dimarts, 12 de maig de 2009

DONES DE PALABRAS

Tengo costumbre de comprar la revista Clío cuando viajo, para hacer más llevaderas las horas de avión o de tren. En el número de este mes, hay un artículo en el cual se compara al emperador romano Septimio Severo (145-211) con Barack Obama. La comparación se basa en la procedencia “mestiza” de ambos dirigentes. Con Septimio Severo las élites provinciales (atención, élites) accedían a la máxima magistratura del Estado romano, de la misma forma en la que con Barack Obama las élites de una en otrora marginada población negra acceden ahora al poder de la nación más poderosa del globo hoy por hoy. Por supuesto, en el caso de Obama no hace falta remarcar lo de la élite de nuevo. Indudablemente, existen ciertos paralelismos entre estos dos personajes y los imperios que gobiernan, pero no me voy a detener aquí en un extenso análisis. Lo cierto es que mientras leía el artículo en cuestión, me venían a la mente aquellas tan famosas palabras sobre la Historia: “Aquellos que no conocen la historia están destinados a repetirla”. Veremos si finalmente Obama acaba siendo una especie de nuevo Septimio, el cual, por cierto, se pasó todo su mandato guerreando e intentando detener la decadencia del Imperio.
“Aquellos que no conocen la Historia están destinados a repetirla”. Creo que ésta es una gran verdad. Pero me hace pensar también en el hecho de que la Historia, así con mayúsculas, suele ser repetida a menudo aunque la conozcamos. El caso de Obama y Septimio es un buen ejemplo de ello, especialmente por lo que se refiere a las situaciones coyunturales que atravesaban Roma entonces y los EUA ahora. Quizá es que hoy estoy un poco “qohletinana”, con aquello de “vanidad de vanidades, no hay nada nuevo bajo el sol”, que por cierto, a mi juicio no se refiere tanto al pesimismo existencial como a la constatación de una realidad puntual. Ciertamente, en la Historia suelen existir ciertas pautas que a muy grandes rasgos se van repitiendo a lo largo de los siglos, con variantes más o menos importantes, especialmente por lo que se refiere al auge y caída de las sociedades. Lo cual no quiere decir que la Historia sea circular y que estemos constantemente danzando pasos de baile bien conocidos, como pensaban los antiguos griegos. Gracias a Dios, la Historia también es tejido original, conjugado constantemente con la experiencia humana. El pensamiento contrario sería no sólo reaccionario, sino tremendamente deprimente.
Sin embargo al pensar en esto, se me viene a la cabeza la idea de que a veces no se trata tanto de enunciar o hacer cosas nuevas como decir con nuevas palabras realidades existenciales, permanentes, humanas, que por ser esenciales se hallan una y otra vez a los largo del autopista. En este sentido, recuerdo una experiencia personal que me llevó a ese momento de descubrimiento y articulación de realidades fundamentales para mí con nuevas palabras, resinificando la realidad. En este caso, lo mío ocurrió cuando fui capaz de trenzar conjuntamente la reflexión teológica con la de la diferencia sexual, el pensamiento feminista. Nuevas palabras que venían a ilustrar realidades evangélicas con algunos siglos sobre los hombros. En mi caso, fue una experiencia casi de revelación.
“Saber decir lo importante de lo antiguo con palabras nuevas” me parece de nuevo uno de aquellos enunciados ciertos como catedrales. Y más en nuestra sociedad, la sociedad de la comunicación y del acceso fácil a la información. Algunos le dirían a esto “actualización”, que es lo que intentan hacer los pastores y las personas que predican en sus sermones, con más o menos éxito. Y la comunicación pasa invariablemente por las palabras. En este sentido, se puede decir que las palabras son realidades vivas, en el sentido de que establecen una relación simbiótica con aquello que significan. Pensemos por ejemplo en lo desasosegante que es no tener palabras para describir algo que ha ocurrido o relatar una experiencia. La ausencia de palabras suele crear incomodidad, aunque también es un momento de creación si se sabe verlo. En fin, digo que las palabras mantienen una relación simbiótica con las realidades que significan. Un vaso no es sólo un recipiente de cristal, sino también el sonido “vaso” asociado a esa imagen. En este sentido, se puede decir que las palabras, el lenguaje, tanto crean como recrean la realidad, de la misma forma que la realidad crea y recrea el lenguaje.
