dilluns, 8 de juny de 2009

Estar de parto

(Rm. 8:12-27; Jn. 3:1-17; Iglesia de Cristo, Madrid; 7/6/09)

Hoy es Domingo de Trinidad. El calendario litúrgico sitúa este día justo después de Pentecostés, de la venida del Espíritu, como si de alguna forma el ciclo de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo quedara nuevamente recorrido. Sin embargo, cuando uno se planta ante la cuestión de la Trinidad, esa sensación de sentido, de dirección, tiende a desaparecer. Más bien nos sentimos bastante como el bueno de Nicodemo cuando Jesús le soltó aquello de “nacer de nuevo”. Es fácil imaginarse la cara de estupor que puso Nicodemo cuando oyó la respuesta de Jesús, los ojos como platos, con aquella mirada que solemos dirigir a la gente que dice cosas sin sentido.

Nosotros, que jugamos con más ventaja que Nicodemo, entendemos que lo que Jesús quiso decir con aquello de “nacer de nuevo” no era el hecho físico y carnal de volver al vientre de la madre, como Nicodemo pregunta. Eso es imposible. Obviamente, el propio Nicodemo sabía que tampoco era esto a lo que Jesús se refería; si lo hubiera creído, se habría ido al instante dejando a Jesús por un loco. La verdad es que hay que reconocer que Jesús era un personaje bastante peculiar del que cabía esperar este tipo de respuestas ¿no creéis? No, Nicodemo se queda, consciente de que Jesús está expresando una realidad fundamental, una verdad existencial. Decir cosas inesperadas que rompen el común de los esquemas es una buena forma de captar la atención de la gente. Lo que Jesús quiere implicar con esto de “nacer de nuevo” es el hecho de establecer una nueva relación con Dios principalmente mediada por el amor que existe entre padres e hijos, como él mismo expresa un poco más adelante con aquello de “de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. ¿Qué padre, qué madre, no lo haría todo por sus hijos e hijas? Sí, a lo que Jesús se está refiriendo con aquello de “nacer de nuevo” es ese cambio cualitativo que se produce cuando aceptamos la gracia de Dios: no más separados de Dios, sino Hijos de Dios.

Pero Nicodemo lo somos todos cuando se nos pone en frente la Trinidad. Porque vamos a ver ¿qué es esto de la Trinidad? Es un concepto que queda lejos de nuestra práctica, lejos de los púlpitos y reflexiones sobre la Palabra que oímos en nuestras iglesias, porque es un concepto incómodo. No nos suelen gustar las cosas que no están atadas y bien atadas. Y la Trinidad parece más materia de discurso filosófico y de alturas teológicas que no palabra con un sentido actual para nosotros. Y sin embargo está en las primeras declaraciones de fe de la iglesia: creemos en Dios que se manifiesta en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es decir, que no la podemos dejar a un lado.

El problema con la Trinidad es que se ha caído en la trampa del discurso racionalista y lingüístico, en nuestra obsesiva manía por poner nombre a todo, como si nombrándolo entrara en nuestra esfera de acción y lo pudiéramos controlar. Pero si nos paramos a pensar un poco, nos daremos cuenta que en realidad la Trinidad no se halla tan lejana a nuestra experiencia como cristianos y cristianas, porque una de las características más notorias de la Trinidad es la relacionalidad, la familiaridad consigo misma y con todo lo que es creado.
Bueno, ahora he soltado la frase del día, la del discurso teológico, ¿verdad? Voy a repetirla otra vez: una de las características más notorias de la Trinidad es la relacionalidad, la familiaridad consigo misma y con todo lo que es creado.

Con este enunciado un poco abstracto lo que se quiere decir es que Dios siempre está-en-relación, siempre es dinámico, porque siendo uno, es tres, y siendo tres es uno. Digamos que Dios nunca está quieto, nunca está solo, siempre anda hablando consigo mismo, y siempre se encuentra en relación a algo, haciendo algo. Este es el sentido más profundo de la Trinidad y es como se nos es dado a experimentar a Dios como Padre, como Hijo y como Espíritu. Porque a Dios sólo lo podemos conocer en relación, es decir, sólo nos podemos relacionar con Dios cuando lo reconocemos como algo respecto a nosotros, en este caso, como Padre, como Hijo o como Espíritu. Y eso es lo que le intentaba hacer entrar en la mollera Jesús a Nicodemo. Pensad por un momento en la propia Biblia. ¿Qué es la Biblia si no un compendio de las relaciones entre Dios y el ser humano? Y es a través de esas relaciones como conocemos a Dios. Conocemos pues a Dios en relación.

