dimecres, 27 d’abril de 2011

EL DOLOR FANTASMA, Ro. 8:6-11

Dicen los expertos en el estudio de la sociedad actual que nuestro tiempo, entre otras cosas, está caracterizado por una búsqueda de espiritualidad. Y algo de razón deben tener si nos fijamos en la cantidad de prácticas alternativas que han aparecido en nuestra sociedad de unos años a esta parte. El yoga, el tai-chi, el reikii, los diferentes métodos de meditación… Todas ellas son prácticas que sin ser ellas mismas religiones, sí buscan sin embargo el bienestar emocional y físico de las personas. Quieren o bien aportar una sensación de equilibrio interno/externo o bien abrirse a ese sentimiento de trascendencia, de búsqueda de lo divino, más allá de las instituciones tradicionales, como puede ser la iglesia.

Que llamemos a esta búsqueda de bienestar o a esta necesidad de salir más allá de uno mismo para abrirse a otra dimensión “espiritualidad” es algo a tener en cuenta. Porque espiritualidad significa simple y llanamente “cosa del espíritu” o “ser en el espíritu” o “lo relacionado con el esprítu”, por lo que podríamos decir que en la mayoría de estas prácticas, que como digan buscan un equilibrio tanto interno como físico, resulta ser que esta dimensión de espiritualidad relaciona estrechamente aquello que “es del esprititu” con aquello otro que “es de la carne”, es decir, el cuerpo, lo físico.

Para nosotros, cristianos y cristianas, por supuesto hablar del espíritu es hablar del Espíritu Santo, y por tanto, hablar de Dios. Sin embargo, y a diferencia de esta espiritualidad más arreligiosa, parece que en nuestra espiritualidad no conseguimos congujar estos dos frentes, el de la carne y el del espíritu, sin que uno de ellos salga perdiendo: si somos demasiado carnales somos poco espirituales, es decir, si nos centramos mucho en las “cosas de este mundo” parece que perdemos el punto de referencia obligado que es el Espíritu, con mayúsuculas; y a la inversa, si somos demasiado espirituales, parece que perdemos todo punto de contacto con la realidad, es decir, que estamos todo el día “colgados”, por decirlo así.

Sin duda, uno de los textos que más a ha influido en esta concepción ha sido el que nos ocupa hoy del apóstol Pablo, donde la lectura que por siglos y siglos ha practicado el cristianismo ha querido ver una oposición irreconciliable de dos magnitudes antagónicas: la carne por un lado y el espíritu por otro.

Si uno o una lee este texto a través de la tradición lectora que por siglos ha imperado en la iglesia lo que saca en claro es lo siguiente:

- la carne es mala.
- el espíritu es bueno.
- carne y espíritu son como el día y la noche y no hay solución de continuidad entre uno y otro.
- el cuerpo es un engorro y no tiene ninguna utilidad, más allá de recordarnos lo tremendamente pecadores que somos, dado que el cuerpo es eminentemente carne.
- por ello, sólo nos cabe esperar un cuerpo mejorado en el día de la resurrección.


Sin embargo, esta visión tan negativa del cuerpo nos confronta con una realidad evidente. Y ésta es que, mal nos pese, somos cuerpo. Es más, la existencia tal y como la conocemos es imposible sin un cuerpo.

¿Qué hacer, entonces?

La respuesta que ha formulado el cristianismo a esta contradicción andante, y me refiero al cristianismo entenido en términos generales, ha ido por dos vías estrechamente relacionadas entre sí:

- una ha sido el dominio del cuerpo a toda costa. Dado que la carne, el cuerpo, es malo, no se puede hacer nada más que someterlo, entrenarlo, amoldarlo y sujetarlo totalmente a la voluntad. Aquí, el maltrato y la violencia hacia el cuerpo han sido vías legítimas para conseguir el dominio sobre el cuerpo.

-la otra, incluso más radical, ha sido la extirpación del cuerpo en la espiritualidad. El dilema entre carne y espíritu fue resuleto sometiendo a la espiritualidad cristiana a una intervención de urgencia de vida o muerte en la que el miembro podrido debía ser extirpado sin falta, no fuera a ser que su contaminación acabara también infectando la parte buena que hay que salvar, es decir, el espíritu. Y así, hemos extirpado el cuerpo de todo aquello que tiene que ver con Dios. El cuerpo, jamás, nunca puede ser un espacio donde la relación con Dios tome forma.

