dimecres, 24 de febrer de 2010

What if God was One of Us

[Predicación en la capilla de SEUT, 24/2/10].

Gen. 15:1-12, 17-18; Slm. 27; Fil. 3:17-4:1; Lc. 13:31-35

Esta semana me ha pillado el toro y lo cierto es que he tenido que preparar esta reflexión deprisa y corriendo. No pretenedo por tanto hacer una predicación muy estructurada, sino que más bien pretendo exponer una serie de pensamientos lanzados al aire, quizá de una forma un poco inconexa, como quien ve una selección de fotos. Lo bueno es que creo va a ser bastante cortita.

En mi selección de fotos, la primera es una canción. Yo la solía escuchar bastante años atrás, cuando no entendía muy bien el inglés, y hacía como que cantaba diciendo “watxu watxu”. Últimamente la estoy volviendo a escuchar mucho, y lo cierto es que hay partes que ahora me gustan más, que entiendo mejor el inglés, que entonces. Se llama What if God was One of Us, es de Joan Osborne, y debe ser de principios de los 90 o incluso un poco anterior. Seguro que muchos la conocéis. Me gustaría que la escucháramos.

A veces sucede que el lenguaje de la cultura, de la sociedad, dice mucho más que nuestra propia jerga particular teológica y de iglesia. Encuentro que hay muy pocas canciones cristianas actuales que tengan un mensaje tan bueno como esta canción; otra cosa es que el sentido general de la canción sea el que yo entiendo o no, pero sinceramente pienso que lo que hay en el fondo de la canción no es distinto de lo que podemos encontrar en algún pasaje bíblico. Me parece que da de lleno en el clavo cuando va repitiendo eso de “y si Dios fuera uno de nosotros”, en un extraño momento de inspiración y lucidez por parte de la autora de la canción. Es un extraño momento de lucidez porque ciertamente así es. Dios es, innegablemente, uno de nosotros, una de nosotras. Voy a desarrollar un poco más este pensamiento.

Cuando escucho esta canción se me forma en la mente una imagen concreta. En mi fotograma hay una mujer norteamericana negra, de entre 40 y 50 años, viajando sola en un autobús urbano de aquellos plateados que hemos visto tantas veces en las películas. Supongo que es norteamericana por asociación con la canción. Esta mujer mira enfrente con expresión resignada, los párpados bien abiertos, pero con la mirada fija y algo ausente, vacua. No sé porqué me llama la atención que tiene en el regazo una bolsa marrón, que agarra firmemente, de aquellas que tienen el cierre como aquellos monederos antiguos que tenían dos bolitas y se cerraban con un click. Está un poco obesa, pero la hinchazón que tiene en las piernas y los pies no se debe a eso, sino a que trabaja en tres trabajos distintos y está muchas horas de pie. Pero ahora, cuando ya es de noche, está de camino a casa.

What if God was one of us… just a stranger on a bus… just trying to make his way home.

Esta mujer es Dios. Alguien que sabe mucho sobre cura de almas y consouling y estas cosas me dijo una vez que para acompañar en la curación hay que aprender a ver el rostro de Dios en la persona que tenemos delante. Y en mi imagen mental Dios está en el rostro de esta mujer.

Hay algo muy íntimo que esta mujer y el Jesús del texto de Lucas comparten. Ambos están de viaje. La mujer está de camino a casa, después de una dura jornada laboral. Jesús está de camino a Jerusalem, y en cierto sentido, también a casa. “Es necesario que hoy y mañana y pasado mañana siga mi camino…”, dice Jesús en Lucas. Como sabemos, su vuelta a casa tendrá un espisodio de extrema violencia y sangriento, cosa que la peli de Mel Gibson se encargó de explotar, ¿verdad? Sin embargo, en un punto del viaje de ambos, el de la mujer y el de Jesús, sus pasos convergen, y el camino de una acaba siendo el camino del otro. ¿Dónde convergen? ¿Dónde las marcas de los pneumáticos del bus se confuden con la línia recta de huellas en la arena? ¿Dónde uno acaba asumiendo el camino de la otra?

