la política de las mujeres, de la sabiduría del negarse a estar donde no hay espacio para la diferencia. Porque el ser pastor(a), diácono(a), anciano(a) o cualquier otro servicio no es caber en un molde ya dado y construido por años y años de tradición, algo así como una personalidad jurídica o una representación corporativa, como si el ministerio fuera algo preconcebido en el que se encaja o no, como un neutro que hay que llenar. Tal concepción anula la diferencia de ser hombre o mujer, entre muchas otras, porque dado que el ministerio está construido a imagen de varones, que lo han ocupado durante años, el neutro que pretende ser no existe. Hay que ser conscientes de que al igual que tiene virtudes en los muchos hombres que lo han ocupado, también tiene vicios a causa de la endogamia. Por tanto, no se trata de que ahora las mujeres podamos y (¡por supuesto!) debamos ser pastoras o diaconisas, sino de cambiar la concepción tradicional en la que el pastorado ha medrado, alimentado sólo por un caudal experiencial. Porque a la hora de ser pastora o pastor, no se trata de ser pastor o pastora sino de ser este pastor o esta pastora.
Voy a dar un ejemplo práctico: las togas. Algunos y algunas pastores y pastoras celebran los cultos con toga. Debo decir que la primera vez que lo vi, el hecho me desconcertó e incomodó, puesto que me era una práctica totalmente desconocida. Seguro que la toga tiene valor y es símbolo de algo que no acabo de entender (no puedo evitar aquí la imagen del magistrado, el que juzga, y ese simbólico no me gusta). Probablemente también muestra la tradición y exterioriza la identidad. Sí, seguro que la toga significa mucho más de lo que yo intuyo, pero no puedo dejar de ser crítica con ella; entre otras cosas porque la toga esconde el cuerpo, lo oculta, de tal forma que el género de quien predica queda hurtado, tapado, escondido: sólo queda un vago bulto enrropado que más allá de la intención de evitar el desvío de la atención (para que sea la Palabra la que se escuche sin distracción) me genera desasosiego. ¿Dónde queda aquella Hildegarda que animaba a sus monjas a engalanarse y a adornarse, segura de que el cuerpo es también lugar de manifestación de Dios? A Dios le gusta vernos como realmente somos, especialmente en el culto, que es más que una ceremonia porque es celebración. Nos ve como mujeres y hombres particulares y diferentes, todos y todas sin embargo, conocid@s por Él, pues ¿quién conoce el nombre (y “conocer el nombre” es conocer y compartir íntimamente la particularidad) de todas las estrellas del firmamento sino sólo Dios? Seamos, pues, pastoras, pero seámoslo por ser quienes somos, no a pesar de ser quienes somos.

1 comentari:

ZeppelinPoma ha dit...

Hola Mireia
He leído tu escrito; hace tiempo que no leía algo que me interesara como me ha interesado tu aportación. Creo que estás totalmente en lo cierto, es un error de los oprimidos anhelar las posiciones que han mantenido los opresores; se convierten, a la postre, en una mala versión de sus opresores. En una de sus canciones, Ra-fael Amor (no sé si lo conoces, pero seguro que te gustará) recoge la famosa frase “no hay peor tirano que un esclavo con un látigo en la mano” ¡¡Que verdad tan grande!! Que diferentes son las mujeres que aspiran al poder de los hombres (véase el caso Margaret Thatcher) o las que aspiran a poder ser ellas mismas desde las responsabilidades que deben ejercer (compárese con el caso de la jueza del antiguo Israel, Débora). Lo mismo pasa cuando los protestantes (minoría reprimida y oprimida por años en nuestro país) aspiramos a tener los mismos privilegios que los católicos (mayoría represora y opresora durante años en nuestro país), sin mirar si fueron esos mismos privilegios la causa de que la iglesia dejara de ser la Iglesia.
Bueno, no me enrollo más; todo esto era para decirte que me ha encantado leerte y espero seguir haciéndolo. Pero antes, sigue así, necesitamos personas (pastoras y pastores) que se atrevan a pensar en voz alta y nos hagan pensar a todos los de-más.
Un beso