divendres, 11 de març de 2011

Transfiguración

Último domingo de Epifanía
Ex. 24:12-18; Slm. 9 / 22; 2Pe. 1:16-21; Mt. 17:1-9
Capilla SEUT

La transfiguración. Este es el tema que los textos para esta semana nos proponen. Y sin lugar a dudas, es un tema incómodo: ¿cómo apropiarnos hoy de un texto que habla de la transformación de un hombre en un ser celestial? Éste es un texto más difícil para nuestra época que los de milagros, porque al fin y al cabo en el milagro se puede obviar el origen divino de Jesús el hombre, de Jesús el ser humano. Pero aquí la dimensión divina irrumpe plenamente en el Jesús hombre antes del paso por la crucifixión y la resurrección, espacios donde estamos más acostumbrados a vislumbrar esta presencia divina debido al substrato cultural cristiano de nuestro mundo occidental.

Pero, ¿la tansfiguración? La tentación invita a huir del tema, o como decimos en catalán “fugir d’estudi”, es decir, “huir del estudio”, “irse por los Cerros de Úbeda”. Creo que para prevenir esta tentación, los tres o cuatro textos que nos propone el leccionario están tan estrechamente relacionados entre sí que no hay espacio para el predicador, o la predicadora en este caso, para escapar por algún tema tangencial que puedan sugerir los textos. Tenemos por un lado a Moisés en el Sinaí, entrando en la nube y subiendo al monte para recibir las tablas de la ley, como acabamos de leer. Por otro tenemos el relato de Mt. de la transfiguración, que se relaciona muy mucho con el Slm. 2, como veremos. Y por último, el texto de 2Pe. 1:16-21, que sin duda hace referencia a Mt. 17:1-9, especialmente al v. 5, cuando se oye la voz del Padre diciendo: “Este es mi hijo, en quien tengo compalcencia, según traduce la DHH.

Existe entonces una perfecta circularidad entre estos textos que nos arroja, queramos o no, al tema de la transfiguración. ¡Pues menudo problema! ¿Cómo actualizar este texto?

Ruido, desconcierto, incomprensión. Eso es lo que provoca. Sobra, no encaja, no va con nosotros; incluso en el contexto eclesial. Cuando era peqiueña, no recuerdo que en la escuela dominical me hayan contado nunca la historia de la transfiguración. Probablmente fue el texto más enigmático que encontré cuando emepecé a leer la Biblia, y me acuerdo de esa sensación de estupor. No fue ni el nacimiento de Jesús con unas criaturas celestiales campando a sus anchas por el mundo, ni el hecho de que a una palabra o gesto de Jesús la gente se curara ni que fuera el mismo Dios el que muriera en la cruz. Todas estas son, en cierta medida, “verdades domesticadas”, por decirlo así, historias que para los que hemos sido educados en la iglesia son cotidianas y que ya nos nos sorprenden porque las hemos escuchado hasta la saciedad. Menos la transfiguración. De esto, nadie dice nada.

Y los textos que no nos dejan hacer escapismo.

Así que no queda más remedio: la transfiguración será, así que me voy a centrar en especial en el texto de Mt. 17. Mi experiencia con este texto podría ser titulada algo así como “el bosque que no deja ver el árbol”.

Veréis, últimamente ando embarcada en algo que podríamos llamar una búsqueda espiritual. Después de años y años de estudio, los últimos de los cuales se han centrado especialmente en la disección milimétrica y aséptica de los textos bíblicos, estoy en el punto que necesito algo más. Será porque siempre tiendo a separar el estudio “académico” de la experiencia “espiritual”, y suelo quedarme con el primero. Cuando me planto ante un texto como éste, las preguntas o afirmaciones que me viene a la cabeza son del tipo de:

- aquí encontramos una estructura quiástica (enmarcada por la subida y la bajada y donde el punto central es la voz de Dios reconociendo a su hijo),

- el pasivo del v. 2, el “se transfiguró” de la DHH, ¿es un pasivo divino?;

- ¿por qué en el v. 4 el texto griego dice que “respondiendo, Pedro dijo…”: ¿a qué responde Pedro, si nadie le ha preguntado nada?;

- ¿a quién cubre la nube, a Jesús, Elías y Moisés, o a los discípulos, que por eso no ven nada de nada y sólo escuchan una voz?

- ¿Hay juego entre el hecho de que Jesús dice a sus discípulos que se “levanten” y no teman del v. 7 y con el “no digáis nada hasta que el Hijo del Hombre sea levantado de entre los muertos? (que yo creo que sí)?