Se dice que si uno lee los textos del NT no encontrará ninguna referencia directa a la Trinidad; esto es cierto. Si buscamos la palabra Trinidad tal cual en el NT, no la encontraremos. Pero ese sentido de familiaridad que comentaba antes, de relacionalidad, se encuentra por todas partes, es el entramado básico que sostiene toda la Biblia. Y por supuesto, nuestro buen amigo Pablo no podía ser una excepción, porque en el fragmento que nos propone el leccionario para hoy, justamente hallamos el funcionamiento de esta familiaridad perfectamente expresado: ahí aparece Dios el Padre, Jesús el Hijo y el Espíritu que anima.

Así que vayamos a ver qué nos dice Pablo, que al fin y al cabo es más o menos lo que ha dicho Jesús en Juan aunque expresado de otra forma.

Una de las cosas que más me llama la atención cuando pongo uno junto al otro el texto de Juan y el de Pablo es la cantidad de imágenes y ecos que se repiten. Hay uno en especial que me llama poderosamente la atención. Los que me conocéis desde hace tiempo no os costará adivinar que es la imagen del parto. Me parece una imagen preciosa y tremendamente poderosa para expresar nuestra experiencia de Dios, sobretodo porque nos es una imagen tan cercana y tan feliz que es capaz de comunicarnos muchísimos matices. Acordaos lo que sentisteis, vosotras madres, al ver a vuestro hijo. Y vosotros padres, cuando lo sostuvisteis por primera vez. No es tampoco difícil para los que no somos padres imaginarlo: un nuevo comienzo, una nueva vida. Lo mejor es que en esta imagen está presente aquello que decía antes de la Trinidad, aquello de que una de sus características esenciales es la familiaridad consigo misma y con todo lo que ha sido creado. Porque dar a luz en nuestra experiencia humana, es decir, parir, es normalmente, hacer familia, es decir, justamente estar-en-relación.

Sin embargo, hay diferencias en cómo Juan y Pablo usan esta metáfora. Juan habla más bien de que somos nosotros lo que estamos de parto, en el sentido de que debemos experimentar un nuevo nacimiento, el nacimiento del “agua y del Espíritu”, esto es, del bautismo y la experiencia del Espíritu, abrirnos a una nueva vida. Pablo por su lado habla de que es la creación la que gime con dolores de parto, esperando a que la gloria de Dios se manifieste entre nosotros. Yo os quiero proponer que pensemos hoy que Dios es quien está de parto.

Como mis buenos y muy aplicados compañeros y compañeras de seminario me han recordado, el capítulo 8 de Romanos es conocido por ser la clave para entender el pensamiento de Pablo, al menos en esta carta. En realidad, es cierto que aquí Pablo desgrana uno de sus temas favoritos: la Ley y la nueva vida en Cristo. Pero Pablo nos tiene una pequeña sorpresa reservada, porque la manera en cómo habla de esta nueva vida que está en Cristo es a través del lenguaje de la familia, pues de lo que estamos hablando es de ser hijos e hijas de Dios. En realidad, podríamos decir que aquí Pablo trenza conjuntamente lo que es la experiencia de Dios-Padre, de Cristo y del Espíritu. Pero vayamos por partes.

a) El Espíritu: curiosamente, Pablo empieza su desarrollo del reconocimiento que hace Dios de nosotros como sus Hijos e Hijas con el “hermano pobre”, por decirlo de algún modo. Digo “hermano pobre” porque todo el mundo tiene más o menos claro qué es Dios, en el sentido de que tenemos una idea concreta de qué es Dios. Lo mismo, o más, sucede con Cristo, al que solemos pensar casi exclusivamente como Hijo, aunque hay muchísimas otras formas de pensar en él que dejaremos para otro día, como por ejemplo, la encarnación de la Sabiduría de Dios. Pero ¿y el Espíritu? No es algo tangible, no es algo que hayamos solidificado en un concepto, porque por su misma naturaleza, es imposible aprehenderle. El que tiene el Espíritu, dice Jesús, es como el viento. Al Espíritu se le puede sentir, pero no se le puede contener. Y sin embargo, dice Pablo, es el Espíritu lo que nos alienta a vivir según la voluntad de Dios, lo que nos pone en el corazón la conciencia de Dios, por decirlo de algún modo.

