dilluns, 6 de desembre de 2010

La conversión a uno mismo


(Is. 11:1-10, Ro. 15:4-9; Mt. 3:1-12)


Los textos que nos ha propuesto el leccionario para este domingo nos hablan desde tres perspectivas diferentes y, originalmente, responden a tres contextos vitales distintos.

Podríamos decir que el primero nos habla desde una perspectiva davídica, mesiánica, e incluso escatológica. El segundo habla desde una perspectiva más individual, de la necesidad de hacer examen de conciencia, por decirlo así, de arrepentimiento. Y el tercero se sitúa en una perspectiva más eclesiológica, ya que habla de las relaciones que dentro de una comunidad deberían mantener los miembros entre sí.

Ante estos textos, lo primero que debemos preguntarnos es: ¿qué significado tienen hoy en día, si es que lo tienen, para nosotros? Esta es una pregunta que la mayoría de nosotros, lectores asiduos de la Biblia, no nos hacemos, ya que sencillamente asumimos que sí, que efectivamente tienen algún significado vital. El lenguaje bíblico, que a gran parte de la sociedad de hoy le suena apolillado, viejo y pasado de moda, y por tanto, no significativo, a nosotros no nos sorprende. Pero, sin embargo, la pregunta permanece: ¿qué nos pueden aportar a nuestra actualidad, marcada por una crisis económica atroz y rampante, estos textos antiguos, que fueron escritos hace entre 2700 y 2000 años atrás?

Porque si hoy miramos el periódico, veremos que los efectos de la crisis económica ocupan todos los días al menos un titular de portada de cualquier periódico. El otro titular está marcado normalmente por algún conflicto bélico. Esta semana hemos sabido que la ayuda extra de 426€ a los parados ha sido cortada. También que el gobierno ha privatizado en parte grandes corporaciones públicas, con lo que pretende recaudar 14000 millones de euros para reducir la deuda pública. Y también que se han tomado medidas para incentivar el crecimiento de las pequeñas y medianas empresas. Pero más allá de estas medidas, todos estamos sufriendo el impacto de la crisis: familias enteras en paro, el carro de la compra no está tan lleno (y cuesta más) y estas Navidades en vez de pavo, la mayoría nos conformaremos con pollo.

Y el leccionario que nos sitúa ante textos con 2000 años de antigüedad.

Lo curioso es que Pablo parece haber adelantado ya esta cuestión cuando escribe en Ro. 15:4 lo que hemos leído: “Todo lo que dicen las Escrituras fue escrito para nuestra instrucción, para que con constancia y con el consuelo que de ellas recibimos mantengamos la esperanza”.

En esta mañana, me gustaría sugerir que efectivamente estos textos en realidad sí tienen mucho que decirnos, especialmente si los miramos a través de una perspectiva particular, como un itinerario a través del cual transitar. Me gustaría proponer que estos textos nos invitan a una actitud planificación.


El primer cuadro de nuestro itinerario vital es el que nos presenta Mateo. En él nos encontramos una imagen familiar y bien conocida por todos nosotros: la de Juan el Bautista, quien actúa como el heraldo de Jesús. Juan el Bautista además ha quedado en nuestra memoria colectiva relacionado con el juicio, especialmente a través del texto que hemos leído.

Sin embargo, teniendo este texto en frente nos pueden asaltar dos dudas. La primera es qué hace Juan predicando en el desierto. La segunda la voy a dejar en suspenso un poco más.

Efectivamente, ¿qué hace Juan predicando en un desierto? El texto lo dice claro: “en aquellos días se presenta Juan el Bautista predicando en el desierto…”. Lo habitual es que cuando alguien tiene algo que contar o anunciar busque un sitio donde la máxima cantidad de gente pueda escuchar lo que tiene que decir. Por ello, no deja de ser bastante sorprendente que Juan haga justamente todo lo contrario, es decir, anunciar la noticia que trae en un lugar prácticamente deshabitado, donde pocos o muy pocos podrán escucharlo y donde no tendrá trascendencia. Lo normal, o lo que esperaríamos, es que Juan se hubiera ido a la ciudad, a Jerusalén a contar la noticia que traía, especialmente dada la importancia de ésta, puesto que lo que Juan está anunciando es que “el Reino de los Cielos se ha acercado”.

