dilluns, 2 de juliol de 2012

Todos somos "la hemorroísa"

[Mc. 5:21-43; Igl. de Jesús, Madrid, 01/07/2012]

    Abriendo el periódico hoy, la gran mayoría de los titulares vienen llenos de la crisis financiera que sacude a toda Europa, y ahora particularmente a España. Cuando estoy preparando esta predicación es jueves al mediodía, y todos los ojos están vueltos hacia Bruselas para ver qué acordarán Merkel y Hollande. “La supercumbre, la cumbre del fin del mundo, la madre de todas las cumbres”, empieza uno de sus artículos El País. Nos hablan de la “prima de riesgo”, de “bonos del Estado”, de tipos de interés, de rescate, de recapitalización de los bancos españoles, de calificación crediticia de la deuda soberana, y de crisis de deuda. Todo lo cual nos hunde en una miasma de incomprensión porque los ciudadanos de a pie (o al menos la mayoría) no entendemos de qué nos están hablando con tanto nombre y tecnicismo. Y por mucho que uno se interesa y quiera “entender” es difícil destejer la compleja red de circunstancias, motivos, razones y coyunturas que han llevado a la situación que tenemos hoy en día. Lo único que sabemos es que las cosas están mal, que no hay dinero, que no llegamos a fin de mes y que parece que las cosas van a ir a peor.
    Lo que sí tenemos claro es que hay algo que no funciona, a pesar de que no seamos expertos que podamos entender las complejidades del sistema económico y financiero. Lo que sí tenemos claro es el peso de esta losa que cargamos todos sobre las espaldas, esta sensación de impotencia e irremediabilidad, de no poder hacer nada, de fatalismo y de opresión que nos encorva los hombros, más cuando no acabamos de entender lo que pasa. El sonido de las alarmas disparándose desde todos lados nos asusta y nos pone todavía más nerviosos, y no encontramos el botón para apagar las sirenas. Las complejidades de un sistema que nos pesa parece que nos han envuelto en una rígida tela de araña de la que no podemos deshacernos aunque queremos: somos mosquitos atrapados en la tela. El poder para cambiar las cosas no está en nuestras manos. Sólo los expertos pueden sacarnos lodazal en el que nos han (o nos hemos) metido.
    El leccionario de esta semana nos invita a poner en diálogo esta situación actual con varios textos bíblicos. De los tres que nos propone, me gustaría acercarnos a nuestro presente partiendo del relato de la conocida “hemorroísa”, en Mc. 5. Me gustaría hacerlo así por dos motivos: uno porque a mí me parece que hay claves en el texto que puede ayudarnos a enfrentar como seguidores de Cristo nuestro tiempo, muy pertinentes además. La otra porque la imagen de una mujer desangrándose sin remisión es muy parecida a la sensación que se extiende a nuestro alrededor en la sociedad: igual que la hemorroísa, nosotros también nos estamos desangrando. Y como le sucedió a ella, por más médicos a los que vamos, no nos solucionan el problema. Antes peor, perdemos más sangre.
    Como nosotros, la hemorroísa se enfrentaba a una situación que escapaba a su control: desde hacía doce años, sufría de flujo menstrual permanente, lo cual ponía sobretodo en riesgo su salud y su vida. Por eso, había empeñado todos sus ahorros en busca de sanación. Pero ninguno de los médicos que la visitaron le solucionó el problema, y seguía sangrando.
    Ahora bien, había un factor tan importante como este del riesgo de muerte y que convertía a nuestra mujer en lo que a todas luces podemos llamar “una muerta en vida”. El sistema social y cultural de la época la convertía en una mujer impura, una paria que debía vivir en los márgenes, puesto que al tener un flujo menstrual constante, estaba automáticamente encerrada en estado perpetuo de impuridad. Sabéis que la cuestión de la puridad y la impuridad en el judaísmo de tiempos de Jesús no era una cuestión anecdótica, sino un elemento central que definía el día a día de miles de personas. Incluso fue una de las grandes cuestiones que creó polémica en la iglesia naciente, como nos recuerdan las polémicas que recoge Pablo alrededor de la circuncisión, que en el fondo de trataba de una cuestión de pureza o impureza.
