dijous, 19 març de 2009

Gracia y aceptación

(Predicación Capilla de SEUT, 18/03/09)

Slm. 107:1-3; 17-22; Num. 21:4-9; Ef. 2:1-10; Jn. 3:14-21


“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, más tenga vida eterna”.
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. (La traducción de DHH lee “bondad”, pero a mi me gusta más la traducción de la RV, que dice “por gracia”).

Lo cierto es que aquí ya no se puede añadir nada más. Estos dos versículos, por sí solos, son ya todo el evangelio, y poco se puede añadir a lo mucho que expresan. No hay manera de ponerlo de una forma tan clara y concisa y tan tremendamente abrumadora como ésta: que Dios, por gracia, ha dado a su Hijo por amor al mundo. Así que yo no voy a añadir nada más. Ahí ya está el mensaje. Hoy lo vamos a hacer sencillito, porque las palabras no pueden contener esto.
Pero sí voy a decir algo sobre nuestra relación con la gracia, aunque no estoy muy segura de que esto sea una predicación, más bien una reflexión que he escrito de una sentada, así que no creo que tenga nada de lo que deben tener las predicaciones: ni exégesis, ni homilética ni nada de nada deliverado.

La verdad es que nosotros, los seres humanos, y especialmente esta sub-raza nuestra que se dedica a la teología o hace ver que se dedica a ella, somos duros de mollera y nos gusta buscarle tres pies al gato, a veces incluso cuando no hay tres pies ni cuatro ni cinco que buscar. Nos gusta complicarnos la vida y las cosas más sencillas son las que se nos hacen más complicadas. Este es el virus de nuestra sub-raza. Por lo menos, es lo que a mí me suele pasar. Pero también nos pasa que, como buenos exponentes de nuestra humanidad, esto de creernos sin más la enormidad de la gracia de Dios para con nosotros resulta ser una tarea ardua y difícil, de la que muchas veces no nos acabamos de fiar del todo. Lo curioso es que lo afirmamos constantemente, ¿pero nos lo creemos de verdad, así de plano? ¿La acceptamos realmente?
Ocurren aquí dos cosas:

a) una es que nos quedamos tan asombrados ante la acción de Dios que es necesario que volvamos constantemente al texto de Jn. 3:16. No es posible que la entendamos completamente, de verdad, íntegramente. Siempre se nos va a escapar por algún lado qué significa que Dios estuviera en Cristo. Porque no es que Dios haya dado a su hijo para salvarnos, que ya es fuerte. Es que DIOS se ha dado A SÍ MISMO hasta la muerte, se ha reducido a lo más nimio, se ha embarrado, embrutecido y arrastrado; se ha dolido, ha dudado, ha sufrido, ha reído y ha llorado. Ha muerto. Y ha resucitado.
A veces repetimos tan doctrinalmente esto que no nos damos cuenta de lo grande que es, de lo inaudito, de lo inexplicable y inabarcable. Es un silencio sobrepasado y sorprendido. ¡Dios se ha dado a sí mismo! Es que no hay por donde cogerlo. Por eso, cada día deberíamos volver a este texto y darnos cuenta que nuestros juegos de palabras y nuestros altísimos discursos teológicos no son más que cañitas de hierbajos dando golpes de ciego. DIOS se ha dado a sí mismo, se nos ha dado a nosotr@s. Ante esto, no hay razonamiento posible ni emoción que puede albergar lo que ha ocurrido.

b) Pero aún así, poco que lo entendamos, ha ocurrido. Y esto me lleva a la segunda cosa que ocurre cuando nos situamos ante la gracia de Dios. Y es que creer esto, creer que Dios se nos ha entregado a sí mismo, implica una aceptación. Y no una aceptación de lo que Dios ha hecho, que yo personalmente os confieso que cada mañana tengo que pelearme con esta idea, sino porque implica también una aceptación de nosotros y nosotras mismos. Y ahí tenemos un grave problema. Porque la mayoría de nosotros nos somos muy buenos en eso de la auto-aceptación. Y sin embargo, no por nada que nosotros hayamos hecho o podamos hacer, Dios nos acepta, así como somos, a cada uno de nosotros. Indpendientemente de nuestra larga lista de “hechuras”, buenas o malas, Dios nos acepta. No es que nos acepte y ya está. No, no. Es que NOS ACEPTA.
Auto-aceptación. Menudo problema. Gran problema. Juan y Pablo lo dicen bien clarito: Jesús no vino a condenar el mundo, si no a salvarlo. Entonces, ¿quién condena? Dice Juan que los seres humanos amaron más las tinieblas que la luz. ¿Por qué? Porque no quisieron que sus malas obras fueran puestas a la luz. Porque la luz todo lo ilumina, lo bueno y lo malo que hay en nosotros, nuestras confusiones y dudas, porque a la luz nos vemos realmente como somos, con nuestras bajezas y nuestras virtudes, defectos y puntos fuertes, nuestras normalidades y rarezas. Venir a la luz es verse a la luz, y este no suele ser un proceso agradable. Más bien es algo doloroso, y algo de lo que tendemos a huir como si del diablo se tratara, especialmente en nuestra sociedad, en la que todo está al servicio de la distracción... y de la apariencia. Cuando no estamos distraídos, ya nos encargarmos de aparentar que todo va bien, aunque no lo vaya. Qué ironía la nuestra al temer aquello que justamente nos salva y quedarnos donde estamos condenados. Menuda patología de locos. No es que Jesús nos condene, es que nosotros mismos nos condenamos.