b) El Padre: Lo que acabamos de decir, que es el Espíritu el que alienta a vivir según el camino de Dios, Pablo lo resume en una de sus expresiones más memorables: “habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba, Padre! Y ese Espíritu da testimonio de que somos hijos e hijas de Dios”. Porque es Dios por gracia que nos adopta como hijos e hijas suyos. Por cierto no nos agobie mucho la distinción entre “adopción” y “filiación”. En el derecho romano antiguo, del cual Pablo saca la idea de adopción, ser hijo adoptado o biológico es virtualmente la misma cosa. Ambos tienen las mismos derechos… y las mismas responsabilidades. Con esto, quiere decir Pablo que es Dios quien nos ha reconocido libremente como hijos e hijas suyos.

c) Cristo: Pablo habla también de que si somos hijos e hijas de Dios, somos coherederos también con Cristo. Aquí la relación no es tan vertical como horizontal: Cristo ha experimentado lo que nosotros experimentaremos, es el que ha abierto la vereda, los “primeros frutos” famosos. En este sentido, Cristo aparece como el hermano mayor. Y justamente eso es lo que quiere decir el término “cristianos”: Cristos pequeños.

Lo que está diciendo Pablo es que nosotros experimentamos a Dios de estas tres formas: como Espíritu, es decir, como el que transmite la adopción; como Padre o Madre, el que hace la adopción; y como Cristo: el que comparte su filiación con nosotros y nos hace participar de su relación especial con el Padre. Fijaos además que Pablo no distingue claramente uno de otros, sino que la acción de Dios no es diferenciable en estas tres formas, lo experimentamos como un todo. ¿Por qué? Porque no es posible distinguir la obra de Dios o compartimentarla: sólo a través del Espíritu Dios no adopta y nos incluye en la reacción que tiene con Cristo. Es una secuencia completa, imposible de distinguir, es un solo acto con varias escenas, pero al fin y al cabo el mismo acto. Por otro lado no podemos diseccionar el proceso porque es algo dinámico que ocurre ahora, en nuestra actualidad. Justamente Dios está de parto, porque Dios sigue concibiéndonos cada día sigue adoptándonos cada día como co-herederos con Cristo.

Esto es lo mismo que decir que Dios extiende su familiaridad hacia nosotros y nos hace partícipes de ella. Y esto se concretiza en nuestra experiencia de la Trinidad, porque experimentar a Dios como Padre, como Hijo y como Espíritu es lo que hacemos constantemente en nuestra vida cristiana: lo experimentamos como creador, redentor y regenerador. En realidad, entonces la Trinidad no es una idea que quede tan lejana de nuestra práctica, materia de debate teológico, sino que es algo extremadamente vital y práctico, algo que vivimos en nuestra carne. Así que en realidad, nos hemos dejado engañar un poco por aquello del “misterio de la Trinidad” y no nos hemos dado cuenta de que no hay manera de relacionarse con Dios que no sea trinitaria.

¿Qué significa todo esto para nosotros hoy ahora?

Si echamos de nuevo un ojo al texto de Pablo veremos que el apóstol define la salvación como algo parecido a la participación. Es por el espíritu de adopción que participamos en la relación de intimidad existente entre Dios Padre y Jesús. Es por es que somos co-herederos, o también heredad del propio Dios, su pueblo. Pero vayamos un poco más allá. Si la familiaridad es una de las características de Dios y el mismo Dios nos hace partícipes de esa familiaridad, eso significa que también nosotros debemos adoptar una actitud trinitaria. No porque como hijos e hijas de Dios debamos comportarnos en una suerte de imitación de Jesús y el Padre, como si ese fuera un modelo perfecto al que aspirar, como un modelo ideal puesto ante nosotros pero que nunca seremos capaces de alcanzar. No, no se trata de imitación, sino de participación, porque aunque el Reino de Dios no es una realidad futura o por venir, el Reinado de Dios está ya aquí entre nosotros. Lo que nos hace ser hijos e hijas de Dios no es nuestro deseo de imitación, sino el hecho de haber recibido el espíritu de filiación, de que Dios nos reconozca como sus hijos en Cristo a través del Espíritu. No se trata de imitar pues a Cristo, sino de interiorizar el hecho de ser hijos de Dios y vivir en consecuencia, guiados por el Espíritu.

