dimecres, 27 de gener de 2010

Cuando Dios se nos presenta para nuestra mayoría de edad

[Capilla de SEUT, 27/01/10]

Jer. 1:4-10; Slm. 71:1-6; 1Cor. 13:1-13; Lc. 4:21-30

Cuando empecé a preparar esta reflexión me parecía que los textos que tocaban para esta semana insistían todavía más sobre lo que pudimos oír la semana pasada. En verdad, excepto para Jeremías, los textos de hoy se sitúan a continuación de los de la semana pasada en las respectivas narraciones: en Lucas tenemos la conclusión de la perícopa de Jesús en la sinagoga, y en 1Cor 13 tenemos el relato de Pablo sobre el amor, que viene a ser el clímax de la sección que éste dedica a los dones espirituales. Incluso le dije a Sergio que iba a ahondar un poco en la idea que él expuso del silencio ante el misterio de Dios y nuestro hablar como niños ante su realidad, ante su presencia. En verdad, sí voy a ir un poco más todavía por aquí, porque me parece a mí que la clave de la conexión entre estos tres textos, es decir, entre Jeremías, 1Cor y Lucas es justamente este “balbucear como niños” o mejor dicho este “conocer como niños…” y niñas, por supuesto.

Sin embargo, luego, pensándolo un poco más, me vino a la cabeza que en realidad las lecturas del leccionario para hoy parece como si nos empujaran un poco más allá, en una especie de recorrido en espiral [algunos sé que estáis pensando aquí en la “danza de la sabiduría”], un poco al estilo del pensamiento judío, que da un paso al frente, da otro hacia atrás y luego acaba dando otro más grande hacia delante, como quien va subiendo una escalera con pequeños rellanos. Tengo la sensación que las lecturas de esta semana nos invitan a movernos del “escuchar” hacia el “decir”, aunque no sencillamente al decir por el decir, sino a un tipo de “decir” muy particular.

Empecemos pues, por el principio y hagamos nuestra primera parada en casa de don Jeremías. Como he dicho antes, lo primero que me llamó la atención de este pasaje hermosísimo sobre el llamado profético de Jeremías fue este sentirse niño del profeta. Cuando Dios manda a Jeremías a ser profeta en Judá, el mismo Jeremías contesta: “Señor, no sé hablar, porque soy niño”. Literalmente, dice “no conozco palabra porque soy un niño”. A mí me parece que esta diferencia de matiz en la traducción es importante: no es que Jeremías no sepa hablar. El problema aquí no es tanto la falta de capacidad intelectual, por decirlo de alguna forma, de Jeremías o el no saber hablar en sí como el que Jeremías en realidad no conoce palabras que puedan hablar de Dios, que puedan decir de Dios. No se trata pues de que Jeremías no se sepa hablar, sino que no conoce un cierto tipo de decir. Al leer este pasaje, una piensa efectivamente en Moisés, pero el cuadro es un poco diferente al de Moisés en su momento cuando el mismo Dios le manda a Egipto: Moisés aduce que él es un desastre en oratoria y que no tiene capacidad de convicción; literalmente dice que tiene “boca dura y lengua dura”. Sus pocas dotes para el discurso público son el último argumento para escaquearse del marrón en que Yahvé le está metiendo.

Lo que Jeremías presenta en este momento no es una objeción, ni una queja; ni siquiera es un intentar escaquearse de su propio marrón: es una afirmación que constata un hecho humanamente incuestionable, y en este sentido más profundo que el de Moisés: yo, que soy niño, dice Jeremías, no sé hablar de ti, no tengo palabra o lenguaje que diga de ti. ¿Quién podría hablar de un Dios que me conocía incluso antes de que me formara en el vientre de mi madre, de algo de lo que yo mismo no tengo recuerdo y que traspasa tan abrumadoramente mi esquema humano?

Pero Dios responde: “No digas: soy un niño… porque dirás todo lo que mande. Y envió Yahvé su mano y tocó mi boca, y dijo “pongo palabras en tu boca”. Consciente de la incapacidad del profeta, la gracia de Dios actúa para que el profeta pueda hablar de una forma humanamente comprensible de Dios a sus semejantes. Y aquí nuestra primera constatación: sólo el tacto de Dios permite hablar de Dios, es decir, sólo la gracia de Dios permite que hablemos de este Dios. Pero atención porque no me estoy refiriendo a la capacidad de predicar, sino a la capacidad inherente de todo ser humano de detectar aquella dimensión trascendental y de sentirse interpelado por ella, es decir, de oír y hablar comprensivamente de Dios.