Estoy segura de que todos conocemos casos de psico-patologías derivadas de problemas de auto-aceptación. Incluso pondría la mano en el fuego que todos tenemos problemas de estos, seamos de la edad que seamos y hayamos vivido lo que hayamos vivido. Es curioso cómo a veces se manifiestan estas psico-patologías: a veces queremos controlar todo nuestro entorno hasta el último detalle porque somos incapaces de lidiar con lo que tenemos dentro, que escapa a nuestro control; a veces decimos a los demás lo que tienen que hacer pero no nos enfrentamos con lo que nosotros deberíamos hacer. Incluso a veces miramos al necesitado y no vemos lo desesperadamente necesitados que estamos nosotros, y utilizamos al necesitado como nuestro chivo expiatorio. Bulimia, anorexia, depresiones, complejos de inferioridad que se manifiestan en actitudes intransigentes y tiránicas, actitudes de superioridad, auto-vejaciones, megalomanías, fobias… Vamos, la lista es larguísima. Todas estas son las condenas que nos imponemos nosotros mismos, la mayoría de ellas de una forma inconsciente.

“Pero Dios que es rico en misericordia, por su gran amor…”. ¡Y con qué fuerza aparece este “PERO”! No es como uno de esos “peros” que se esperan cuando alguien está contando las virtudes de otra persona: “me cae bien, pero…”. No es un pero condicional o adversativo, no es ni siquiera un pero que se oponga a algo personal. Es un pero PERO, un pero de esquina, un pero que cambia totalmente de dirección, un pero sin doblez, sin pre-condicionamientos. Es un pero al estilo Barth, diría yo. PERO Dios nos ha traído de muerte a vida. PERO Dios ha hecho esto por nosotros, por su gran amor. PERO Dios se ha mojado por nosotros. PERO Dios, a pesar de nosotros, de tú y de mí, nos ha traído la salvación.

Alguien ha dicho que la salvación sólo es posible aceptándola y respondiendo con confianza. Y aquí no hay disyuntiva posible: o se acepta o no. Lo pongamos como lo pongamos no hay manera de endulzar esto: o se acepta o no. Y punto. Aunque uno pueda pasar toda su vida peleándose con esa aceptación. Pero la acepta. Fijaos qué dice: aceptándola, primero. Luego, respondiendo con confianza.

Aceptar la salvación de Dios implica entre otras muchas cosas aceptarse a uno mismo, aceptarse íntegramente a una o uno misma a pesar de sí mismo. Aceptarse, reconciliarse consigo mismo, porque Dios se ha reconciliado conmigo. No se trata de “borrar” lo que ha sido y que probablemente todavía sea, porque como somos tan suicidas nos gusta regodearnos en la culpabilidad. Se trata de que a pesar de esto, a pesar de que la cago, me equivoco, hago mal o no alcanzo a ver, a pesar de esto, Dios me acepta, hace las paces conmigo. Me veo a través de él y eso quiere decir que siento su amor por mí. Y ante esto no hay otra posibilidad que aceptarse, aunque uno tenga que auto-aceptarse cada día. También obviamente aceptar a los demás. Pero aceptarse a uno mismo, sobretodo, aceptarse a uno mismo. Esa es la respuesta de confianza, el imperativo del indicativo, que dicen algunos: la respuesta de la confianza, pero una confianza que sólo puede construirse bajo la aceptación. Porque ser justificado es ser aceptado, y la aceptación de Dios sólo puede tener un sentido vivificante y regenerador en mí, porque me coloca en una nueva relación con Dios.