Pablo también dice que tenemos una deuda no con lo carne, sino con el Espíritu, y esto también tiene que ver con el hecho de ser reconocidos por hijos. No porque la carne sea inherentemente mala y nos condene a la esclavitud. Al fin y al cabo, el mismo apóstol define también la adopción como la “redención de nuestro cuerpo”, como hemos oído en la lectura. No, para Pablo la vida en la carne, la vida de servidumbre es la de la Ley, y la ley inherentemente no es mala en sí misma, sino que su práctica ha sido corrompida: cuenta más el decreto legal que la motivación última del decreto, esto es, que cuenta más la forma que el fondo, siendo esta motivación última las correctas relaciones con Dios, la participación en esa familiaridad.

Dios sigue de parto, ahora, aquí, en este mundo, en este momento. No solo porque cada día nos acepte como sus hijos, sino porque esta adopción no es un acto cerrado. Le falta todavía un poco para ser completa. Es la famosa tensión entre el “ya” pero “todavía no” del Reino de Dios, cuando este sea una realidad definitiva. Esto sin embargo no quita que Dios nos esté incluyendo ya en su familiaridad. Os propongo por tanto respondamos. Respondamos a la experiencia que Dios nos brinda pensándonos como comunidad trinitaria. De nuevo, no como reflejo de la Trinidad de Dios, sino como plasmación concreta de la experiencia de Dios.
Esto quiere decir que estamos abocados a ser comunidad creadora, redentora y renovadora. Es decir, que nosotros también tenemos que ponernos de parto.


Somos comunidad creadora porque Dios es creador y posibilita el surgimiento de nuevas realidades en la historia y nos hace partícipes de ellas. Están en nuestras manos para que las administremos de acuerdo a los preceptos de Dios. Somos creadores de las relaciones que mantenemos entre nosotros, y responsables de que sean sanas y constructivas, de que generen vida.

Somos comunidad redentora porque somos el cuerpo de Cristo y participamos como tales en sus sufrimientos y en su glorificación. Esto de la “glorificación”, que es un acontecimiento futuro para nosotros, suena muy abstracto, también. Pero con esto lo que se intenta es decir que llegará un momento en el que ya no habrá más conflicto real entre Dios y nosotros. La redención que hay en Cristo debe ser también una realidad en nosotros. Debemos ser comunidad capaz de curar nuestras heridas y afrontar nuestros sufrimientos, siempre abiertos hacia el futuro.

Somos comunidad renovadora porque es gracias al Espíritu que nuestra familiaridad con Dios se renueva constantemente y nos regenera. También por tanto nosotros debemos renovar nuestras maneras de expresar nuestra fe, nuestro compromiso, las maneras en las que nos tratamos unos a otros, transformando así el mundo que nos rodea, que no es malo de por sí, sino que ha perdido su sentido.
Sólo una comunidad creadora, redentora y regeneradora es capaz de acoger al Dios trino y ponerlo en el centro de nuestra vida, lanzándonos así a la experiencia trinitaria. Es como un gran pez que se muerde la cola: en tanto Dios se nos presenta como creador, redentor y regenerador, nuestra predicación de él también debe ser creadora, redentora y regeneradora así como nuestra vivencia. No porque la comunidad sea creadora, redentora y regeneradora, sino porque Dios está en medio de ella haciendo este trabajo.

La obra de salvación no puede ser una realidad que nos sea impuesta desde arriba y punto, sino que se expande hacia afuera desde todo aquel que la recibe. Crea, redime, regenera. Dado que experimentamos al Dios Trino y su familiaridad, también nosotros debemos proyectarla hacia el exterior. Creación, redención, regeneración. Que Dios nos ayude a ser canales
adecuados para esta tarea.