dimecres, 26 de maig de 2010

HIPATIA. Filósofas y cristianas en el Bajo Imperio y la Antigüedad Tardía

[Charla en la Iglesia Bautisa de Villalba (Madrid) a propósito de la película Ágora, 21/5/2010]

¿Es fidedigna la imagen que nos transmite la película de Agora sobre cómo vivían las mujeres en los s. IV y V? ¿Tenían la libertad y la autonomía con la que Hipatia es presentada durante toda la película: enseñando en la Biblioteca, andando a su antojo por la ciudad hasta incluso interrumpir no una, sino en una par de ocasiones el Consejo municipal reunido en sesión? Si nos hemos que regir por la pelicula, parecería ser que la condición de mujer de Hipatia no es ningún obstáculo para ella… hasta que llega el obispo Cirilo y alude al texto de 1Tim.2:12 según el cual las mujeres deben estar calladas y no tener autoridad. Esto invita también a preguntarnos si esta imagen de un cristianismo que censura a las mujeres, tal como ocurre con Hipatia, es histórica.

Lo cierto es que desde un punto de vista que tenga en cuenta cual ha sido la vivencia de las mujeres históricamente hablando en una sociedad, en este caso, la de la Alejandría tardo-romana, la imagen que la pelicula presenta de la mujer debe ser ampliamente matizada. La Hipatia de Amenábar es un personaje cinematográfico y por eso fictício: incluso que relamente enseñara en la Biblioteca de Alejandría es discutido. Es verdad que existió una filósofa en Alejandría llamada Hispatia que murió en marzo del año 415; para sus contemporáneos era relativamente conocida en los círculos elitistas por ser una mujer de ciencia; pasado en tiempo fue más conocida por cómo murió que por cómo vivió; también es verdad que enseñó a hombres de muy distintas provinencias por igual; también que tenía una importante influencia política en la ciudad y que el gobernador Orestes, quien fue alumno suyo, solía buscar su consejo en asuntos que concernían la política de la ciudad. Esto narran las fuentes. Pero con Hipatia pasan dos cosas: una, que no sabemos mucho de ella ni nada de su vida cotidiana; la otra, que Hipatia no puede ser tomada como ejemplo de cómo vivían las mujeres en Alejandría por aquel entonces. Hipatia, la Hipatia de la historia, es en muchos aspectos excepcional: es culta, educada y rica, cosa que sólo puede ser dicho de un tanto por ciento muy pequeño de la población femenina en Alejandría, y ya puestos, de todo el Imperio. La vida de Hipatia no tiene nada que ver con la cermamista del taller de la esquina y ni mucho menos con la esclava de los baños públicos. Lo que sabemos de Hipatia no se puede tomar como ejemplo general de cómo vivían las mujeres en la Antigüedad romana.

Tener una imagen más o menos fiel de cómo vivían las mujeres en un determinado período histórico es una tarea un poco complicada. Lo es porque en “el ser mujer” que se da en una determinada época no sólo influye el sexo (es decir, si se es hembra o varón) sino especialmente qué expectativas genera el hecho de haber nacido hombre o mujer. Para entender esto un ejemplo de nuestra propia sociedad española del s. XXI: todavía sorprende en nuestra España actual ver a una mujer albañil o fontanera, y de la misma forma, sorprende ver a un modista (que no sastre) hombre: una albañil parece un poco mari-macho y el modista casi seguro que es gay. ¿Qué ideas hay detrás de esta imagen? Lo que pensamos que una mujer debe hacer choca con esta imagen de la mujer albañil porque esperamos para ella un trabajo más delicado. Esta expectativa de que las mujeres deberían hacer trabajos más delicados es lo que se llama una “construcción social o simbólica”, y a lo largo de la historia ha habido incontables tipos de “construcciones sociales”. Otro ejemplo: en Japón y en la antigua Roma, el suicidio es considerado honorable, mientras que para nosotros no lo es, más bien al contrario. Todo esto son “construcciones sociales”. Otra construcción simbólica: no sé si os acordáis que hace unos pocos años Richard Gere montó un buen escándalo en la India por haber besado en las mejillas y abarzar a una actiz en Nueva Dheli en público; un juez incluso hubo de decidir si se había cometido un crimen de obscenidad. Afortundamente para Richard Gere, la cosa quedó solucionada con un montón de disculpas por su parte.

