dimecres, 29 d’octubre de 2008

LOS ACAECERES DE DIOS: TEORÍA DE LA METÁFORA, TEOLOGÍA Y DIFERENCIA SEXUAL

Voy a empezar con este primer escrito que cuelgo aquí una reflexión sobre cómo la metáfora es una herramienta indispensable en la reflexión teológica y también en la construcción del pensamiento de la diferncia sexual. En esta, primera parte, hablo sobre los dos primeros conceptos (la metáfora y la teología) mientras que en el próximo post espero poder vincular ambos al pensamiento de la diferncia sexual, especialmente a la contrucción del mundo en femenino.

En su más reciente libro, la filósofa italiana de la diferencia sexual Luisa Muraro escribe: “’Dios’ es una palabra que no tiene sentido si no se pierde en otras, o en todas las demás, también las que nunca han sido pronunciadas o son impronunciables, como un nombre común suyo, el más común, como la palabra secreta de todo ser que viene al mundo y de todo ser que lo deja: un pasadizo, podríamos decir, y como la traducibilidad misma de este mundo en otro y en la infinidad de mundos posibles. Cautiva en un discurso cerrado y acabado, moriría, sin que importe de qué discurso se trate, incluso el más teológico” (Muraro, 2006). Esta bellísima metáfora de lo que para la autora Dios significa es un ejemplo privilegiado de las significaciones y comprensiones, de los nuevos horizontes, que la metáfora puede llegar a desvelar acerca de la experiencia de Dios: palabra que se pierde en otras palabras. Sí, ésta es una buena definición de la metáfora. Curiosamente, “No sé a qué llamo Dios” (Muraro, p.37) es el título de uno de los capítulos de esta obra. Sin embargo este no saber no es impedimento, tampoco para nosotros: es inicio metafórico. Es adecuado que así sea, pues la metáfora tiene la capacidad de ser escurridiza, difícil de fijar, lo cual la hace permanecer poco tiempo entre las crestas de las frases, siempre en tránsito hacia. Tiene algo parecido a una actitud de protesta constante hacia el encasillamiento, y, a la vez, vocación por trascender el propio lenguaje mientras lo arrastra hacia un más allá sorpresivo y abierto al infinito. Por otro lado, mantiene un pie dentro de la realidad más apegada a la experiencia, pues nombrando, significa, o quizá sería más acertado decir que es comprensiva, que hacer comprender. Ricoeur diría que “la metáfora comporta una información porque ‘re-describe’ la realidad” (Ricoeur). Así, cuando en un poema leemos “el viento acariciaba la hierba” entendemos automáticamente que de lo que el poeta nos está hablando es de un suave vientecillo, quizá incluso cálido, que soplaba provocando el movimiento de la hierba. En esta metáfora, una personificación, el lector o la lectora entendería el sentido último que ha querido transmitir el poeta (la sensación de levedad y/o de calor) y nadie en su sano juicio objetaría que el viento no puede acariciar, aunque objetivamente sea cierto. No, es la fusión de horizontes lo que aquí cuenta. He aquí pues la dimensión trascendente de la metáfora, del movimiento de sí hacia el más allá, puesto que en unas pocas palabras (que el viento acariciaba) se nos refleja una realidad nueva, distinta, palpitante, que nos abre a un horizonte de nuevas experiencias, de nuevos significados, a través de palabras o conceptos que solemos usar en otros ámbitos. Por supuesto, para culminar este efecto de desubicación a la vez que de apertura, el elemento sorpresa es esencial, pues es el carácter sorpresivo el que de alguna forma deconstruye la realidad y crea otra nueva. A pocas personas hoy en día les parecerá sorprendente “el viento acariciaba la hierba”, puesto que tal expresión se ha convertido en una metáfora casi muerta por recurrente, fosilizada en un estadio de significación. Pero imaginemos por un momento la nueva perspectiva del mundo en la que participó aquella persona, o aquellas personas, que por primera vez escucharon o leyeron que “el viento acariciaba la hierba”, o quizá la primera vez que nosotros mismos lo escuchamos. He aquí la metáfora viva (Ricoeur, p. 304), la innovación del sentido, pues ¿alguien se había imaginado que el viento pudiera acariciar?