Pongamos un ejemplo. Tengo una amiga que suele tener una relación bastante libre con el lenguaje. Con esto quiero decir que suele hacer “cambios de nombre”, es decir, llamar a las cosas por otros nombres. O inventárselos directamente. A pesar de que ella no es española, su libertad a la hora de nombrar no puede ser reducida a una simple diferenciación cultural. No, lo suyo es un modo distinto, muy inventivo, de nombrar las realidades que la rodean. Y a la vez de nombrar nuevas realidades. El caso es que las palabras que usa suelen quedar integradas en la comunicación que ella y yo (y otros y otras) tenemos. No porque las usemos asiduamente, sino porque el vacío que ella crea en el lenguaje es lugar de nuevo entedimiento. Y a la hora de hablar, se da lugar a este vacío libre de forma inconsciente. Cuando alguien dice una palabra que ella usa o la escuchamos a ella, se está aludiendo a una compleja trama de relaciones, situaciones y estares-en-relación que hacen que “la-cosa-ésa” signifique algo en particular. En este sentido, la palabra crea tanta realidad como es creada por aquélla. Como decía ayer Eulàlia Lledó en un artículo del País “…La realidad cambia la lengua, pero también el hecho de usar la lengua de una manera determinada hace aflorar cosas que de otra manera no aflorarían”.
Bueno ¿y adónde nos llevan Septimio Severo, Barack Obama y el “don de palabras” de mi amiga? Pues nos llevan a la necesidad de la existencia del lenguaje inclusivo. Porque nombrando se crean realidades, nos situamos ante el objeto o sujeto que enunciamos de una determinada manera. Esta “determinada manera” es la manera según la cual hemos venido entendiendo el mundo… y es la que hay que cambiar, la que hay que poner en palabras nuevas conservando a la vez lo mejor que nos ofrece. Se trata de un constante trabajo de cardado e hilado, de selección, de trenzar de manera significante. A mí, no me vale que mi ser-mujer-en-este-cuerpo no halle eco en las palabras. No me vale el “nosotros creemos” sino el “nosotros y nosotras creemos”; o mejor aún el “nosotr@s creemos”, por muy extraño que suene. No me vale porque el “nosotros” no es un sujeto neutro colectivo, sino que se refiere a una idea particular de “nosotros” ya muy trasnochada y poco representativa. Porque ese “nosotros” no acaba de recoger mi experiencia y mi significación de la realidad.
Lo mismo puede ser dicho en cuanto al Dios Padre. Por supuesto, Dios-Padre, sí, pero esa relación filial que me retrotrae a la memoria el binomio “Padre-Hijo” no me acaba de convencer porque solamente me puedo integrar en ella de la manera que ya se ha encauzado tradicionalmente. Aquí entre aquello de decir verdades viejas con palabras nuevas, pues ciertamente, la relación de gracia expresada hacia nosotr@s en la pareja Padre-Hijo es resignificante de esa relación filial hacia nosotr@s. Pero si realmente es resignificante, no estaría de más hacer visible tal resignificación en nuestro lenguaje teológico cotidiano. Porque como decía al principio, “aquellos que no conocen la historia están condenados a repetirla”. Se trata pues de mantener la tensión entre lo que ha sido y lo que es, tomando lo mejor de ambos extremos, no sea que repitiéndonos nos hallemos con el limitado monólogo del papagayo, sin posibilidad de crear y recrear la realidad.