Pues bien, la “construcción social” del mundo antiguo sobre las mujeres no es muy halagüeña: por el hecho de ser mujer, se esperaba que, una mujer romana o griega estuviera bajo la autoridad de un hombre, ya sea su padre o bien su marido Este hecho que aparece reflejado muy sucintamente en Agora: Teón comenta a un amigo que no ve a Hipatia casada y sujeta a ningún varón, a lo cual el amigo conesta que Teón haría bien en recordar la “triste condición de Hipatia”, es decir, su ser mujer.

En la Grecia Antigua, a una mujer de buena familia no le estaba permitido salir de su casa con libertad. Igualmente, una matrona romana que saliera de su casa sin la toga (el vestido) que indicaba su estatus de mujer casada y fuera asaltada sexualmente no tenía derecho a presentar denuncia; de hecho, podía ser sancionada por el hecho de salir a la calle sin la vestimenta que indicaba su condición social (lex iulia). En la famosa democracia griega antigua, las mujeres no votaban; tampoco lo hacían en Roma. De hecho, las mujeres no han podido votar en unas elecciones hasta el s. XIX, y en España aún más tarde. Sin embargo, en el mundo antiguo no sólo las mujeres no podían votar: en Grecia sólo los ciudadanos griegos podían votar; y en Roma lo mismo sucedía. La categoría “ciudadanos” estaba destinada a un tanto por ciento muy pequeño de la población: la inmensa mayoría de la gente, y no sólo por el hecho de ser mujeres, no participaba en los asuntos políticos desde las instituciones.

Hay incontables testimonios que muestran que la mujer en la antigüedad estaba discriminada por el hecho de serlo. Derecho y medicina son excelente ámbitos para ilustrar esta realidad. Así, para el gran Aristóteles, quien marcó el pensamiento filosófico en la antigüedad, la mujer es sólo un varón incompleto, fracasado, producto de un feto que no se ha podido desarrollar de forma satisfactoria. Esto responde también a la concpeción del cuerpo en la antigüedad: hombre y mujer no son dos polos opuestos como ocurre en nuestro tiempo, sino que el cuerpo es un continuum, una escala de grados que va de lo femenino a lo masculino: el cuerpo de un hombre, a pesar de ser hombre, puede ser más o menos femenino si es más suave, frío (o caliente) y húmedo de lo que es esperado para un varón.

En el ámbito del derecho, en la Roma republicana, un marido podía matar a su mujer impunemente si la pillaba en flagrante adulterio; la situación a la inversa era impensable. Existían también muchas más trabas legales para una mujer para divorciarse que para un hombre. Por ejemplo, en época del emperador Constantino (s. IV), unos 60 años antes del tiempo de Hipatia, una mujer que hubiera empezado un proceso de divorcio injustificado era sancionada más duramente que un hombre que hubiese iniciado el mismo proceso. Justiano vino a equiparar este punto.

En el derecho romano, la mujer debía estar siempre sujeta o tutelada por un varón (dejo aparte el ius liberorum, la emancipación legal de la mujer cuando ha tenido cierto número de hijos), porque siempre es considerada como menor de edad: está algo por encima de los esclavos (que eran considerados objetos) y de los niños (quienes todavía no son personas del todo). Esto refleja una realidad social: una niña esclava tenía bastantes menos posibilidades de sobrevivir que un niño esclavo porque tenía menos “valor”, menos todavía si la comparamos con una hija de ciudadanos y todavía menos si cabe si la comparamos con el hijo de unos ciudadanos y heredero del nombre del padre. Es pues innegable que la mujer por el hecho de serlo era considerada inferior desde el punto de vista biológico, intelectual, cultural y social. Su lugar está en la casa, no en el espacio público.

Sin embargo, hecha la ley, hecha la trampa. Porque una cosa es la “construcción simbólica” y la otra cosa la realidad. La construcción social o simbólica siempre es un modelo, un ideal, es una pauta que quiere marcar cómo deberían ser teóricamente las cosas y que normalmente se impone… pero que no siempre se cumple a rajatabla. No es que la “construcción simbólica” no se aplique generalmente, sino de que a veces es posible saltársela. Ocurre algo parecido a lo que sucede con las descargas en internet: descargarse películas o series es totalmente ilegal… pero cuando una página que permite las descargas es cerrada, dos más aparecen en su lugar, y así continuamente. De esta forma, la ilegalidad, “lo que está prohibido hacer” es esquivado. Ahora pensad por un momento que ha habido una hecatacombe en la Tierra y al cabo de 5000 años viene del espacio una raza de alienígenas con inquietudes arqueológicas: empiezan a excavar y descubren un código legal en el que explícitamente se dice que es delito descargar películas de internet. Unos metros más allá sin embargo encuentran la publicidad de una página web llamada “descarga gratis todas tus pelis”. ¿Qué van a pensar? Probablemente, que los humanos éramos una raza muy contradictoria, pero también van a ver que una cosa es la “normatividad” y la otra cosa es la “realidad”: el derecho legisla sobre prácticas consideradas fraudulentas, es decir, después de que la práctica fraudulenta en cuestión se haya dado, no antes.