Sin embargo, Juan tiene un profundo motivo por el que llevar a cabo su predicación en el desierto. Y es que el desierto siempre ha sido un lugar especial en la Biblia. Si hablamos de desierto, automáticamente nos viene a la cabeza la historia del Éxodo y los 40 años que estuvieron vagando por el desierto los israelitas. El desierto, en la imaginación bíblica, es donde ocurren las cosas importantes, trascendentes.

Para nosotros, influenciados por la tradición ascética de los monjes y ermitaños, el desierto es el lugar donde uno se retiraba a meditar, a aislarse del mundo, a encontrar en la soledad de su alma a Dios. Sin embargo, en la antigüedad, el desierto no era concebido como este sitio de paz y soledad. Al contrario, el desierto era un lugar que estaba más allá del control humano, un lugar donde la frontera entre el mundo cotidiano y conocido se desdibujaba y caía. En el desierto no sólo habitaban animales salvajes, sino también toda una colección de “entes” o “espíritus”.

Por “espíritus” no hay que entender lo que hoy entendemos, especialmente cuando vemos las películas de miedo y pensamos en “el más allá”, al estilo de la película El Sexto Sentido, y la famosa frase aquella de “a veces veo muertos”. Los espíritus, y también los demonios, se entendían en el mundo semítico y griego como seres físicos habitantes de un orden distinto, y quiero subrayar lo de “físicos”. Nuestro mundo moderno occidental distingue radicalmente entre lo físico y lo que no es físico según si se puede tocar o no. “Físico” es aquello que se puede tocar, palpar. Sin embargo, en la antigüedad había muchos grados de “fisicalidad”: que una cosa no se pudiera tocar no quería decir que no fuera física. El desierto era pues un lugar donde estos seres que tenían una fisicalidad distinta a la humana, habitaban, y donde las barreras entre la existencia humana y otras existencias se desmoronaban y mezclaban. Un ejemplo que nos viene al pelo para entender esto: ¿adónde va Jesús para que el diablo lo tiente? Está a continuación del capítulo de Mateo que hemos leído. ¿Adónde va a encontrar al diablo, uno de estos espíritus? Al desierto, por supuesto.

Hemos dicho, pues, que en el desierto las barreras de la experiencia cotidiana humana se vienen abajo y se difuminan. Sin embargo, este traspasar las barreras humanas no era visto con temor y miedo, sino que era el lugar en el que nacía la posibilidad de una cosa nueva. Estar en el desierto implicaba abrir un nuevo horizonte de posibilidad. Otro ejemplo bíblico: ¿qué pasa con los israelitas cuando salen del desierto? Les ocurre que ya no son un grupo de esclavos que huyen, sino que al salir del desierto se han convertido en pueblo: vienen de un tipo de vida esclava y se han abierto paso a un tipo de vida con una identidad compartida, que llamamos Israel. Esta nueva identidad compartida es, en este caso, el nuevo horizonte de existencia. En la experiencia del desierto es donde nace el pueblo de Israel, porque antes no era pueblo ni nada parecido.

Por eso mismo, también Juan predica en el desierto, porque sólo aquí, sólo en este lugar, cuando los esquemas habituales se debilitan, es posible una nueva experiencia. Sólo aquí se abre un nuevo horizonte de posibilidad, sólo en el desierto puede nacer otra vez el “pueblo de Dios”: sólo aquí la “voz del que clama en el desierto” puede transmitir la esperanza de que algo nuevo e importante está a punto de ocurrir.

Ésta es, pues, la primera parada de nuestro itinerario vital, “el desierto”. Juan, para animar un “proceso de toma de decisiones a fin de conseguir un cierto futuro”, nos invita a situarnos en el desierto, el lugar en donde se abre un nuevo horizonte de posibilidad.

A Juan, sin embargo, no le basta sólo con ir al desierto; exige además una acción definitiva: “convertíos” y especialmente una remodelación paisajística: “preparad el camino del Señor, abridle un camino recto”. Aquí viene la segunda pregunta que he dejado en suspensión hace un rato. Porque llegados a este punto y para rizar el rizo nos podríamos preguntar ante el mandato de Juan: ¿es posible abrir un camino en el desierto? Podríamos pensar que sí, si pensamos en el desierto como en una metáfora de la soledad interna. Sin embargo, el desierto del que está hablando Juan es un desierto muy real, seco y soleado. Y si hay algo que caracteriza a un desierto es la ausencia de caminos, ya que todo camino que se pueda trazar desaparece rápidamente engullido por la arena. ¿Cómo abrir un camino en la arena, entonces? Es como querer achicar agua con un vaso en una barca que se está hundiendo.