Esto es claramente evidente si nos paramos a pensar un poco. Pensemos un momento en los espacios de espiritualidad clásicos en los que contamos en la tradición protestante: la oración y la lectura de la Biblia. En ninguno de ellos el cuerpo tiene ningún papel; más bien, es un soporte pasivo que dejamos atrás cuando nos enfrascamos en la lectura o bien nos recogemos en la oración. No aporta nada a la espiritualidad.

Sin embargo, ha sucedido algo que no se esperaba: resulta que el miembro amputado nos sigue doliendo aunque no lo tengamos ahí, como les ocurre a aquellas personas que después de que se les haya amputado una pierna, experimentan dolor como si la pierna estuviera todavía allí. Porque el caso es que el cuerpo, aunque queramos amputarlo espiritualmente, sigue estando ahí: sólo hace fala mirarse en el espejo cada mañana. A este síndrome causado por la percepción de la presencia de un miembro amputado, se le llama en medicina “el dolor del miembro fantasma”, y por cierto, puede ser tratado con los medicamentos indicados para la esquizofrenia. ¿Será pues nuestra espiritualidad, además de incorpórea, es esquizofrénica?

Ahora que estamos entrando en tiempo de pasión y semana santa, además, conviene hacer una observación obvia pero que siempre hemos leído en negativo: y es que Jesús en ningún momento renegó de su cuerpo, ni durante su ministerio ni durante su pasión. Tocó y fue tocado, y oró golpeándose el pecho en Getsemaní. Y fue herido, y sangró, hasta morir. Entonces, ¿por qué nosotros hemos crucificado asimismo nuestro cuerpo en la experiencia de Dios, rechazándolo como ámbito para es un acto eminentemente corporal (la murete y la resurrección) el que es fundante para la espiritualidad cristiana? No nos podemos quedar en la lectura de que en su carne Cristo asumió los pecados del mundo, y por ello, murió, porque de nuevo esto nos lleva a negativizar el cuerpo y la carne y éste queda sencillamente como un desecho.

¿Es posible que aquello que llamamos “salvación” no tenga ninguna consecuencia sobre el cuerpo? ¿Es posible que Dios salve el alma pero no el cuerpo, cosa que hemos creído por los siglos de los siglos? ¿Es posible que Dios olvidara el cuerpo, la carne, si cuando para reconciliarse con la humanidad tomó carne, asumiendo íntegra, total y absolutamente la condición humana? Y si Dios sólo sana el alma o el espíritu, ¿qué pasa con toda la creación material, con el mundo sensible, de los cuerpos? ¿Es que está ya irremediablemente condenado a desaparecer, sin posibilidad de salvación?

Pues bien, no es posible que la justicia de Dios, actúe a medias y asuma este dualismo entre carne y espíritu que nosotros sí asumimos. Cuando Dios actúa, actúa sin medias tintas y sin ambigüedades y lo asume todo: es el todo o es el nada.

Para salir un poco de este paso, a menudo, hemos resuelto esta cuestión lanzando la salvación del cuerpo al futuro, es decir, en la anunciada resurrección de los muertos de nuestro pasaje. Si el Espíritu que resucitó a Cristo habita ya en nosotros, como dice Pablo, dará (en fututro) nueva vida también a nuestros cuerpos. Según una lectura pegada al texto, hacemos bien en contemplar este horizonte futuro para la salvación del cuerpo.

Pero, veréis, esto no convence. Porque el caso es que el cuerpo es algo que nos acompaña día a día, algo que es tan inseparable de mi identidad como el hecho de que sea extrovertida o introvertida, de que prefiera el té al café o de que sea española o alemana. Incluso me dice visulamente algo tan fundamental como si soy hombre o mujer. Y sí Marcos, el género tiene valor telógico. El caso es que, si Dios justifica, debería en principio “justificarme” en mi cuerpo ahora y aquí, y además no a medias: o Dios salva a la integridad, a todo el ser humano, o no lo salva. No podemos decir que su justicia actúa sólo sobre el espíritu y no sobre el cuerpo. No podemos dejar el cuerpo como símbolo exclusivo del “pecado” y el espíritu como símbolo exclusivo de “justo” en mi identidad de fe que me dice que soy justa y pecadora a la vez: si soy justa y pecadora, lo soy a la vez, y no sólo una parte de mí, sino toda yo. Incluyendo el cuerpo. Pensar lo contrario es escamotear y limitar la justicia de Dios.