Lo mismo ocurre con la imagen de la mujer en las sociedades antiguas (y contemporáneas): he dicho antes que la legislación romana entendía la mujer como una menor de edad perpetua. Esto implicaba que las mujeres no podían administrar su dote cuando se casaban, sino que ésta directamente era controlada por el marido. En el tiempo de la República romana, antes de Jesús, una mujer no podía emprender ningún negocio. Aún así, a principios de la era cristiana, esto es, a principios del Imperio, la ley permitía que las mujeres retuvieran sus dotes; sin embargo, nominalmente no podían hacer negocios. Lo que las más ricas y emprendedoras hacían entonces era buscarse “tutores” simpatizantes, a nombre de quien se firmaban los contratos, aunque quien cortaba el bacalao, por decirlo así, eran ellas mismas. Aquí lo interesante es ver que una mujer podía llegar a tener tanto poder económico y político como un hombre, pero mientras el hombre podía ejercer directamente y públicamente este poder, la mujer debía permanecer entre sombras, o al menos no ser descaradamente visible. También prueba lo complejas que son las redes sociales: que las mujeres ganaran el derecho de controlar sus dotes refleja una evolución social, pero al fin y al cabo, esta evolución social se intenta controlar con la figura del “tutor”.

Ahora bien, a pesar de que algunas mujeres pudieran evitar los inconvenientes que por el hecho de ser mujeres sufrían, no todas ellas eran capaces de hacerlo. Las mujeres adineradas, con más recursos, tenían en teoría más facilidad para escapar a este estado de cosas, pero a la vez era sobre las que más se legislaba porque eran el prototipo de la “mujer romana perfecta”.

El caso de las emperatrices entra aquí: son poderosas en cuanto a las influencias que pueden ejercer en las relaciones personales y políticas, pero siempre son transmisoras de la ideología del poder: las emperatrices son la imagen de lo que una perfecta matrona romana debe ser.

Podía también ocurrir que a las mujeres de órdenes inferiores les fuera más difícil acceder al poder, pero quizá tenían más libertad para escapar a ciertas prácticas en su vida cotidiana de tanto en tanto. Por eso, ante la pregunta de si las mujeres estaban oprimidas en la Antigüedad hay que responder con un rotundo e inapelable sí. Pero a continuación es necesario agregar un “pero” teniendo en cuenta el caso particular del que estemos hablando y atender a cómo las mujeres negociaron con esta situación. Un ejemplo: una mujer esclava griega no podía negarse a las demandas sexuales de su dueño, pero a diferencia de su ama, podía salir al exterior de la casa sin tantas trabas como ella.

Hipatia es un buen ejemplo de esta complejidad: ella es filósofa y enseña, pero lo hace porque ha sido educada en la casa de un filósofo, su padre, no porque el común de las mujeres pueda hacerlo. Por otro lado, no estamos seguros de dónde ejercía su enseñanza, como ya he dicho: si en la Biblioteca o bien en casa de su padre (que sería un espacio más apropiado para una mujer). Hipatia tenía influencia política en la ciudad, pero no participaba directamente en las instituciones de gobierno de la ciudad como podía ser el consejo municipal. Su influencia se debía a las relaciones personales que mantenía.

Hipatia no es la única mujer filósofa de la época que conocemos, aunque sin duda es la más célebre.

Había muy pocas mujeres que pudieran aspirar a este título, aunque no había pocas mujeres educadas (relativamente hablando), puesto que la buena educación era una manera de mostrar estatus económico y social. De la época de Hipatia, conocemos a dos mujeres más que llevan el título de “filósofas”: una es Sosípatra de Éfeso, que vivió en la primera mitad del s. IV. De ella se dice que era una excelente filósofa que enseñó en Pérgamo. Como Hipatia en Alejandría, era de tendencia neoplatónica, pero a diferencia de ella, se casó con otro filósofo.