Cuando pensamos en desierto, la mayoría de nosotros visualizamos el gran desierto que tenemos más cercano, el del Sáhara. Pero el desierto del Sáhara y el de Judea se parecen poco. Gran parte del desierto del Sáhara es inhóspito, con quilómetros y quilómetros de dunas de arena, zonas enteras sin pozos, ni agua, un horno durante el día y un glaciar a la noche, y casi sin un alma viviente. El de Judea, a parte de ser más pequeño, era más bien una extensión de suelo rocoso y seco con pequeños arbustos y matorrales. Había algunas sendas de paso, caminos no muy bien definidos, que iban a dar a vías de comunicación mayores que bordeaban el desierto. Estos no eran caminos con márgenes claros, empedrados y siempre llanos, sino que daban vueltas y revueltas a través del paisaje, para acabar conduciendo a un camino principal y mayor. Es algo parecido a los pequeños riachuelos y cañadas que conducen a un río principal.

Aquí tengo que decir que la traducción del v. 3 que hace la versión de la Biblia que estamos usando hoy, la DHH, ha tenido la mala fortuna de traducir un tanto inexactamente el texto original griego, al menos en la edición del año 2002. El griego no dice “Preparad el camino del Señor, abridle un camino recto” sino “Preparad el camino del Señor, haced rectas sus sendas”. Así que lo que Juan en realidad está diciendo no es que hagamos el camino del Señor recto, sino más bien que enderecemos las pequeñas sendas que hemos visto que conducían a la vía principal. Es decir, a lo que invita Juan es a enderezar las vías particulares e individuales que llevan al camino del Señor. El camino del Señor, en sí mismo, ya existe, y es recto. La cuestión es cómo nuestras pequeñas sendas personales conducen a él, cómo hacer para que nuestros mapas interiores, nuestro manual personal de rutas y carreteras conduzca a él.



Hemos empezando preguntándonos cómo textos con más de 2000 años de antigüedad pueden servirnos de algo en nuestra situación actual, en un momento de crisis económica que no sólo tiene efectos materiales sino también psicológicos: por un lado, nuestra sociedad, tan abocada a la productividad laboral, considera a la persona que está en paro casi un parásito, que vive a costa del dinero de los demás.

Por otro lado, el trabajo es una de las áreas más necesarias para el bienestar emocional de las personas. El sentido de estar haciendo algo y ser valorado por ese esfuerzo es una necesidad básica en el ser humano. Es lo que llamamos el “sentirse útil”. Por eso, la crisis económica actual no solo tiene una dimensión material y visible, sino también otra más psicológica y no tan visible, pero tan o más devastadora que la primera. El “parado” no sólo es una persona angustiada por no tener ingresos económicos sino también susceptible de deprimirse profundamente si su estado de inactividad laboral se alarga mucho en el tiempo.

Pues bien, el texto de Isaías 11, a pesar de tener 2700 años de antigüedad, nos habla desde una situación muy parecida.

Cuando el profeta está pronunciando estas palabras, la situación en la que se halla el Reino de Judá, donde vivía, es muy difícil política y económicamente hablando. El Reino de Judá era uno de los dos reinos en los que Israel se había dividido después de David y Salomón, y al tiempo en el que Isaías escribe, este reino estaba tremendamente presionado por dos grandes imperios vecinos. Al sur tenía el reino de los Faraones, Egipto, y al norte y al este tenía otro imperio, Asíria, que alrededor del año 750 a.C. había empezado a expandirse por la zona. De hecho, el otro reino en el que se había dividido el pueblo hebreo, el Reino de Israel, que estaba más al norte que el de Judá, acabó absorbido por los asírios. Así que en realidad el pequeño reino de Judá se hallaba en una situación política muy complicada, intentando mantener el equilibrio entre Asíria y Egipto.

La dominación política en la antigüedad se traducía sobretodo en el pago de tributos, y Judá tuvo que pagar en varias ocasiones fuertes tributos a Asíria. Evidentemente, los tributos (oro, animales, alimento, etc.) no salían de la nada, sino que gran parte del peso de estos tributos caía en la población de a pie, que acababa empobreciéndose. Además, con la caída del reino del Norte, mucha gente había emigrado al sur, a Judá, por lo que la población, ya empobrecida, creció muchísimo. Esta gente venía además de un reino tomado militarmente, por lo que en realidad no era emigrantes, sino desplazados, perseguidos en muchos casos por historias personales de abandono y desrraízamiento, puesto que tuvieron que dejar no sólo sus casas atrás, sino también su forma de vida y quizá a sus familiares. A la pobreza material se le une la angustia emocional.