Este hablar de Dios también está presente en 1Cor.13. Me llama mucho la atención el primer versículo de este capítulo de Pablo. “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor…”. Me llama mucho la atención porque justamente Pablo empieza aquí con el “hablar en lenguas humanas…” y lo contrapone a algo que podríamos llamar el “lenguaje de amor”. De hecho, Pablo hace aquí una larga lista de dones y los contrapone al no tener amor: “si yo tuviera tal cosa pero no tuviera amor…”. El don de las lenguas humanas o angelicales es uno más de estos dones, pero es interesante que figure el primero en la lista. A mí me parece que resuena de nuevo aquí este “decir de Dios por gracia” que encontrábamos en Jeremías: es el primero en nombrar Pablo porque sin esta gracia no es posible hablar de Dios.

Ahora bien, si prestamos atención a toda la lista de dones, veremos que aquí hay un contrasentido entre el amor, la gracia y los dones. Un contrasentido que además queda todavía más resaltado en las traducciones tanto de la Reina Valera y de la Dios Habla Hoy: ambas traducen “si yo tuviera X pero no tengo amor”. Sin embargo, el texto griego también podría leerse como “si yo tuviera X y no tuviera amor…”, marcando todavía más el modo de imposibilidad del subjuntivo. Es decir, como si Pablo estuviera hablando de una situación a su juicio casi ontológicamente imposible: tener dones sin amor. Si esto fuera así, tocaría concluir que los dones sin amor no son dones, porque es imposible que se den desligados del amor. ¿Qué serían entonces?

En fin, dejo esto sólo apuntado, y me quedo con la lectura normal, la que más que decir que los dones sin amor son imposibles opina que los dones sin amor están mal dirigidos o no tienen sentido. Ciertamente, visto así, los dones son una explicitación de la gracia de Dios y por tanto hablan de y hacen comprensible al mismo Dios a un cierto nivel, pues lo definen como Dios que reparte libremente sus dones. Incluso los reparte entre aquellos que “no tiene amor”, es decir, que no reconocen el origen de tales dones. ¿Por qué? Porque tales dones están enunciados en el lenguaje del amor de Dios.

Aún así, sin embargo, a pesar de que me parece que entiendo lo que dice Pablo no puedo liberarme fácilmente de esta sensación de que algo no encaja, de que no funciona: si los dones son por gracia ¿cómo va a disfrutarlos uno si no tiene amor? Por supuesto, la contradicción no está en el repartir divino, sino en el acoger humano. Es como aquel que ha aprendido a escribir pero no tiene ni idea de cómo lo ha hecho, y perderse los orígenes de las cosas suele ser muestra de cancelación de memoria e identidad.

Pablo es muy consciente de las ambigüedades de la vida humana, a la vez que tremendamente pragmático. Incluso algo tan elevado filosóficamente como este hablar de Dios por gracia Pablo lo hace aterrizar en la cotidianidad. Y es que a pesar de que todos estos dones se inscriban dentro del lenguaje con el que nos habla Dios, Pablo sabe que todos y cada uno de ellos puede ser usado de muy distinta forma y no siempre en la clave del “lenguaje del amor” que habla Dios, aunque no por ello dejen de ser dones.