La otra es la emperatriz Eudocia (401-460); Eudocia era una joven pagana educada en filosofía por su padre en Atenas que se convirtió al cristianismo al casarse con Teodosio II. Ejerció un fuerte patronazgo sobre la iglesia oriental: el patronazgo en la iglesia era una de las formas tradicionales en las que las mujeres ejercían su influencia, y esta no es una cuestión sin importancia. En el momento en el que el cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio en el año 380 (Edicto de Tesalónica), la religión pasó a tener mucho que ver con la política. [Conflicte J. Crisòstom vs. Elia Eudoxia, +404, esposa d’Arcadi).

La presencia de estas mujeres, especialmente de aquellas no vinculadas con el poder, como son Hipatia y Sosípatra, es a la vez excepcional y un toque de atención por aquello que decía antes de las construcciones sociales. Son excepcionales porque es su educación y su formación neoplatónica lo que les permite distanciarse de la “imagen de la mujer” tradicional, y un toque de atención porque a pesar de ello, tampoco escapan netamente de esta imagen de la mujer.

El neo-platonismo era una filosofía dualista: existía este mundo material y “el mundo de las ideas”. El alma humana pertenecía a este mundo de las ideas perfecto pero había quedado encerrada en este mundo material, encerrada en el cuerpo humano. El deseo del alma era pues liberarse y volver al mundo de las ideas. Por ello, los neoplatónicos practicaban la ascesis y en algunos casos el celibato.

Sin embargo, en el sistema de pensamiento antiguo, sucedía que el alma era identificada con la masculinidad, mientras que el mundo material estaba identificado con lo femenino. Por tanto, para una mujer era mucho más difícil escapar del cuerpo, porque por principio ella tenía mucho más a ver con este mundo material inferior y “malo” que el hombre. Parece ser que Hipatia aplicó a rajatabla la filosofía neoplatónica y permaneció célibe, pero fue la única neo-platónica de la época que lo hizo, a menos que nosotros conozcamos. Las demás que conocemos (muy pocas) se casaron y tuvieron hijos, porque el dar a luz niños era la función primaria de las mujeres. Por ejemplo, el filósofo Teosebio dio un anillo de castidad a su mujer sólo después de haber tenido varios hijos.

Estas mujeres se casaron dentro de su círculo neoplatónico, lo cual les dio un cierto grado de libertad para continuar con sus estudios después de haber parido. Sosípatra, como he dicho, se casó por propia voluntad y tuvo tres hijos, uno de los cuales fue a su vez un conocido filósofo. Tenemos también una carta de un filósofo llamado Porfirio escrita a su mujer Marcella, quien parece que también se dedicaba al estudio.

Dice Porfirio: “No te preocupes por el hecho de ser mujer porque no es por eso por lo que estoy contigo. Evita toda feminización del alma, como si tuvieras también un cuerpo de varón. La ofrenda más bendita es la que proviene de un alma virgen y una mente célibe” (Ad Marcella, 33). Marcela era la viuda de un amigo de Porfirio y ya madre de varios hijos, por lo que Porfirio se casó con ella más por motivos de protección y afecto que no por un “amor marital”.

Este principio dualista no era sólo propio del neo-platonismo, sino que el cristianismo también compartía fuertemente esta tendencia. Lo cierto es que el neoplatonismo influyó muchísimo en el cristianismo, de la misma forma que el cristianismo influyó en el neoplatonismo, especialmente en Alejandría. Por ello, no es de extrañar que a las clases de Hipatia atendieran personas de muy variadas provinencias, tanto judíos, como cristianos, como paganos. Alejandría era además una ciudad que propiciaba el multiculturalismo, no sólo por ser un importante puerto comercial, sino por ser una de las mayores ciudades del imperio y un lugar donde oriente se encontraba con occidente; era famosa por la gran cantidad de escuelas filosóficas que tenía desde antiguo, el símbolo de lo cual era la Gran Biblioteca.