LAS METÁFORAS Y LA METÁFORA
Esta capacidad de trascender la realidad construida como asimismo de construirla de nuevo no es exclusiva de la metáfora. Podríamos decir que Dios mismo tiene esa capacidad, que ante él toda la realidad toma matices nuevos, se reconfigura, se recoloca para significarle. En este sentido, no sería un disparate decir que Dios es la más grande metáfora que conocemos. Al sonido de “Dios”, nos hallamos sumidos en un proceso dinámico de recreación, de colocación ante la realidad y ante la experiencia de ésta. Nadie ha visto jamás a Dios, pero le hemos experimentado. Dios es algo existente, pero intangible. Dios es algo cercano, pero incognoscible. Dios es solidario con la humanidad, pero está más allá de cualquier posible explicación y entendimiento humanos. Es por ello por lo que la única forma comprensiva por la que podemos hablar de Dios es a través de la metáfora, a través de la comparación y la atribución de realidades cercanas a nosotros, que hablan comprensivamente de nuestra experiencia, a la esfera trascendente de Dios (Is. 40:12-25). Dios es bondad, pero sólo experimentamos la bondad de Dios por comparación a nuestro “sentir bondad”, que de hecho procede de Dios y es parte de su esencia (aquí hablaríamos de analogia entis). Dios es amor, pero sólo podemos saber del amor en la medida de nuestra naturaleza humana, en la que el amor es un pálido reflejo del de Dios, del cual procede. En este sentido, toda teología es metafórica, es un “hablar de Dios como si…”.

LAS METÁFORAS CONCEPTUALES
La última frase se entenderá mejor con lo siguiente. La metáfora se define como la explicación de una cosa en términos de otra según un movimiento de transferencia (Ricoeur, p. 21). Tradicionalmente, se ha venido entendiendo que existe una brecha insalvable entre el lenguaje literal (objetivo) y el poético (figurado), ya que como Zambrano comenta: “… la hazaña de la filosofía griega fue descubrir y presentar como suyo aquel abismo del ser situado más allá de todo ser sensible, (…) haber arrebatado a la poesía su secreto, su fuente [el apeiron, lo sagrado a revelar]. Por haberle dado nombre [al apeiron], por haber descendido hasta esa profundidad en que la conciencia originaria, el asombro aún mudo, se despierta rodeado de tinieblas” (Zambrano, p. 72). Es esencial destacar el desbancamiento de la metáfora como figura del lenguaje que nombra la realidad en favor de una comprensión de la metáfora como sujeta a la fantasía y a la palabra delusiva, que por tanto no se relaciona con la realidad tal y como es dada. La Ilustración y el aprecio por la razón y el objetivismo vinieron a agrandar la brecha, hasta que la razón imaginativa (la poesía y la metáfora) quedó fuera del lenguaje que describe (literalmente ergo objetivamente) la realidad. Sentar este punto es importante para llamar la atención sobre el hecho de que la génesis de los Salmos se halla en un mundo distinto al griego (y por tanto tan tajante separación entre un ámbito y otro no procede, invitándonos así a cambiar de “lentes”) sino porque aquí vamos a sostener la teoría de la metáfora conceptual, que contradice este pensamiento.
Efectivamente, sucede que a menudo conceptualizamos la realidad de forma metafórica. Las metáforas crean una estructura en nuestro entendimiento de la vida, de tal forma que se erigen en herramienta conceptual y constituyen modelos cognitivos (Lakoff y Turner, p 80ss.). Una vez adquirida una estructura, la incorporamos a nuestro catálogo mental y recurrimos a ella para relacionarnos con nuestro entorno. Por ejemplo, “envejecer es marchitarse” es una metáfora. Existe un campo de origen y un campo de destino, y la relación (la transferencia) que se establece entre los dos campos es el mapeado metafórico. En este caso, el campo de origen es “marchitarse” y el campo de destino es “envejecer”. La metáfora en este caso quiere destacar la visión negativa que tenemos hoy en día de la vejez: declive y decrepitud, pérdida, mal. Éste vendría a ser el mapeado metafórico. Entender pues la vejez como un marchitarse es un esquema conceptual que organiza nuestro mundo, negativamente en este caso. Por otro lado, aprendemos “metaforizando”, es decir, aplicando esquemas de situaciones conocidas a situaciones nuevas, destacando así las semejanzas. Existen pues mapeados generales de un ámbito conceptual a otro que son importantes para el entendimiento del lenguaje convencional cotidiano, además del poético, y que apuntan a que la metáfora no sólo se queda en el ámbito lingüístico, sino que dirige también en nuestra comprensión del mundo.

Bibliografía:
Alter, R. The Art of Biblical Poetry. Ed. T&T Clark Ltd. Edinburgo, 1995.
Caird, G. B. The language and Imaginary of the Bible. Ed. Edermans Publishing. Michigan, 1997.
Lakoff. G. y Turner, M. More than Cool Reason. Univ. Chicago Press. Chicago, 1989.
Muraro, L. El Dios de las mujeres. Ed. Horas y HORAS. Madrid, 2006.
Ricoeur, P. La metáfora viva. Ed. Cristiandad. Madrid, 2001.
Santa Biblia. Versión Reina Valera 1960. Sociedades Bíblicas Unidas.
Schökel, L. A. Manual de Poética Hebrea. Ed. Cristiandad. Madrid, 1988.
Zambrano, M. El hombre y lo divino. Ed. Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2005.