dimarts, 2 de setembre de 2008

La presencia de las mujeres en la Reforma

El rostro oculto del mal es el título del libro de Ivone Gebara del que hablé aquí mismo en mi última entrada no hace muchos días. Tomando su expresión, hoy escribo sobre ese rostro del mal que las mujeres encontramos una y otra vez escrutándonos cuando nos acercamos a la historia oficial. Por historia oficial me refiero a la historia recogida en los libros y enseñada en las universidades (a pesar de la entrada de los estudios de mujeres en los últimos 20 años), aquella historia tremendamente selectiva que sirve al propósito de la construcción de nuestra realidad desde una perspectiva monolítica antes que aperturista, totalizadora antes que diversa. Me refiero pues a la Historia al servicio del orden simbólico patriarcal, que en gran parte se apoya en anales expurgados de hechos, personajes y vivencias del pasado que no acaban de casar con la construcción de la realidad propuesta. En este monólogo se encuentra también el rostro del mal que nos priva a nosotras, mujeres protestantes, de nuestros orígenes y de nuestro legado común.
Ciertamente, también en la Reforma se ha producido aquella cancelación u olvido de la presencia de las mujeres en su seno, a pesar de que muchas de ellas participaron activamente en el movimiento de renovación espiritual que significó. La Historia ha querido situar el inicio oficial de la Reforma en los martillazos con los que Martín Lutero clavaba en las puertas de la iglesia en Wittenberg sus famosas 95 Tesis el 31 de octubre de 1517. Pero los martillazos de Lutero culminaban un largo proceso que venía gestándose desde hacía siglos.
Se admite generalmente que en la eclosión de la Reforma y luego en su rápida expansión (obligatorio es recordar la Ginebra de Farel y Calvino o la Zurich de Zwinglio, así como una larga lista de reformadores como Bucero, Melanchton, Knox en las fila de la Reforma magisterial, y personajes como Simons, Satter, Denck o Müntzer en la radical) concurrieron varios factores: el aumento de la piedad popular, la insostenible situación de la Iglesia en cuanto a moralidad y burocracia parasitaria, el desencanto que originaron los muy frustrados intentos de reforma de la Iglesia desde el Concilio de Constanza (1413) y la pérdida de prestigio del Papa (que por aquel entonces se paseaba espada en mano por media Europa) son sólo algunos. El humanismo también colaboró lo suyo, por supuesto, así como el nuevo cuadro socio-económico europeo de las grandes ciudades burguesas. Pero lo que no se suele decir es que también los movimientos de mujeres tuvieron algo que ver con todo el proceso que desembocaría a la larga en la Reforma, quizá no de un modo directo, pero sí alimentaban y sostenían el gran caldo de cultivo de expectativas que recorría el viejo continente y que detonó a principios del s. XVI.
A mediados del siglo XIII se registraron dos fenómenos que atañían directamente a las mujeres, aunque los dos están estrechamente vinculados. Por un lado, la espiritualidad femenina experimentó un verdadero auge por estas fechas. Este auge en la espiritualidad no era un movimiento en exclusiva femenino, pero es verdad que el movimiento que llevó a la formación de los valdenses o de los franciscanos se vivió de forma muy intensa entre las mujeres, tanto dentro como fuera de los conventos (p. ej. clarisas y beguinas). Por otro lado, tenemos la famosa cuestión de la Querella de las Mujeres, el debate intelectual sobre la naturaleza y las capacidades de las mujeres que en pleno s. XVI todavía seguía muy vivo y coleando. No se trata de que existiera un sentimiento consciente de opresión entre estas mujeres al estilo “feminista” actual, pero ciertamente muchas explicitaron su malestar con el lugar que el mundo les reservaba. Por ello, muchas mujeres, influenciadas ya por estas corrientes, vieron en la Reforma medios para llegar a dar rienda a esas inquietudes, inquietudes que por otro lado no acabaron cuajar. En realidad, justo es decir que la Reforma colmó algunas expectativas femeninas (por ejemplo, la práctica de la lectura directa de los textos bíblicos implicó la alfabetización de mujeres y otros segmentos desfavorecidos), pero por otro lado cambió los muros de los conventos por los muros de la casa (la palabra pública salvo algunas excepciones era cosa de hombres).
