diumenge, 16 de novembre de 2008

LA PARUSIA: ACCIÓN SALVÍFICA DE DIOS AHORA

Capilla SEUT (12/11/2008)

Jc. 4:1-7; Slm. 123; 1Tes. 5:1-10; Mt. 25: 14-30

Tengo que protestar por los textos que me han tocado. Es que no me gustan mucho, porque la imagen que se deriva de su lectura conjunta es una imagen, que, al menos lo que es a mí, me causa cierto desasosiego, como un poco de vértigo, como si lo que leyera no encajara con la idea que tengo de Dios. Esto, diréis, está muy bien: es bueno que de tanto en tanto los textos nos sacudan, nos peguen un buen bofetón. Pero es que yo no me he llevado un bofetón, si no tres, ahí bien dados, y donde duele. Además me los he llevado así como escalonados, con saña, vamos, porque cuando creía que había hecho las paces con un texto, leía el siguiente, y ala, otra vez el la rebelión y la pataleta. Tengo que decir, pues, de entrada, que no he conseguido superar mi malestar del todo, y que, por tanto, esto no va a ser una predicación, sino que os voy hablar un poco de lo que a mí me han sugerido los textos, de mi lucha con ellos, a riesgo de que éste sea un comentario más que una predicación. Puede que quizá os sintáis reflejados, o puede que os acordéis del lugar donde estoy yo ahora, quizá hace mucho o poco, pero en fin, allá vamos.

Tres textos, pues. Uno que nos habla de guerra, uno que nos habla de juicio, y uno que nos habla de exclusión. Al leerlos así en sucesión una diría “ya está, fácil, quien sea que hizo el leccionario puso estos tres textos juntos porque muestran lo que supuestamente sucederá el día en que Cristo vuelva de nuevo”. El mundo en franca rebelión será juzgado y aquellos que hemos mantenido nuestra esperanza en Cristo seremos salvados y salvadas, viviremos por toda la eternidad en el paraíso mientras otros son condenados al infierno. Pero cuando me acercaba a estos textos así, una estridente sirena sonaba en algún lugar y una voz de programa de tele soltaba “¡error!”. Así que me dije que mejor me equipara con pico y pala y así, bien preparadita, bajara al nivel de los textos y me liara mano a mano con ellos. Y aquí va el primer round.

1r ROUND: Ahí en el cuadrilátero izquierdo está Débora. Se le nota que es una mujer de armas tomar, tal como su nombre indica, “mujer de Lapidot” que es un juego de palabras con “mujer de fuego” o “mujer de espíritu”. Pero esto de que sea mujer me anima bastante. Digo yo que algo de solidaridad de género habrá. Pero ¡ay! Inocente de mi, nada más acercarme, ya me la juega.
Aquellas que nos entendemos como feministas cristianas, que como sabéis es el caso, tenemos una curiosa relación con esta mujer que es Débora, algo así como un amor-odio. Y es que la escuela feminista suele ver a Débora esencialmente de dos modos, sin que ambos sean del todo excluyentes. Por un lado, están aquellas que ven a Débora como una mujer fuerte, capaz de actuar directamente en el escenario, con una autoridad reconocida por todos: es ella quien ante los cananeos toma la iniciativa y lanza a los guerreros a la batalla, dirigidos por Barak. Es un ejemplo de empoderamiento, dicen, un ejemplo de mujer sabia y respetada que puede servir para muchas mujeres de hoy en día que están en situación de discriminación, además de, dicho sea de paso, ser un ejemplo de una mujer profeta, tocada por Dios. Al otro extremo del arco, están aquellas que ven a Débora con horror, ya que ¿cómo puede ser que Débora no sólo participe sino que instigue algo tan brutal, y se añade, algo tan masculino, como la guerra? Porque al fin y al cabo, la guerra durante muchos años la han hecho varones, aunque ahora, lo cierto es que esta distinción no nos sirve de mucho. Además, esto de que la guerra sea cosa de hombres… bueno, tampoco acaba de ser el caso: son muchos los ejemplos en que las mujeres han sabido arreglar las cosas a su conveniencia, por no hablar de que probablemente la guerra en sociedades tribales se relaciona con las unidades domésticas, familiares, donde quizá la mujer tiene más espacios desde los que incidir en el mundo de afuera.