- ¿Será que con este episodio Mateo quiere resaltar la divinidad de Jesús ante corrientes judías de tipo ebonita?

¿Y qué pasa con el contexto en el que se mueve este texto? El comentario de Luz dice que este texto es polifacético porque está construido alrededor de multitud de asociaciones y ecos:

- por supuesto, está el Sinaí: la subida al monte, el sexto día y la presencia de la nube que simboliza la presencia de Dios;

- también están los ecos escatológicos judeocristianos, con la presencia de Elías y la transformación del cuerpo en uno que comparte la gloria de la resurrección;

- la fiesta de las chozas, que recuerda la liberación de Egipto y en tiempos de Jesús mira hacia la venida de un nuevo Mesías;

- y la cuestión de la entronización, que se relaciona con el Slm. 2, usado en la liturgia de entonización de los reyes en Jerusalén. Esta asociación me llamó la atención: según Luz el relato de la transfiguración reproduce en cierta medida el proceso de entronización: exaltación y dotación de vida celestial, la presentación ante los poderes celestiales (en este caso, Moisés y Elías) y el traspaso de soberanía.

Y también están los ecos dentro del propio evangelio de Mateo, en particular con Getsemaní (donde encontramos a los mismos dicípulos que aquí) y la aparición en el monte de Galilea al final de Mt, que reproduce el monte donde se ha producido la transfiguración.

Y por supuesto, hacia donde mira la historia de la transfiguración: hacia la Pascua y la pasión. En este sentido, es interesante encontrar que en Mateo todo el recorrido de la muerte de Jesús empieza ya con una semi-exaltación, por llamarlo así, lo cual da un carácter unitario a todo el itinerario de Jesús hasta la definitiva exaltación al final de Mateo, cuando Jesús dice que le es dada toda autoridad en el cielo y en la tierra. De aquí se podría sacar una buena prédica: el proceso de exaltación o entronización de Jesús empieza ya aquí y lo acompaña incluso en su hora más baja, en Getsemaní, cuando se muestra la cara más humana de Jesús.

Todo esto está muy bien y es muy válido; y estoy segura que daría para mucho. Pero me sigue picando la pregunta: ¿qué pasa con la transfiguración? ¿Y dónde está aquí la “substancia”, la “carga” espiritual, esta dimensión que parece habérseme caído por algún lado?

A la respuesta que he llegado después de haberle dado muchas vueltas al asunto y después de mucha negociación conmigo misma es que sólo hay una dimensión desde la cual este texto puede alimentarme, y ésta es la dimensión mística.

¡Ay, la mística! En realidad, éste no es ningún descubrimiento novedoso ni nada por el estilo. Lo cierto es que toda la tradición lectora de este texto va en la línea mística, especialmente en la tradición oriental de la iglesia. Pero ¡ay! yo es que soy hija del protestantismo más racionalista, que es extremadamente refractario a la experiencia mística. Así que menudo problemón. ¿Y ahora qué hacemos? Porque si nos quedamos con la lectura racionalista de este pasaje o bien decimos que los discípulos alucinaron debido a algun proceso psiclógico o bien decimos (como he leído por ahí) que es que era una mañana muy brumosa y no se veía bien, y los discípulos no acabaron de entender la enseñanza de Jesús. Y sin embargo, el texto está, y como tantos otros textos éste es sin duda supra-histórico: sucediera o no la transfiguración, su contenido escapa a la metodología histórica.

Desde hace tiempo, pues, que tengo esta inquietud y he empezado a explorar más seriamente la cuestión mística; cosas del Espíritu que hoy me haya tenido que tocar predicar sobre este texto y empezar a formular algunos de mis pequeños descubrimeintos. Hay dos cosas que han venido a abrirme camino con este acercamiento a la mística. Una es por supuesto el carácter mayoritariamente femenino de la mística. No quiero sin embargo adentrarme por aquí sólo como una reivindicación fememina que se basa en cierta empatía, sino que quiero apropiarme la experiencia de raíz y ponerla en primera persona. Pero hoy no voy a entrar por aquí; hoy me gustaría formular el otro camino, que es el descubrimiento de la dimensión mística de la Reforma del s. XVI, especialmente en Lutero.

Y diréis, “pues menudo descubrimiento ha hecho ésta”. Ciertamente, para mí lo ha sido o lo está siendo porque del famoso simul iustus et peccator siempre me había quedado con la parte del peccator. Y esta no es sólo una impresión mía, sino bien presente en muchas iglesias protestantes, especialemente aquellas de tendencia calvinista y luterana. Por supuesto, esto tiene explicación histórica: la sistematización de Melanchton de la teología de Lutero se escoró hacia la metáfora judidical y luego tenemos a nuestro querido amigo Barth, en el que la trascendencia del ser humano hacia Dios es imposible. Para Barth la mística es pura y dura antropología e intento ilegítimo del ser humano para acercarse a Dios. Mística y fe no son lo mismo: la mística es auto-encumbración, la fe es acogimiento de la revelación que viene a nosotros.