La cruz es lo que le espera a Jesús en Jerusalén, y es el camino de Jesús hacia Jerusalén lo que nosotros recordamos en este tiempo litúrgico de cuaresma. Y es en este camino de esperanzas, desazón, sufrimiento, alegrías, ambigüedades y tristeza el que la mujer de bus y Jesús comparten. Los sufrimientos y alegrías de una han llegado a ser las del otro. Atención aquí, porque no estoy recurriendo a una teología del sufrimiento ni a una exaltación del sacrificio, ideas que tan mal han hecho para la autoestima de las mujeres a lo largo de la historia. No, lo que estoy diciendo es que Jesús acaba siendo la mujer del bus porque se indentifica plenamente con ella en su vida, en su camino a Jerusalén, y en su muerte en la cruz, porque comparte sus penas al punto de hacerlas propias. No se justifica el sacrificio de esta mujer con tres jornadas laborales con el sacrificio de Jesús, lo cual es una lectura retributiva anihilante de la muerte de Jesús, sino muy al contrario. La muerte de Jesús en la cruz es consecuencia directa de su identificación total con esta mujer. Es consecuencia directa de su identificación total con las personas, llevada a un grado extremo.

La muerte de Jesús es muy peliaguda de entender, ¿verdad? Estoy segura de que si lo habláramos aquí saldrían cantidad de matices sobre cómo hay que entender la muerte de Jesús en la cruz. ¿Es sacrificial? ¿Es expiatoria? ¿Es vicaria? ¿Es sólo un excelente ejemplo de moralidad y coherencia? ¿Es correcto entenderla como pago por los pecados, como dice Anselmo, el pago final a Dios de una deuda impagable por parte de la humanidad? Estoy segura de que podríamos tener un debate interesantísimo aquí.

No hay duda de que la muerte de Jesús, además de otras maneras, puede y debe entenderse a la luz del sistema sacrificial del AT. Y el sacrificio, en el AT, evoca inmediatamente connotaciones pactuales y beríticas. Me parece que los textos de Lucas y Génesis tal y como han sido escogidos conjuntamente para hoy, quiere no sólo hacer notar este paralelismo pactual, sino también presentarlos de forma intertextual, de tal forma que uno arroje luz sobre el otro y a la inversa.

Lo cierto es que puestos a hablar de pactos, el texto de Génesis no nos habla de un solo pacto, sino de dos. Y cada uno lo presenta con sutilezas propias que vale la pena reslatar. El primer pacto lo tenemos narrado en los vv.1-6 del capítulo 15, y en éste Dios hace la promesa de una descendencia incontable a Abraham. El segundo pacto es relatado entre los v. 7 y el final del capítulo, y en éste el tema estrella no es la promesa de la desecendencia, sino la promesa de la posesión de la tierra. Es bastante claro que nos hallamos aquí ante dos de las famosas fuentes del Pentateuco, a grandes rasgos una más piadosa y otra claramente política.

Decía que había algunas sutilezas en las narraciones de estos dos pactos, y la primera de ellas es la presentación de Dios en cada pacto. En el primero, el de la promesa de descendencia, Dios no se presenta por nombre a sí mismo, es decir, no dice “yo soy Yahvé”, como le identifica el narrador, sino que se presenta como “tu escudo” y “quien te dará una gran recompensa”. De hecho, sabemos que es Yahvé quien está hablando sólo porque lo dice el narrador y porque en el v. 2 Abraham lo identifica como tal. En cambio, en el relato del segundo pacto, ya de entrada tenemos a un Dios establecido con plena autoridad: “yo soy Yahvé”, y no sólo soy Yahvé, sino que “soy quien te sacó de Ur para darte esta tierra”.

La segunda diferencia es que en el primer relato del pacto Abraham es caracterizado como profeta, ya que “viene a él la palabra de Yahvé”, mientras que no sucede así en la segunda historia.