Sin embargo, este argumento sobre qué hace una mujer instigando la guerra incluso podría ser llevado más allá y preguntar ¿cómo es que Dios se involucra en algo tan vil como la guerra? La guerra es una cosa que nos repugna, que rechazamos de plano, con la que no queremos tener nada que ver, pero he aquí que hallamos a Dios entre los bastidores de una, y a una mujer arengando a las tropas. Es más, no sólo habla el texto de guerra, sino que no tiene ningún reparo en afirmar que cuando los israelitas hicieron lo malo ante sus ojos, Yahvé los vendió a la mano de Jabín, rey de los cananeos, que los oprimió durante 20 años. ¡Pues menudo Dios es éste, que anda vendiendo a su pueblo! Mucho de fiar, no parece. Luego volveremos al tema de Dios. Pero de momento, vamos a quedarnos con Débora, la hemos dejado justo entrando en escena.

Pasa con Débora una cosa curiosa. Y es que si os fijáis bien en el texto, no dice por ninguna parte, como pasa en los otros relatos de jueces, que ante el clamor del pueblo oprimido, Dios levantara un libertador a los hijos de Israel, alguien que liberara al pueblo. Asumimos que Débora va a ser quien libere al pueblo porque su presentación está en el punto de la historia en el cual esperamos que aparezca el liberador enviado por Yahvé. Las historias de los jueces suelen seguir el mismo patrón narrativo, es decir: pecado-castigo-arrepentimiento-liberación. Y como decía, suponemos que es Débora quien traerá esta salvación porque en el esquema, la presentación del héroe es lo que viene después de clamor del pueblo, y es aquí donde se nos presenta Débora. Pero el texto no dice eso, dice que gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profetisa, mujer de Lapidot. Tranquilos, no voy a embarcarme aquí en una exégesis del texto, pero creo que es importante destacar este punto y tomar buena nota de esta pequeña anomalía.

Pero sigamos un poco más adelante. Tenemos a Débora sentada bajo su palmera y, suponemos, recibe un mensaje o un oráculo de Dios, no sabemos cuál ni con qué contenido, ya que hace llamar a Barak, y Barak va adónde está Débora. El lector está aquí tentado de pensar: “ah, claro, aquí viene Barak, éste debe ser el héroe de verdad, un hombre, un guerrero valiente”. Pero si siguiéramos leyendo el texto, seguro que recordáis la historia, Barak parece un poco reluctante a iniciar la batalla sin Débora, así que no acaba de encajar tampoco con el perfil de héroe/juez que esperaríamos.
¿Quién es entonces el verdadero héroe de la historia? No es Barak. No es Débora. ¿Quién será?

Dios, por supuesto. Él es quien en última instancia hace desarrollarse los acontecimientos, la mano que está detrás y que actúa para que los israelitas alcancen la victoria. Es Él quien atrae a los carros de Sísara: en realidad Barak ya lo tiene todo hecho. Un poco bastante irónicamente, ni siquiera será Barak quien de muerte a Sísara, sino otra mujer que no es Débora, Jael, no nos fuéramos a pensar que a fin de cuentas es Débora la heroína.

Además, notad otra cosa interesante: de todas las historias de los jueces, la de Débora es la que mejor acaba, no porque el pueblo no vuelva a caer en la apostasía, cosa que sucede, sino porque el juez en cuestión no acaba fallando, no se mueve en la ambigüedad de las historias de Gedeón y Sansón. Gedeón acabó siendo idólatra y Sansón, bueno, no acabó de ser el héroe que se esperaba. ¿Por qué es así? Porque el héroe en este caso es Dios, y Dios es siempre fiel al pacto. Y de lo que se trata aquí, en el libro de los jueces, es de la falta de fidelidad de Israel al pacto con Dios. Dios, sin embargo, jamás es infiel a él. ¿Quién trae justicia? Dios. ¿Quién salva al pueblo? Dios. Luego, ¿quién lo gobierna? Dios. Es el hecho de que Dios gobierna lo que trae justicia, lo que trae salvación.