Alejandría además era y había sido una de las ciudades a partir de las cuales el cristianismo se expandió por el mundo greco-romano. No existen claras referencias históricas a la comunidad cristiana de Alejandría hasta alrededor del 120 d.C., aunque es seguro que existió ya desde mediados del s. I a través de la predicación de compañeros de Pablo y de los helenos que huyeron de Jerusalén después de la muerte de Esteban. Parece ser que los cristianos, siguiendo el dicho aquel de “donde fueres, haz lo que vieres” fundaron una escuela cristiana al estilo de las escuelas filosóficas y escribieron varios libros donde la influencia neo-platónica es muy evidente. Con el tiempo, esta escuela cristiana de Alejandría se convirtió en una de las más influyentes en el cristianismo de los primeros siglos de nuestra era. Clemente (150-215), Orígenes (185-253), Arrio (256-336), Atanasio (296-373) o el mismo Cirilo (375-444) del que nos habla la peli de Hipatia fueron personajes alejandrinos importantes para el cristianismo de los primeros siglos. El ascetismo, la rectitud moral o el dominio de las pasiones eran temas que se enfatizaban mucho en este cristianismo, como he dicho, influenciado e influenciador por y para la filosofía.

Este dualismo neoplatonista también tuvo un impacto muy importante en la vida de las mujeres cristianas. La práctica del ascetismo cuajó profundamente en el cristianismo oriental y fueron muchos los hombres y mujeres que se retiraron al desierto egipcio y sirio para meditar y practicar la ascesis. Las mujeres ascetas eran llamadas amma, que quiere decir “mamá”, y vivían o bien en cuevas o en grutas o en pequeñas construcciones. Algunas de ellas incluso se llegaron a emparedar en tumbas (cavernas). Éste es el caso de Amma Alexandra, una mujer que se encerró en una tumba después de que un hombre, parece ser, la mirara con algo más que buenos ojos. Según su cronista Paladio (s. V) Alexandra prefirió emparedarse viva para reflexionar sobre las Escrituras antes que permitir que una alma hecha a imagen de Dios pecara. María la Egipcia es un caso extremo de este pietismo ascetista: prostituta en Alejandría y Jerusalén, tiene una visión de la virgen que la lleva a vivir a la intemperie en el desierto de Jordania.

Conocemos muchos más hombres ascetas que mujeres, pero en los relatos de las amma pasa una cosa curiosa que no ocurre tan claramente en los de los hombres: todas las amma acaban adquiriendo características varoniles. La renuncia al cuerpo implica para estas mujeres renuncia a la sexualidad, porque como ya he dicho, la feminidad está negativamente concebida.

En el Metericon, un libro del s. XI que recoge algunas frases de estas mujeres del desierto, se narra lo siguiente: “un día vinieron 2 grandes y santos patriarcas a ver a santa Sarra. Cuando ya se iban, se dijeron uno al otro: “humillemos a esta monja”. Le hablaron y le dijeron: “mirad, madre, no tengáis tanta vanidad y no digáis dentro de vuestro corazón: incluso los ascetas vienen a verme, a mí que no soy más que una mujer”. Y la bienaventurada les respondió con lágrimas en los ojos: “Es verdad que por naturaleza soy una mujer, pero por pensamiento soy un hombre”.

Este fragmento muestra claramente esto de la renuncia al cuerpo femenino y la masculinización de las mujeres. Con las mártires ocurre una cosa muy parecida: antes de morir, todas ellas reciben características varoniles e incluso son transformadas en sueños en varones. La mujer mártir sólo puede identificarse con el Cristo sufriente renunciando a su feminidad.

Otro ejemplo de mujer ascética cristiana contemporáneo a Hipatia es el de Melania la Joven. Aquí de nuevo se da la mescolanza entre las limitaciones por el hecho de ser mujer y la capacidad de saltarse algunas de estas limitaciones. Melania quiso permanecer casta, pero su padre, que era un hombre inmensamente rico, la casó con un joven llamado Piniano. Escapar del matrimonio para dedicarse a la ascesis era, al fin y al cabo, una de las vías más directas para superar de esta imagen negativa de la mujer, aunque como acabamos de ver esto fuera a cambio de renunciar a la feminidad, a aquello que hacía a las mujeres ser mujeres tanto física como mentalmente. Melania tuvo dos hijos que no sobrevivieron y después de esto convenció a su marido para vivir una vida ascética; vendieron gran parte de sus propiedades, que eran sin exagerar, una inmensa fortuna y lo donaron a varias iglesias, monasterios y lo que hoy diríamos obras sociales. Este tipo de ascetismo de pareja fue una práctica bastante extendida en los ss. IV-V.