La tercera diferencia es la respuesta de Abraham. En la primera narración la pregunta que plantea Abraham (“¿qué me darás, siendo así que ando sin hijo…?”) es hija del asombro y la pérdida de esperanza, fruto de la imposibilidad humana. En la segunda narración, lo que pregunta Abraham está más cerca de la necesidad de concreción de la promesa (“¿cómo conoceré que esto es así?”).

Es curioso que en la primera el intercambio entre Dios y Abraham esté alrededor del “qué”, es decir, alrededor del hijo prometido, mientras que la segunda historia estrá organizada alrededor del “cómo”: ¿cómo sucederá lo que me dices? Una pensaría que la segunda pregunta es la que muestra más fe, puesto que parecería no dudarse de la promesa de tierra en sí, y lo que se quiere fijar es el cómo ocurrirá. Sin embrago, sólo la primera narración dice que Abraham creyó y le fue contado por justicia, mientras que la fe no aparece por ningún lado en la segunda.

Sin embargo, donde todas estas diferencias toman su forma más exponencial y concreta es en la cuestión del sacrificio. ¿Qué sucede aquí con el sacrificio? En la primera narración no hay sacrificio por en medio, mientras que el Dios de la promesa sobre la posesión de la tierra pide el sacrificio, que utilizará como confirmación de su promesa. De esta forma, la donación de la tierra que Dios le asigna a Israel al final del pasaje, donde encontramos la relación de los pueblos conquistados, se inicia con sangre, de una forma cruenta. Y atención a la imagen de los buitres rondando a los animales muertos dispuestos en sacrificio y los trabajos de Abraham para ahuyentarlos, tanto que al final cae rendido por el sueño. Y es que las conquistas humanas dan muchos trabajos, ¿verdad? Como aquí tenemos muy asumido eso de la hermenéutica de la sospecha hasta el tuétano, se me hace inevitable pensar en las batallas contra todos esos pueblos citados al final, la conquista de los cuales el texto quiere evidentemente legitimar. A mí y a unos cuantos y cuantas más, ¿verdad? Cansa más manetener el poder que conseguir ese mismo poder. Y aquí me viene de nuevo el estribillo de la canción de Joan Osborne: what if God was one of us… just a slob like one of us.

Me viene a la cabeza por dos motivos. El primero es esta necesidad de legitimización divina que busca el texto para una realidad humana, queriendo atribuir a Dios las cosas. A mí me parece que la canción de Joan quiere satirizar justamente este construirnos dioses a nuestra imagen y semejanza para sentirnos en paz con nosotros mismos, para delegar en otros nuestra responsabilidad y nuestra patricipación. Es muy fácil construir un mesías, o un dios, sobre el cual luego desporticar cuando las cosas no van bien… a pesar de que luego continúe siendo nuestro dios, porque es muy pesado y cansado tener que buscarse un nuevo dios. Yo creo que Joan se ríe un poco de esta búsqueda siempre frustrada de dioses en las realidades humanas, en las realidades cercanas a nosotros, cuantificables, y sobre las que queremos ejercer cierto control: el dinero, es un buen ejemplo, pero también nosotros mismos lo podemos ser, por ejemplo, actuando siempre para mantener una cierta imagen pública de nosotros mismos, que acaba siendo una mentira y peor, una auto-contradicción… de la que el más afectado extrañamente se da cuenta. Es curioso que lo que quiere decir aquí Joan Osborne no es muy distinto a lo que expone Pablo en el texto de Filipenses, que tiene una evidente carga ética: “aquellos cuyo dios es el vientre y cuya gloria es su vergüenza”. Joan por supuesto hace una crítica al propio cristianismo, o más concretamente, a su construcción de Dios y a los iluminados estilo speaker-corner y a quines les siguien, pero a pesar de que no compartamos el fondo de la crítica, sí que es bueno conservar el aguijón.