Pasemos ahora al segundo texto, a Tesalonicenses. Así que vamos a entrar de nuevo en la máquina del tiempo y nos apeamos en… Corinto, s. I d.C.. Preciosa vista la que se ve desde este monte, el mar delante, a la derecha el famoso istmo y a la izquierda la ciudad. Se ven varios edificios de estilo justamente corintio, a pesar de que los romanos tuvieron la desfachatez de cargarse la ciudad hace casi un siglo y medio. Ahora, la Corinto del s. I d.C. es una ciudad reconstruida, bulliciosa y comercial. Y ahí está nuestra cita, Pablo.
Se acerca así como un poco meditabundo y parece que va leyendo alguna cosa. De golpe se para, alza los ojos al cielo y sacude la cabeza, dice algo por lo bajini, como resoplando, pero luego parece sonreír. Se sienta sobre una piedra junto al camino y empieza a garabatear sobre una tablilla que lleva con su estilete. Seguro que es una carta a alguna iglesia descarriada, claro. Pero me ha visto, así que me hace señas para que me acerque. No sé yo si ir, la verdad es que don Pablo de Tarso me impone mucho. Pero bueno, no es cuestión de ser maleducada en nuestra primera cita cara a cara.
-Buenos días señor Pablo de Tarso ¿cómo está usted?
-Aparta niña, que me tapas la luz.
- Uy, disculpe. – Pablo sigue escribiendo. Espero. Y sigue escribiendo. Y escribe. Y escribe – Esto, señor de Tarso, no querría ser indiscreta, pero ¿qué está escribiendo usted?
- Escribo una carta a mis hermanos y hermanas de Tesalónica.
- Pues anda qué casualidad. Mire usted, es que yo vengo del futuro ¿sabe? Y ahí nos hemos armado un poco de lío con sus cartas. Bueno, en realidad más que lío es un follón de los buenos. Oiga, no es que usted escribiera mal ni nada de eso, ¿eh? Dios me libre de decir tamaña grosería, pero es que su colección de best-sellers no nos ha llegado completa ni con una introducción clarita, ni tampoco nos ha llegado un diccionario de lengua paulina-lengua común de los mortales, sabe… Y algunos andamos un poco perdidos. Vaya, que es una pena, porque con el trabajo que usted se tomó, pues…
- Si es que vosotros los post-modernistas le buscáis tres pies al gato. Anda, siéntate aquí que te cuento…
- Muchas gracias, señor Pablo. Oiga, pero que es que yo soy muy dura de mollera y me va a costar entender, si es que felizmente entiendo algo, vamos. Por cierto, ¿no me podría llevar yo una copia de toda su correspondencia? De verdad que avanzaríamos mucho allá en mi siglo…
-No te pases, niña. A ver, tú venías de ver a Débora, ¿no? Sí, sí, ya veo ese ojo a la birulé que llevas…

Una de las cosas que Pablo me contó y que más me sorprendió al dar el salto entre Jueces y el pasaje de Tesalonicenses que hemos leído es la imaginería compartida. Por un lado, la imaginería de mujeres, por otro, la guerra. Pues fijaos, ya de entrada dice Pablo que el Día del Señor vendrá de repente como los dolores de parto a una mujer encinta. Y más adelante habla de que los que hemos creído en Cristo vamos revestidos con la coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de la salvación como yelmo. En realidad, Pablo habla aquí de la Parusía, de la venida de Cristo, y parece que retrata la venida de Cristo como de la resolución de un conflicto, lo cual trae unos cuantos ecos de la situación de conflicto que hemos visto en Jueces. Pero lo curioso es que lo trata como un momento de alegría, de juicio, pero de alegría, porque el nacimiento de un niño siempre es motivo de alegría. Y como dice Pablo en otro lugar, toda la creación gime de dolores de parto, hasta que toda sea reconciliada y restaurada en Cristo.

¿De qué nos está hablando aquí Pablo? Por supuesto, de un horizonte escatológico, la Parusía, como hemos dicho. ¿Qué implica para nosotros ahora? Implica esta esperanza futura de total reconciliación y restauración, de tal modo que Dios lo será todo en todos. Es algo que está aún por suceder. De hecho, la preocupación de los tesalonicenses era que, dada la esperada segunda venida de Cristo, qué era lo que iba a ocurrir con aquellos que habían muerto esperando. Ante esto, Pablo serena un poco los ánimos, bastante levantiscos a causa el contexto de persecución (léase de nuevo conflicto) en el que se hallaba la comunidad, y amplia un poco más su enseñanza sobre el día de la Venida del Señor.

Es interesante descubrir que el término “parusía” en realidad no quiere decir “llegada”, o no sólo esto, sino más bien “presencia”. También lo es descubrir que parusía era la palabra usada cuando el emperador llegaba a una ciudad: el anuncio de la presencia en la ciudad del emperador era la parusía. Y coincide que justamente en Tesalónica, además de otros cultos helenísticos, existía un fuerte culto al emperador. Así que de entrada, Pablo establece una competencia entre la figura del emperador y la figura de Cristo que viene, pues en cierta medida Cristo usurpa la solemnidad o la “realeza” por decirlo así del emperador. Le cuestiona pues su gobierno, pero lo hace de un modo contrastado, es decir, contraponiendo las cosas. El texto dice que “el Día del Señor vendrá como un ladrón en la noche”, que es una tradición muy antigua, lo cual quiere decir que la llegada de Cristo estará muy lejos de toda la panoplia y el ceremonial que acompañaba la llegada del emperador a una ciudad. No es que la soberanía de Cristo no sea de este mundo, porque ciertamente éste es un mundo que reclama en el Día del Señor, en su juicio, sino que la manera que tiene de expresarse este gobierno, esta soberanía, está bajo las coordenadas del pacto de Dios, se expresa en su propio lenguaje, el lenguaje del Reino de los Cielos que, en la presencia física de Cristo, tomará finalmente su plena forma. Es la conclusión, es el famoso ya del todavía no.