Y ante esta situación, tan parecida a la nuestra actual, al profeta Isaías no se le ocurre otra cosa que ponerse hablar de un “reino mesiánico” presidido por un rey que tiene sabiduría, conocimiento y temor del Señor, y que reina con justicia y verdad. En medio de la desesperanza, a Isaías no se le ocurre otra cosa que ponerse a hablar de un futuro mejor, en el que la injusticia y la pobreza no existirán. Pero Isaías responde aquí a una necesidad también muy humana, esencial y constitutiva del ser humano, y que nosotros, no sólo como seres humanos sino también como cristianos, compartimos. Cuando las cosas están mal, necesitamos una visión, una imagen que nos impulse a seguir adelante. Necesitamos esperanza.

Ésta podría ser una buena lectura de Isaías y totalmente pertinente a día de hoy, pero me gustaría que esta mañana fuéramos un poco más allá.

Habíamos dejado a Juan animándonos a enderezar las vías personales, nuestras propias sendas, para que éstas conduzcan directamente al camino del Señor. Sin embargo, a menudo nos encontramos preguntándonos cómo hacerlo. Por este “cómo hacer” no me refiero sin embargo a qué acciones concretas y prácticas hay que realizar, qué hay que hacer para estar en la “sintonía de Dios”, por decirlo así.

Por este “cómo hacer” me refiero más bien a la actitud de partida, a cómo nos posicionamos de entrada ante esta trabajo de remodelación vial, a la actitud bajo la cual vamos a emprender estos cambios.

El texto de Isaías nos habla de un reino mesiánico en el que el lobo y el cordero viven en paz, el tigre descansa con el cabrito y el becerro y el león crecen juntos. Evidentemente, la lectura primera de Isaías va dirigida al hecho de que llegará un día en el que Asíria y Egipto ya no serán potencias amenazantes, sino que también estarán bajo el gobierno del rey davídico, que será una señal para todos los pueblos. Sin embargo, me gustaría bajar a un nivel más personal y propio.

Me gustaría proponer que en todos nosotros, como seres humanos que somos, existe una Asíria y un Judá, es decir, existe un lobo y un cordero, un tigre y un cabrito, un becerro y un león. No porque unos seamos leones y otros becerros, no porque unos seamos lobos y otros corderos, unos “más agresivos” y otros “tranquilos”. Más bien en cada uno y una de nosotros co-existen a la vez estos dos extremos. Todos los seres humanos comparten impulsos básicos, primarios, en los que cristalizan tendencias positivas y negativas: todos somos a la vez generosos y egoístas, todos amamos u odiamos, todos somos orgullosos y humildes, en mayor o menor proporción. Y lo cierto es que a menudo esto de “enderezar las vías que conducen al Señor” tiene más relación con cómo nos tratamos a nosotros mismos, con cómo gestionamos estas emociones e impulsos, que con cómo tratamos a los demás.

Los cristianos, y especialmente los protestantes, somos un poco bipolares con esto. Nos dijeron en la Reforma que el cristiano es “justo y pecador a la vez” y que hacer penitencia no tenía ningún valor. Sin embargo, parece ser que hemos enfatizado más la cuestión de “ser pecador” y a pesar de que la penitencia no es una práctica protestante, como se dice, vulgarmente, “la procesión va por dentro”, porque hay muchos tipos de penitencia mental. Cualquier impulso “negativo” es automáticamente reprimido como “pecado”, como algo malo por lo que hay que arrepentirse y censurase a uno mismo. Hacer esto o aquello “no es de buen cristiano” o “eso no es del Señor” son frases que están en nuestra jerga habitual, y que encierran justamente esta actitud de auto-censura, seguida luego por la culpabilidad, por la necesidad de caber en un cierto molde. Y esto es lo que parece hemos entendido por arrepentimiento.

Pues bien, el “arrepentimiento”, o al menos el arrepentimiento como lo entiende el Bautista dista mucho de esta imagen. También dudo mucho que Jesús lo entendiera así. Muy al contrario: el verdadero arrepentimiento es el trabajo de conversión a uno mismo. Ya lo decía Juan con aquello de “¡convertíos!”: el verdadero arrepentimiento es la actitud de conversión a uno mismo.