Pero lo cierto es que Lutero es un místico de estos de sombrero de copa y la doctrina del simul iustus et peccator no es más que una nueva explicitación de la idea de unión con Dios que la mística medieval y anterior venía desarrollando. Casi casi se podría decir que es prima hermana de la expresión tan mística del “lejos-cerca” de Dios: el Dios que está a la vez lejos y cerca y el anhelo de unirse con él. ¡Si incluso en algún lado usa la metáfora de las núpcias, que es lugar común de la mística! Cuando me he dado cuenta de esto, o más bien, cuando me lo he apropiado desde esta perspectiva, he podido ver finalmente el árbol. Hasta ahora es como si hubiera pasado infinidad de veces por la misma calle pero jamás me hubiera fijado atentamente en el paisaje, porque siempre es el mismo y siempre está ahí.

Creo que el texto de Mateo es probablmente el texto más místico de todo el NT, y que probablmente por eso me causaba ruido. Es muy claro el itinerario de unión con Cristo que se traza: subida al monte de la mano de Cristo, quien hace la invitación, experiencia de descubrimiento de Cristo, en este caso revelado por la voz del Padre que irrumpe a través de la nube (la mística diría aquí a través de las tinieblas, de la “noche oscura del alma”) y participación en él, pues los discípulos bajan junto con Jesús del monte con una revelación especial. Y no hay más: es algo tan simple y abrumador como esto, como es la mística: el dejarse ser en Cristo, el dejarse tocar, como se dejan tocar los discípulos. Y ya no hay ruido.

¿Por qué el protestantismo ha sido tan hostil a la mística, me pregunto yo, cuando Lutero es tan tremendamente místico? Incluso con vuestro permiso voy a decir que Calvino también tiene algo de místico con lo sosillo que era, cuando habla del proceso de santificación a través del Espíritu. ¿Por qué el protestantismo ha sido tan hostil a esta idea de “unión” con Dios a través de Cristo y la hemos dejado de lado? Hemos concebido el principio soteriológico no como participación, sino como gracia, algo que nos es dado (cosa, efectivamente, cierta) pero que queda muy lejos de nosotros. Y esto me recuerda a la prábola de los talentos: no hemos invertido nuestras monedas. El “peccator” y el famoso “extra nos” ha pesado mucho más que el “iustus” y el “alegre intercambio” del que habla Lutero al referir la obra de salvación de Cristo. Y parece que ha sido la tradición católica contemporánea la que ha abundado en esta línea, hasta que Rahner dijo aquello de que “el cristianismo del s. XXI o será místico o no será”.

Tengo una gran necesidad de recuperar todo este legado que tenemos vivo y palpitante en nuestra tradición y que apunta en esta línea, y me parece que también es una necesidad urgente en el protestantismo en general, porque estoy totalmente de acuerdo con esta frase de Rahner: o la experiencia religiosa sale desde dentro, desde lo más profundo del ser humano y lo eleva hacia Dios o bien nos estamos dando una justa cuenta de la significación vital que hay en Cristo. El “extra nos” está muy bien si queremos contextualizar y parar el falso endiosamiento del ser humano, pero nos hemos ido al otro extremo. A mí me parece que ya es hora de enfatizar esta dimensión humana, de participación, de unión.

Y un dato curioso: en la transfiguración de Mateo, los discípulos no son capaces de ver a Jesús hasta que éste se les presenta “solo”, es decir, sin Elías y Moisés y habiendo pasado la transfiguración, el destello de su divinidad. Antes, están cegados por la nube. ¿Qué quiere decir esto? Sólo en la humanidad de Cristo podemos encontrar la divinidad de Dios: sólo cuando Cristo abre el camino desde la humanidad, desde el “intra nos”, podemos acercarnos a Dios, que en realidad no anda muy “extra nos”.

En fin, en este itinerario que nos propone la transfiguración, yo me hallo de camino al monte, subiendo a duras penas y por caminos de cabras. No sé por dónde andaréis vosotros, pero a mí me parece que este es un itinerario circualar inacabable, de ida, morada en el monte y vuelta. Es una pena que hayamos dejado de lado este itinerario vital porque no sólo es un legado cristiano histórico, sino porque también se halla en las raíces de nuestra espiritualidad más protestante.