¡Ay, el precio de la gracia! Os suena el título, ¿verdad? Estaba yo leyendo varias cosas para aclarar un poco mis pensamientos para esta reflexión y me dio por leer un poco a Bonhoeffer. La gracia barata y la gracia cara. ¿Pero no decíamos que la gracia es gracia y por tanto no tiene precio? Sí, y no. Sí que hay precio, claro que hay precio. Por supuesto, el precio de Dios, a él le salió muy muy cara. Pero el otro precio en el que estoy pensando está en la base del seguimiento. Estoy pensando que sin auto-aceptación no hay seguimiento posible, porque ¿cómo va a seguir uno si no se reconcilia consigo mismo?

La gracia siempre libera, pero uno debe querer esa liberación. El mejor ejemplo de gracia barata y gracia cara no lo encontré en Bonhoeffer, sino en la novela el Color Púrpura. En un punto, hay un diálogo entre Shug y Celie. Celie le dice a su amiga:

“¿Me estás diciendo que Dios te ama, y tú nunca has hecho nada por Él? Quiero decir, ¿no has ido a la iglesia, no has cantado en el coro, no has colaborado en sustentar al predicador y todo eso?”
Y Shug contesta: “Pero si Dios me ama no tengo que hacer todas estas cosas. A menos que quiera hacerlas. Hay un montón de otras cosas que puedo hacer y que espero que a Dios le gusten”.
Y Celie pregunta: “¿Cómo cuales?”
“Oh, dice Shug, puedo tumbarme y sólo admirar las cosas. Ser feliz. Pasar un buen rato”.

No sé en qué contexto particular se da este diálogo, pero me parece tremendo, sobretodo para nosotros, que nos apresuramos a hacer cosas en la iglesia, corriendo de aquí para allá, preparando sermones, montando liturgias, clases en el seminario, TCT’s, lecturas, conferencias, preparando escuelas dominicales y estudios bíblicos, canciones y cantos, siempre corriendo, corriendo. Todo esto lo hacemos porque es nuestro servicio, en cierta forma nuestro seguimiento, pero me parece brutal este “ser sencillamente feliz por el amor de Dios” del que habla Shug: soy feliz porque Dios me ama, y eso no me obliga a nada que yo no quiera hacer.
Curiosamente, ésta me parece la gracia cara. La gracia que no sólo le ha costado a Dios sí mismo, sino la gracia que nos impulsa a nosotros a la respuesta, a esa aceptación que decía antes: ser sencillamente feliz. Gozar de la gracia de Dios y gozarse en la gracia de Dios. Uno no puede ser un poco feliz: se es feliz a ratos o no se es feliz. No se puede ser un poco feliz, porque cuando uno siente felicidad, no la mide. Sólo es feliz. “Hoy soy un tercio más feliz de lo que era ayer”. No tiene sentido, ¿verdad?

Lo que quiero decir al identificar esta gracia con la gracia cara, la gracia que cuesta algo porque llama al seguimiento, es que esta gracia es fruto de la aceptación de Dios, y de la auto-aceptación que esto conlleva. La otra gracia, la de cantar en el coro, ir a la iglesia cada domingo, hacer muchísimas cosas, puede muy bien ser la “gracia barata”, la doctrinaria, la de la varita mágica, la del “no importa lo que haga, Dios siempre me perdona” o la de “haré esto para que Dios me perdone”, la facilona que administramos. Pero no, esta gracia no es gracia, porque entre tanto bullicio y correría puede ser que tampoco nos estemos aceptando a nosotros mismos y que por tanto no estemos aceptando tampoco la gracia de Dios. Y por supuesto, tampoco aceptamos al otro, con el que nos acabamos relacionando en categorías de competitividad. Puede ser que cambiando un poco la frase, el bosque no nos deje ver el árbol. La gracia llama al seguimiento, impulsa a moverse, pero ojo no nos estemos moviendo desde las coordenadas erróneas, ojo no nos estemos moviendo desde el “yo” que ahogamos con la actividad y no desde el “yo pero porque eres Tú, Dios”, ese Tú con mayúsculas. Porque Tu gracia me regenera para las buenas obras que Tú mismo has puesto ante nosotros, como dice Pablo. Porque uno no hace “buenas obras” para ser salvo, sino que uno hace buenas obras porque es salvo, porque la gracia llama a ellas.

Así que gracia, ¡sí! Pero sobretodo aceptación, porque sólo desde la aceptación de Dios y de la auto-aceptación que conlleva, la gracia es gracia que mueve, que cambia, que regenera, que nos hace felices, que nos trae felizmente ante Dios. Así que ¿en qué gracia estamos? Que Dios nos ayude a estar en esta gracia que vivifica y da vida, la que que no obliga, la que libera, la que nos trae felizmente ante Dios.