Lo cierto es que el cristianismo, por lo que se refiere a las expectativas y comportamientos que se esperaba de las mujeres, tuvo un doble efecto. Por un lado, ayudó a dibujar para las mujeres algunos espacios de libertad: las madres del desierto o las mártires son un buen ejemplo, también las mujeres que aparecen ejerciendo ministerios en las cartas de Pablo, como Febe, Júnia, Prisca, etc. Los conventos, que nacieron de la práctica de los ascetas, hombres y mujeres en el desierto que acabaron reuniéndose en pequeñas comunidades, también fueron vividos por algunas mujeres como espacios de libertad. Incluso hubo mujeres cristianas educadas que pudieron estudiar teología, lenguas bíblicas y hacer viajes de peregrinación, como el caso de Marcina la Joven, quien proviniente de una destacada familia cristiana y bien educada fundó un monasterio.

Por otro lado, el cristianismo también vino a fundamentar una visión restrictiva de la mujer: el texto de 1Tim.2:11-15, que aparece citado en la película, fue bastante usado por los Padres de la Iglesia, esto es, los escritores cristianos de los s. II al VII, para presentar su imagen de la mujer. Voy a leer un texto de Juan Crisóstomo comentando este pasaje, que es contemporáneo de Hipatia:

“La mujer enseñó una vez y lo arruinó todo [se refiere a Eva]. Por esto, se dice: “no la dejéis enseñar”. ¿Significa este juicio sobre Eva algo para el resto de las mujeres? ¡Por supuesto que sí! Dado que el sexo femenino es débil y vano, y esto vale para todo el sexo femenino. Porque no se dice “Eva fue engañada” sino “la mujer fue engañada”, lo cual es el nombre de todo el sexo, no un nombre particular. […] Así pues, el sexo femenino pecó, no el hombre. Entonces, ¿las mujeres no tienen salvación? Por supuesto que sí. ¿Cómo? Teniendo hijos. [Homilía 9 sobre 1Tim. Clark, E. Women in the Early Church, p. 156].

Que Eva aparezca en este pasaje del comentario de 1Timoteo muestra una cosa habitual en la imagen de la mujer cristiana en estos siglos: sólo había dos modelos en los que una mujer cristiana pudiera caber: la pecadora Eva (mala malísima) y la bendita María (buena, buenísima). Las mujeres eran entonces valoradas en esta escala de virtud femenina que iba de menos (Eva) a más (María). El mismo Juan Crisóstomo habla en alguna ocasión muy gratamente de la diaconisa Olimpia que tenía la iglesia de Constantinopla, y a la vez bastante amargamente de la emperatriz Eudoxia (no la Eudocia anterior, sino la anterior emperatriz), con la cual mantenía un conflicto político abierto (por lo que la disputa política tuvo tintes teológicos).

En fin, esta tensión entre un cristianismo que permitía espacios de libertad a las mujeres y otro que los restringía se ha prolongado a lo largo de la historia. No es que existieran dos tipos distintos de cristianismo, es que ambos extremos existían dentro de lo que nosotros llamamos “cristianismo”.

De nuevo, se vuelve a dar aquello que decía de las “construcciones simbólicas”: la mujer, decía la postura oficial, era más pecadora que el hombre, no era ni siquiera imagen de Dios por sí misma, sino sólo junto al hombre (mientras que el hombre sí lo era por sí mismo), pero esto no evitó que a lo largo de la historia muchas mujeres vivieran el evangelio como experiencia salvífica.

Algunas mujeres lo pudieron hacer dentro de la iglesia, por ejemplo, Hrosvita de Gandersheim (s.X) o la abadesa Hildegarda de Bingen (s.XII) o Juliana de Norwich (s. XIV) y muchas otras. Otras no fueron aceptadas dentro de la institución y tuvieron que vivir su fe al margen de la iglesia, que en no pocos casos las acabó persiguiendo (p. ej. el movimiento de las beguinas) o matando (como a Margarita Porete, quemada en París en 1310).

Para acabar, un ejemplo: el primer escrito de una mujer que puede ser considerado algo así como una vindicación de las mujeres fue escrito por Cristina Pizán en el año 1405. Se llamaba La Ciudad de las Damas, y sus argumentaciones para presentar a las mujeres de una forma más positiva estaban todos basados en personajes de la mitología clásica, de la historia y por supuesto, también bíblicos. Y es que la Biblia siguió siendo una fuente de inspiración para todas estas mujeres a lo largo de la historia.