He dicho que la Reforma desplazó la experiencia femenina de Dios desde los conventos a las casas. A pesar de que algunas mujeres vivieron los conventos como un espacio de libertad femenina, otras lo hicieron como encierro y negación de sí mismas. En el s. XVI era habitual que en los conventos se encontraran monjas involuntarias que en ocasiones sufrían (o disfrutaban) de la poca consideración que tenía el celibato sacerdotal. De hecho, la condena del celibato fue uno de los grandes caballos de batalla de la Reforma (junto con la misa, el recurso a los santos, las indulgencias, la santa cena…) a causa de la debacle moral que originó. En el orden del mundo de la Iglesia católica la virginidad era la más excelsa virtud que una mujer podía practicar, pero en la Iglesia de la Reforma lo que se esperaba de las mujeres era el matrimonio y la maternidad, aunque casta. Es en este sentido que digo que la experiencia de Dios de las mujeres se desplazó de los conventos a las casas. Pero me pregunto hoy cómo se articuló esta experiencia femenina libre de Dios en los espacios domésticos (dado que el protestantismo colaboró muy mucho a la visión del “ángel del hogar” que se formularía en el s. XIX), tanto más cuanto la Reforma es también explicitación de una de las grandes construcciones filosóficas de la modernidad: el yo autónomo, que como sabemos ha sido un yo construido con parámetros masculinos.
Sin embargo las mujeres en la Reforma existieron y muchas de ellas colaboraron directamente en su difusión, especialmente las aristocráticas y las esposas de pastores (que son de las que tenemos registro; no sabemos casi nada de las mujeres campesinas o de las urbanas). Tal como alguien ha dicho, debemos mucho a éstas nuestras tatarabuelas, pues como encargadas de los hogares de los reformadores, y dada la revalorización del matrimonio y la maternidad, influyeron en los derroteros de la Reforma a su modo: sus casas debían ser el ejemplo moral de la nueva generación de creyentes. Por otro lado, es bueno recordar que muchas de las cuestiones teológicas y doctrinales de la Reforma se discutieron alrededor de la mesa de los hogares de los reformadores, que por otra parte también acogieron debates entre los profesores y los alumnos que acudían a las capitales de la Reforma. Por tanto, bien haríamos en no borrar de un plumazo la contribución de estas mujeres al movimiento protestante. Creo que muchas veces estas contribuciones se materializaron a través de la “estrategia de la abuela”, es decir, evitando el conflicto directo con el orden patriarcal, innegablemente imperante en la Reforma, y buscando aquellos espacios liminares donde el hacer femenino no era censado ni especialmente discutido. Idelette de Bure, esposa de Calvino, Katherina von Bora, esposa de Lutero o Anne Reinhart, esposa de Zwinglio, bien pudieron ser ejemplos de esto, algunas con más fortuna que otras, porque su manera de acercarse a Dios era ya distinta que durante los siglos precedentes.
Bien puede ser, sin embargo, que de “estrategia de la abuela” no hubiera nada de nada y que estas mujeres fueran firmes voceras de su libertad. De muchas sencillamente no nos ha llegado noticia de sus malestares, desvelos y luchas por ser fieles a lo que eran, mujeres en busca de Dios. Juzgar por lo que la historia oficial, como decía antes, registra, es perder el horizonte de estas mujeres, porque la visión que se nos ha trasladado de ellas también es una visión opaca e interesada a ratos. Es en los espacios más marginales donde hay que buscar, en esos claro-oscuros que jalonan la Historia. Por otra parte, tampoco sería justo proyectar una conciencia “feminista” (entendiendo la palabra en sus términos actuales) sobre estas mujeres en el sentido de ser conscientes de su diferencia sexual. Pero sí pienso que siendo concientes de ello o no, el hecho de ser mujer marcaba una diferencia que las llevó a estar en el mundo de otra manera, por bien que no se puede homogenizar la experiencia de ese estar en femenino en el mundo. Algunas de ellas sí explicitaron firmemente este deseo de relacionarse con Dios desde su diferencia, mujeres que invadieron el espacio público, considerado de filiación masculina, y que irrumpen en el escenario de la historia con voz audible. Este es el caso de Marie Dentière, Marguerite de Navarra e incluso de Katherina Schultz (o Zell), entre otras.
Que hoy estos nombres de mujeres no nos suenen, o sólo suenen en nuestras iglesias al público más versado, es poco menos que una calamidad. Es más, que de hecho no suenen en los locales de nuestras iglesias es muestra evidente del olvido al que han sido condenadas y del anonimato de su quehacer. Pero estas mujeres existieron. Recuperar su legado no es sólo una ganancia para la historia de la Reforma. Lo es igualmente para todos aquellos y aquellas que hoy nos consideramos protestantes, pero también para la historia de la revelación. Porque el pasado es mediación con el presente y aquí nos jugamos demasiado para permitir que esa mediación condene al ostracismo la mitad de la experiencia de Dios de la humanidad.