Sin embargo, este punto de alegría que significa el parto de este nuevo mundo, está punteado en este pasaje por una tremenda palabra: “destrucción”. Y ojo que aquí viene la segunda noqueada que me he llevado con los textos. ¿Cómo hay que entender esto? Destrucción de qué. ¿Destrucción de quien? La lectura que por los siglos de los siglos se ha hecho es que Cristo llegará y juzgará, y hallará buenos y malos, y cada uno recibirá según lo que le es merecido: castigo o salvación. Pero digo yo: éste Dios no me gusta. No me gusta un pelo, vamos, es que no puedo con él. Pero parecería que Pablo admite esta distinción entre buenos y malos, y que admite un juicio de condenación…. ¿o no? ¿Qué es lo que dice Pablo?

Pablo habla de que nosotros somos “hijos de la luz”… pero ¿habla acaso de hijos de las tinieblas? No, lo que dice es que “nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas (v.5)”. No hay identificados tales “hijos de las tinieblas” sino que habla de noche y “de los que duermen”. Este “los que duermen” no se refiere a los que han muerto, sino a los que no están en la comunidad de fe, es decir, los que no están dentro del Reino. Pero yo creo que de lo que Pablo habla aquí no es de la “destrucción” de éstos que están durmiendo, los que están embriagados (y aquí otra buena pregunta sería de qué están embriagados: ¿quizá del pecado que abunda en sus vidas, de la falta de relación con Dios?), sino que lo que va a ser destruido aquí es aquello que provoca que algunos duerman, es decir, “las tinieblas y la noche”, no aquellos que sufren las consecuencias de estar bajo ésas tinieblas. Es por eso, creo, por lo que el juicio es contemplado aquí, y de hecho, en toda la tradición judía como algo de lo que alegrarse, no porque Dios vindicará a Israel, como quizá pensarían los judíos, sino porque Dios removerá los obstáculos que hay entre él y la humanidad por su gracia. Y gracia es lo que es el juicio. Parusía, de hecho, también significa algo así como “poder salvífico de Dios en acción”. Venga pues, el juicio: como dice el Salmo “¿hasta cuando, Señor?”. Ahora bien, cómo ocurra exactamente ese juicio, qué exactamente significa, qué forma va a tomar… eso, ya queda en el ámbito de lo desconocido.

- Oiga, señor Pablo, pero entonces como yo lo estoy entendiendo ¿no hay condenados? ¿no es un juicio así como con veredictos de culpabilidad?
- Verás, niña, la cuestión es que… ¡Cáspitas! ¿No es aquel el Timoteo? Por los santos querubines y la barba de Moisés que esta carta a Tesalónica tiene que salir hoy sin falta… Voy a que Timoteo la escriba y se la lleve.
- ¡Espera, Pablo! Es que tengo más preguntas acerca de esto del juicio, es que no estoy segura y ahora empezaba la parte interesante, y hay otros textos y estoy todavía bastante liada…
- Lo siento mucho, realmente tengo que irme. Pero ve a ver a Mateo y dile que te cuente…
Este Pablo de verdad cómo es, mira que ir poniendo la miel en la boca y largarse así. Pues nada, iremos a ver a Mateo que anda contando talentos…

Con Mateo, mi rebelión llega ya al límite. Cuando escucho aquello de que “al siervo inútil echadle afuera, allí será el lloro y el crujir de dientes” el espíritu se me solivianta y sale en tromba contra el texto. ¿Pero es, hablando de juicios, mi reacción justa? Estoy segura, además, que no soy la única que lo siente así. ¿Cómo vamos a comernos este texto, y más importante aún, ¿qué es lo que quiere decirnos?