¿Qué hacer, entonces? Lo que propongo en esta mañana es que pensemos en la resurrección y en la justicia de Dios como en una realidad presente, que actúa ahora y aquí. Y que, obviamente, también se manifiesta en el cuerpo. Por lo que no hay obstáculo para que nuestra espiritualidad se viva también a través del cuerpo.

Lo que acabo de decir parece ser absolutamente contradictorio con lo que hemos leído en el texto bíblico, ¿verdad? ¿Cómo entender que la resurrección sea ya aquí? Volvamos ahora al texto de Ro.8.

Es innegable que para Pablo existe una contradicción insalvable entre el Espíritu y la carne. Ya sabemos que Pablo es un poco rebuscado a la hora de escribir y a veces es un poco complicado seguirle, y éste es ejemplo perfecto de ello. A la complejidad que tiene Pablo de por sí se han añadido dos elementos más que han sido absolutamente determinantes en la historia de la tradición lectora de este texto:

- la falsa identificación de la carne con el cuerpo; cosa que en realidad hemos asumido felizmente sin mucho fundamento.
- la falsa asunción de que la idea del ser humano y del mundo que tiene Pablo son igualitas a la nuestra. Pablo no concibió ni al ser humano ni al mundo de la forma en la que lo hacemos nosotros, que con esto nos hemos vuelto muy fundamentalistas y lo entedemos todo de forma cuadrada, muy categórica. El negro, en nuestro mundo, es sencillamente negro. En el de Pablo, sin embargo, el negro es negro porque es ausencia de blanco.

Con esto en mente, debemos hacer una matización muy clara en el texto que tenemos delante. La contradicción que efectivamente existe en Pablo no es en realidad entre espíritu y carne, sino más bien “entre la manera de pensar del espíritu” y “la manera de pensar de la carne”, que la DHH traduce como “condición humana” y que traduce el griego φρόνημα της σαρκὸς. Es decir, no es que el espíritu de por sí sea mejor que la carne de por sí, sino que la manera que conlleva pensar al estilo de la carne, y repito, la manera de pensar, no la carne en sí, es contradictoria con la manera de pensar del espíritu: no es una cualidad propia del espíritu o de la carne, sino la manera según la que pensamos. Lo que en realidad tenemos aquí es una metáfora… y las metáforas no pueden ser nunca interpretadas al pie de la letra.

A esto, se une otra cosa, y es que para Pablo, carne y espíritu no son exactamente lo que nosotros entendemos por tales. Espírtu y carne son pensados por nosotros en un plano vertical: el espíritu está arriba y la carne está abajo; el espírtu está en el mundo superior de Dios, el espiritual, y a carne en el humano, el inferior. Sin embargo, para Pablo no se trata de dos dimensiones independientes, una de un orden superior y otra inferior, una espiritual y otra material, una fuera del cuerpo y otra en el cuerpo, una arriba e ideal y otra abajo y pérfida. Más que dos esferas independientes (se es bueno o se es malo), hay una estrecha relación que une a las dos.

Para Pablo, “la manera de pensar de la carne” y la “manera de pensar del Espíritu” tienen un matiz un poco distinto. Lo que ambas expresiones quieren transmitir es más bien la idea de la disposición de uno hacia Dios. En este sentido, tanto si uno piensa según la carne como según el espíritu, se halla irremediable y absolutamente en el cuerpo. Ahora bien, si esta disposición hacia Dios es de apertura y confianza, uno se halla en el cuerpo para vida; por el contrario, si esta disposición hacia Dios es negativa, uno se halla en el cuerpo para muerte. Y no es que su cuerpo vaya a morir, es que toda la persona, todo lo que es la persona morirá, desaparecerá. Y no hace falta esperar a la muerte real para que esto suceda: ocurre ya en vida.

Esto nos lleva a la conclusión de que el cuerpo no es malo en sí: es la disposción que tenemos hacia Dios lo que hace que éste experimente ya ahora y aquí la resurrección (la fuerza vivificante o la justicia de Dios) o bien la muerte (el alejamiento de Dios). En el cuerpo, también uno se puede preocupar en hacer las cosas que son propias del Espíritu. Por ello, no debemos indentificar alegremente el cuerpo con la carne y decir que éste representa una forma de ser inferior a la del espíritu, porque con ello, sencillamente, no estamos respetando la concepción bíblica y la imagen del Dios que salva al ser humano en su integridad.