El segundo motivo por el que me viene de nuevo la canción a la cabeza es concretamente por lo de “slob”. What if God was a slob like one of us. “Slob” significa “dejado o vago”, pero yo casi que diría que podríamos traducir “pringado”. ¿Y si Dios fuera un pringado como nosotros? Bueno, seguro que Dios no tiene un pelo de pringado… pero a veces lo queremos hacer pasar como tal. Sin embargo, Dios, evidentemente escapa completamente de esta etiqueta, es decir, escapa de la manipulación al cual quisiéramos someterle. Porque en el fondo un pringao es uno o una al que han manipulado y por lo que sea se ha comido el marrón. Con esto quiero decir que en el intento que hace Abraham de manipular a Dios le sale el tiro por la culata. Me explico.

Antes he dicho que la duda que plantea Abraham sobre la posesión de la tierra viene mediada por esta necesidad tan humana de querer tener una certeza, de confirmar. Pero iría más lejos y diría que el buen hombre está desesperado para asegurarse las tierras, es decir, con ánsias por asegurarse ese beneficio material, que en este contexto además podríamos entender como botín. En este escenario, yo diría que el sacrificio que pide Dios y la escena de los buitres no es sólo premonitorio sobre la sangre que se derramará por esta (u otras) tierras en conquista, en el pasado y el presente. Hay un punto también como de distanciamiento por parte de Dios y también de toque de advertencia. Y es un toque de advertencia dirigido a este intento de manipulación de Dios, cuando nos relacionamos con él mediados por el “si tú eres Dios, asegúrame esto”. El sacrificio solamente es exijido por Dios ante la pregunta, y lo implícito que hay en la pregunta, es decir, este “tú me vas a cumplir esto” de Abraham. Lo que hay detrás no es tanto fe y confianza en la dirección del Señor como intención de obligar a Dios a que cumpla esa promesa… una promesa que en primera instancia pude haber sido ofrecida por gracia. Esto lleva a que, en el fondo, el sacrificio se convierte en maldición, ya que la promesa sobre la tierra se ve empañada por el pecado original, si entendemos como “pecado original” este manipular a Dios. Es curioso como el propio texto que intenta legitimar esta realidad humana de conquista acaba criticándose a sí mismo desde la esfera divina.

Bueno, ¿y dónde queda el sacrificio de Jesús en todo esto? Al fin y al cabo, el sacrificio de Jesús también es cruento, y por lo que he dicho hasta aquí parecería que yo no estoy muy de acuerdo con el sacrificio. Y es cierto: el sacrificio es una mediación que debe quedar desterrada de nuestra relación con Dios. No debe quedar destarrada porque ya se ha ofrecido un sacrificio supremo el cual es inigualable, sino porque Dios no quiere sacrificios.

Me gustaría matizar esto muy bien. Y para ello es necesario que volvamos a la mujer del autobús, nuestra stranger on a bus, y al Dios que se identifica con ella. La diferencia es que en el sacrificio de Jesús Dios se nos ha dado a sí mismo todo él a nosotros, ha asumido hasta tal punto la contingencia de la vida humana y su mal estar existencial, que ha muerto incluso en la más absoluta deseperación y soledad. Hasta tal punto llega la identificación de Dios con la humanidad y su pérdida de sentido que Dios la asume como propia. A diferencia del sacrificio de Abraham, este no es un sacrificio que quiera manipular a Dios, sino en el que Dios se nos presenta a sí mismo para evitar toda manipulación. En este sentido, es un sacrificio que viene a romper la lógica del sacrificio de Abraham, y de hecho, de todos los sacrificios. Lo es porque quien ofrece no ofrece a otro fuera de sí mismo. Lo es porque lo que se ofrece no está dirigido a Dios, sino a la humanidad. Lo es porque no se espera conseguir algo, sino porque la clave interpretativa aquí para la validez del sacrificio es la gracia; lo es porque Dios se da a sí mismo, para todos y todas. Si se mira así, el what if God was one of us es una verdad como un templo, ¿no créeis?