Tengo la sospecha de que como buenos hijos e hijas de nuestro siglo en que somos amos y amas de nosotros mismos, no nos gusta nada eso de que otro nos vaya a juzgar. Aquello de la objeción de conciencia es un vericueto muy útil: mi conciencia me dice que haga esto y aquel hace eso guiado por su conciencia, y ¿quién soy yo para juzgarle? Es un poco como el endiosamiento de la conciencia, ¿no creéis? Pero el caso es que si realmente nos situamos bajo la órbita del Reino de Dios, sí hay alguien que gobierna y juzga sobre nosotros, es decir, el mismo Dios. Y estaba pensando yo en esto, y dándome de cabezazos para entender a Mateo cuando Mateo me tiró uno de sus talentos en plena mollera y me sacó de mi frustración y desesperación, que era larga y profunda por no saber cómo hincarle el diente a la parábola en cuestión.

Mateo dice que el Reino de los cielos, es decir, el Reino de Dios, es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes para que los administraran. Luego, al cabo del tiempo, vuelve y pide cuentas de su gestión. Normalmente, se ha interpretado que esta parábola hace referencia al juicio venidero de Dios, pero yo me pregunto qué pasaría si entendiéramos que el que pide cuentas aquí no es Dios en el juicio venidero, sino Jesús en la venida que ya ha hecho, es decir, en su ministerio, su vida, muerte y resurrección. ¿Y si fuera esto lo que nos interpelara? En tal caso, no estaríamos hablando de excluidos, sino de posibles excluidos, pues el señor pide cuentas sobre aquellos que de hecho ya son sus sirvientes y a quienes les ha sido dado algo para administrar. Algo para administrar aquí y ahora. No se trata, o no se trata sólo, de que en el futuro todos participaremos del Reino de los Cielos o del gobierno con Cristo, como parece indicar el hecho de que al que ha cumplido satisfactoriamente con su administración le sea dado más y se le diga que “entra en el gozo de tu señor”. Se trata de que esa soberanía también ahora y aquí tiene dominio sobre aquellos que se entienden como cristianos. Al fin y al cabo, la parábola habla de uno que ya es señor y deja sus bienes sobre los que ya son sus siervos. ¿Y si cada día pasáramos a juicio, pero por la fidelidad de Dios a su pacto, por su amor demostrado en Jesús, cada día fuésemos perdonados? Si fuera así, de lo que Mateo habla (y también Pablo con aquello de que “no durmamos, sino que velemos y, sobretodo, nos edifiquemos unos a los otros”) es de lo que vamos a hacer con, literalmente, los talentos que Dios nos ha dado.

Aquellos que nos consideramos comprometidos con Dios, ¿qué vamos a hacer con nuestras vidas, con los dones que Dios nos ha dado para que construyamos su Reino aquí y ahora? ¿Vamos a ponerlos en juego, a invertirlos para que se multipliquen en la medida de nuestras capacidades? ¿O bien vamos a enterrarlos, sabiendo que Jesús no sólo cada día sino en algún momento de la vida (y entiendo por vida la de aquí y lo que sea que pase allá), nos va a pedir justa cuenta de lo que hemos hecho con ellos? ¿Los hemos enterrado y ocultado al mundo cuando justamente a lo que somos llamados es a mostrarlos, a usarlos como ladrillos del Reino que construimos cada día?

La lectura de Débora ve la acción de Dios en la historia como un correctivo, en términos de fidelidad al pacto. Así, la conclusión es que la opresión de los cananeos (y de otros a lo largo del libro de Jueces) sucede porque Israel no ha sido fiel al pacto; por eso, el texto no tiene ninguna dificultad en decir que Yahvé vendió a su pueblo, porque lo ve como un método de corrección. Su capacidad de vender (el verbo que se usa, es el que se usa también para hablar de la venta de esclavos), la disposición que tiene de su pueblo, enfatizan esta soberanía de Dios, de la misma forma que lo hace el hecho de que él sea el héroe de Jueces. Ni nosotros ni creo Pablo, tenemos esta cosmovisión, pero sí compartimos algo con ella: la parusía entendida como acción salvífica de Dios: el Dios que interviene y salva, pero que a la vez espera también algo de nosotros. ¿Qué es lo que espera Dios de nosotros? Nuestra fidelidad, nuestra disposición, a Él. Pero tal disposición y fidelidad implican que la presencia de Dios aquí y ahora debe ser traída, debe ser construida. No se trata sólo de que el Reino de Dios irrumpa al fin en el futuro, sino que ese Reino debe concretizarse cada día un poco más aquí, y para ello es necesario que también nosotros invirtamos nuestros talentos, a fin de que los signos del Reino tomen forma, y el propio Reino sea una realidad en permanente construcción, a espera de su total concretización. Este es el reto que todas y todos tenemos por delante: poner los ladrillos que construyan el Reino en la medida de nuestras capacidades.