Existen, junto al amor, grandes motivaciones en la existencia humana, no de por sí malas, sino quizá poco acertadas: el que entiende todos los misterios de la ciencia puede tener no más motivación que conocer para sí, y punto; el que reparte todos los bienes puede hacerlo más pendiente de la imagen que proyecta que del acto de donación en sí; el que tiene fe, puede tener una fe que mueva montañas en ideas o principios que resultan no ser tan buenos como uno quisiera; incluso lo mismo se puede decir del que muere por un ideal. A mí me parece que las capacidad que llevan a esto, lo reconozcan los receptores de ellas o no, son dones de Dios, son gracias de Dios. Sin embargo, quedan despojadas de su verdad, de su contenido esencial, si no se conjugan en el lenguaje del amor, es decir, si no se ejercitan desde este horizonte humano en el que intuimos la presencia de Dios. Esto, en contexto paulino, quiere decir que sólo desde el amor se puede hablar de Dios comprensivamente. Y si en Jeremías, lo que permite hablar de Dios es su tacto, en Pablo lo que permite hablar de Dios es Cristo. Sólo desde Cristo la práctica de estos dones encuentra su lugar natural, el lugar que les corresponde; sólo desde el amor que es Cristo resuena con fuerza en ellos el Dios que se conjuga a sí mismo.

Porque, ¿acaso no es Cristo la última palabra del lenguaje del amor de Dios? ¿No es por Cristo que Dios se nos hacer cercano y próximo, comprensible de alguna forma? ¿No es en Cristo donde Dios se ha dicho de una forma claramente inteligible, al alcance de todo aquel que quiera escucharlo? En Cristo, Dios se ha dicho a sí mismo para nosotros en un lenguaje que podemos entender. Cristo es el lenguaje que hace más comprensible a Dios. En él, como dice Lucas, “se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”.

Por ello, Pablo puede decir que el amor todo lo sufre. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. Solemos tomarnos este pasaje en un sentido romántico, quizá porque lo hemos oído hasta la saciedad en las bodas. Sin embargo, cuando Pablo habla del amor no habla de otro que de Cristo mismo. Podemos entender este amor a un nivel más comunitario o a un nivel como decía antes más romántico. Ambas no son malas lecturas. Pero el amor que por excelencia todo lo sufre, todo lo soporta y todo lo espera no es otro que el expresado por Dios en Cristo. Todo lo sufre al identificarse con nosotros. Todo lo cree porque cree en nosotros. Todo lo espera porque nos espera a nosotros. Todo lo soporta porque lo hace por nosotros. Porque Cristo también tiene fe y esperanza: cree y espera.

No sé a vosotros, pero a mí me gusta mucho esta imagen de Cristo como quien cree y espera. ¿Quizá incluso de Dios que cree y espera? Hablar de un Dios que se mueve en la incerteza que indica el verbo “creer” no acaba de sonar bien, porque en nuestra concepción clásica de Dios, Dios es un Dios de absolutos, que todo lo sabe, y que por tanto no tiene necesidad de creer. No tiene necesidad de usar verbos asertivos del estilo de “opinar, creer, suponer”. Quizá es un pensamiento infantil, pero si uno lo sabe todo, entonces no tiene expectativas más allá de ver cómo sus pronósticos se cumplen, y por lo tanto, debe ser muy aburrido ser Dios. ¿O quizá es posible que decir que Dios cree y espera en Jesucristo? Pues es verdad que Cristo cree y espera, no sólo en pasado, sino en presente; este Cristo tiene fe en nosotros y espera por nosotros. Porque eso es lo que hace el amor, y es propio de sí mismo que así lo haga. O al menos entiendo yo así lo que dice Pablo sobre la fe, la esperanza y el amor: no se trata de una jerarquía entre los tres, sino que el amor es el mayor porque en mayor o menor grado incluye tanto la fe como la esperanza.

En fin, hablamos como niños. Conocemos como niños. Y si no es por la gracia de Dios, ni siquiera podemos hablar de Él. Pero todo lo que hemos oído hasta aquí viene a decir que en Cristo este “lenguaje del amor” del que hemos venido hablando permite nombrar a Dios con un lenguaje más maduro por nuestra parte. En Cristo Dios no sólo se revela de una forma única e irrepetible, sino que a la vez también se explica a sí mismo en un lenguaje claramente comprensible para nosotros. Otra cosa es que hablemos mejor o peor este lenguaje que es por gracia, pero con él el balbuceo de niños y niñas puede empezar a convertirse en palabra articulada y en frase que da sentido. Es un proceso iniciado y no acabado, dinámico y abierto hacia el futuro, que el mismo Dios comparte en este creer y esperar, en el que sí, probablemente seguiremos balbuceando, pero también es asimismo un proceso en el que Dios se nos presenta para nuestra mayoría de edad.