Ciertamente, Juan censura a los fariseos y a los saduceos en el texto que hemos leído, pero los censura porque al estar tan pagados de sí mismos por ser “descendientes de Abraham” son incapaces de abrir este espacio de reconocimiento sincero y personal a uno mismo que es el arrepentimiento, son incapaces de “estar en el desierto” y superar estas barreras interiores que nos construimos: ¿de qué se van a arrepentir, si ellos son los hijos de la promesa? Lo tienen claro: ellos ya están salvados. Pero se les escapa, y se nos puede escapar también a nosotros, que la salvación es también un camino y que implica ser sincero con uno mismo más allá de cómo nos definimos de cara afuera y más allá de las censuras internas que esta definición nos impone.

Es justamente este auto-análisis el que da los frutos de los que habla el Bautista, y esta es la correcta actitud de arrepentimiento: aquella que genera un nuevo horizonte a partir del reconocimiento de las limitaciones y capacidades de cada uno. No es aquella que reprime, sino la que aprende de sus errores. No es la que está dispuesta a condenar o a rechazar en primera instancia sino la que está dispuesta a la aceptación y a la re-elaboración de aquello en lo que hemos fallado o de aquello con lo que hemos tropezado. Esto es enderezar los caminos que conducen al Señor, abriendo el espacio donde un nuevo horizonte de posibilidades se materializa.

Aquí los cristianos tenemos cierta ventaja. Hay algo que nos permite hacer esta negociación entre “el lobo” y “el cordero”, algo que permite que al aunar nuestros más oscuros pensamientos, errores o impulsos, y nuestras mejores emociones y aciertos no nos volvamos bipolares. Al contrario, hay algo que permite convertir esta tensión entre lo bueno y lo malo en una fuerza positiva: se trata del Mesías. ¿En qué lugar el becerro y el león crecen juntos? Sólo bajo el reinado del Mesías.

Porque la presencia del Mesías es lo que da la fortaleza para esta conversión personal. No se trata tanto de la idea de que como él ya nos ha aceptado, somos capaces de aceptarnos, que ciertamente es muy válida. Se trata más bien de que porque él nos sostiene, somos capaces de reconciliarnos con nosotros mismos: no más auto-castigo ni más culpa.

Así pues, el juicio del Mesías del que habla Juan no es una condena eterna. Muy al contrario, se trata de una liberación eterna: nuestras pequeñas derrotas y nuestras pequeñas victorias, nuestros aciertos y nuestros errores, nuestro lado bueno y nuestro lado malo son conocidos por él, y él no es el inquisidor que a veces somos con nosotros mismos. El arrepentimiento es, pues, exponer todas estas realidades interiores ante él y ante nosotros, y dejar que su aceptación sea también la nuestra.


La tercera parada en nuestro itinerario nos lleva a Pablo y a su énfasis en la necesidad de aceptación de unos y otros. Sin embargo, esta fase sólo puede ser abordada cuando las dos anteriores han podido completarse. La cuestión es que sin esta conversión a uno mismo que nace de la atenta auto-escucha y que es el verdadero ejercicio de arrepentimiento, no es posible aceptar a otros. Sin esto, nos quedamos al nivel de los fariseos y de los saduceos, cegados y apresados por las etiquetas externas y por tanto incapaces de ver más allá.

Si no nos aceptamos a nosotros mismos y no pasamos por esta fase de arrepentimiento y auto-conversión, ¿cómo entonces podremos entonces aceptar a los demás? Y no sólo aceptar a los demás, sino tener un objetivo común. ¿Cómo podremos alabar, todos juntos, a una sola voz, a Dios, dice Pablo, si no reconciliamos nuestras relaciones? ¿Cómo podremos “aceptarnos unos a otros”? No hay que olvidar que la verdadera aceptación del otro empieza siempre por la verdadera auto-aceptación de uno mismo.

Este es el segundo domingo de Adviento. Adviento quiere decir “venida” y es tiempo de arrepentimiento. Pero atención, no nos auto-flagelemos innecesariamente pensando en lo tremendamente pecadores que somos. No, el verdadero arrepentimiento es aquel que se examina a sí mismo y adopta una actitud de auto-reconciliación, esperando que la venida del Mesías, un año más, abra este nuevo horizonte de posibilidades, en un ciclo que año tras año se repite. Así que sí, arrepintámonos, pero sobretodo, auto-convirtámonos a nosotros mismos, porque el que viene en camino hace ya tiempo que nos ha aceptado tal y como somos.