Pero ahora viene la segunda parte.

El caso es que nuestro cuerpo sigue siendo débil y pedecedero, y al final, muere. Y ¿no había también alguien por ahí que decía que “la paga del pecado es la muerte”? Si podemos experimentar los efectos de la resurrección ahora y aquí, entonces ¿por qué morimos?

Efectivamente, la muerte es la expresión máxima de nuestra enemistad con Dios. Igualmente, podemos pensar en las enfermedades corporales como expresión de nuestra lejanía de Dios, porque efectivamente la justicia de Dios ha actuado en nosotros… pero esta es una fuerza que todavía debe llegar a su culminación, que todavía se halla en proceso, que todavía está en camino.

Así, el cuerpo adquiere una doble dimensión, un doble nivel: por un lado, se halla ya bajo los efectos de la salvación de Dios; por otro, muestra este alejamiento de Dios, en tanto fisicaliza y visibiliza en su decrepitud el cisma que existe entre Dios y nosotros. Sin embargo, precisamente por esto no debe ser dejado de lado, sino tratado, terapeutizado, cuidado, atendido. No debe ser rechazado: es memoria viva de nuestro vacío existencial, de esta necesidad de Dios que todos, de una manera u otra, sentimos.

Antes decíamos que hemos clavado nuestro cuerpo en la cruz al rechazarlo. Pero lo cierto es que ha sido Cristo quien ha clavado realmente en la cruz una forma de relacionarnos con el cuerpo que sólo lo ve con malos ojos:

- Por un lado, con la muerte y la resurrección de Cristo, ha sido Dios mismo quien ha superado este cisma entre Dios y el ser humano y ha venido a buscarnos en cuerpo.

- Por otro, Cristo propone el cuerpo, su propio cuerpo, como lugar de la manifestación de la gracia de Dios. En la cruz y su resurrección, Cristo no triumfa sobre el cuerpo, sino que lo introduce en el proceso de salvación.

- Además, el mismo Cristo nos presenta la necesidad de una espiritualidad en el cuerpo: lava los pies a los discípulos, sirve en la mesa, toca, de una forma u otra, a todo aquel que sana. Y cuando ora, no solamente lo hace con el corazón y la mente, sino con todo el cuerpo: se inclina y se golepa el cuerpo.

Lo extraño es que teniendo todas estas piezas en el tablero, el cristianismo no se haya dado cuenta de que el cuerpo es tan importante como el alma, e igual que ésta, necesita ser salvado. Nuestra doble identidad de ser justos y pecadores a una vez encuentra también expresión en el doble nivel del cuerpo: por un lado experimenta ahora y aquí los efectos de la resurrección futura, por lo que podríamos decir que participa de ella ya ahora en el presente. Por otro, sigue todavía pendiente de la definitiva resurrección, en tanto nos recuerda nuestra lejanía de Dios.

Termino con algunas consecuencias prácticas a las que nos aboca el hecho de relacionarnos con el cuerpo como si éste estuviera influído de alguna manera por la futura resurrección y fomara parte de una espiritualidad integrada del ser humano:

- la oración no sería solamente el momento de recogimiento personal o en los cultos de oración. La oración, que en el fondo no es ni más ni menos que un diálogo amoroso con Dios, se produciría también en el momento que cuidamos de nuestro cuerpo y lo mimamos como regalo de Dios.
- el cuidado del cuerpo no iría sólo orientado a evitar que se enferme o a que se deteriore muy rápidamente, como hace la medicina actual, sino que sería una expresión a de respeto a la obra salvadora de Dios. Si éste participa parcialmente en la resurrección futura, nuestra relación con él no sería con algo que envejece y nos recuerda qué cerca está la muerte, sino una adesión en la fe a la salvación que proviene de Dios. Esto sería, como dice Pablo, una señal visible de que el Espíritu de Cristo mora efectivamente en nosotros para vida.
- si el cuerpo participara en la nuestra espiritualidad, multitud de expresiones coporales serían el lugar del encuentro con Dios, no sólo el interior de nuestra alma: la danza, el arte, el abrazarse…

Imaginaos la cantidad de posibilidades que se abren ante nosotros… Sólo se trata de remover las barreras que Dios no ha puesto y de ser un poco más creativos.