    Así pues, el ser impuro era algo que determinaba y condicionaba tremendamente a una persona en su relación con las otras. Esta mujer no podía tocar a otros ni estar en contacto con ellos, puesto que automáticamente los convertiría en impuro, porque la impureza se contagia: no podía ir al mercado, no podía ir a buscar agua, no podía ir a la sinagoga, no podía estar en los espacios públicos. No podía hacer nada que la pusiera en contacto con otros. Imaginaos el drama de esta mujer. A su debilidad física, provocada por la pérdida constante de sangre, se unía una debilidad social en la que el sistema de pureza e impureza de su tiempo la encuadraba. Ella, también, se sentiría impotente, sin las herramientas necesarias en sus manos para cambiar la situación.
    Y sin embargo, Marcos nos presenta a esta mujer como el ejemplo de discípula. El relato nos dice que en ningún momento la mujer dudó de que tocando sencillamente a Jesús, se curaría, sería salvada. A diferencia de Jairo, que pregunta y ruega, y a diferencia de los discípulos, que no entienden ni por asomo la situación, no pregunta a Jesús, sino que convencida, con absoluta fe, alarga la mano hacia Jesús. De mujer impotente, pasa a mujer que puede, a mujer que no se conforma a su situación y busca los canales necesarios para salir de la situación de impotencia e injusticia.
    Pero este alargar la mano, como hemos visto, es un gesto desafiante… como suele ser todo gesto que los impotentes realizan para salir de su impotencia. Es desafiante porque contraviene las ideas y estructuras sociales que le dicen que ella no es digna de protestar  y de intentar cambiar su situación. De hecho, la mujer que pierde sangre debe enfrentarse y desafiar tres cuestiones más que profundizan en la impotencia y conformismo a las que la empujan las normas sociales.
    La primera barrera que debe superar la mujer ya la hemos visto: es la del contacto. En este caso, no tanto el contacto con Jesús (que también), sino el contacto con los otros. El propio texto nos dice que Jesús estaba absolutamente rodeado de gente, tan rodeado que seguramente a ratos apenas podría moverse. Cantidad de personas se arremolinaban a su alrededor, andando con él, rodeándole a veces y haciendo a ratos que se tuviera que parar. Así pues, para llegar a tocar el manto de Jesús, esta mujer tuvo que internarse entre todas estas personas, a lo mejor abriéndose paso a empujones, siendo zarandeada de un lado a otro hasta llegar a su objetivo, o corriendo entre las filas de personas que seguían a Jesús… Personas que de saber el estado de impureza en el que se hallaba se habrían apartado de ella rápidamente y habrían puesto el grito en el cielo, si no algo peor. Porque estas personas que caminaban con Jesús probablemente sabrían bastante de leyes de pureza e impureza: no en vano, junto a Jesús se encuentra andando Jairo, el principal de una sinagoga.
    La segunda barrera a la que debe enfrentarse y superar esta mujer es el sistema honor/vergüenza. Este sistema regía todas las relaciones entre las personas y con los grupos (familia, amistades, etc) que una persona pudiera establecer. La sociedad antigua era una sociedad fuertemente jerarquizada: los que están arriba tienen honor (y debido a ello, suelen ser ricos y poderosos), los que están abajo tienen menos honor en una escala decreciente hasta llegar a la última persona. Las mujeres no tienen honor; tienen vergüenza. Pero los varones sí tienen honor: tienen el honor con el que han nacido (por haber nacido en una familia en particular, por ejemplo) y el que pueden ir adquiriendo en el transcurso de la vida a través de obras (por ejemplo, haciendo de mecenas de las construcciones públicas de una ciudad). No sabemos cuánto honor tendría Jesús por nacimiento, pero desde luego sí tenía una buena proporción de honor acumulado que otros le reconocían: no en balde en nuestro relato uno de los sirvientes de Jairo llama a Jesús “Maestro”. En la sociedad antigua, era difícil que una persona de un honor menor a otra se dirigiera a ella públicamente. De aquí, la mayoría de acciones de Jesús fueran escandalosas para los demás cuando se halla hablando con una mujer o bien éstas se le acercan y él no las despide. Una mujer, o un varón con un honor menor que el de Jesús, no podría en principio plantarse ante Jesús y empezar a hablar tranquilamente con él. La ley social, la costumbre, la norma, no lo permite. Otra cosa es que Jesús haga poco caso a la ley social, pero como principio general, todo aquel que se acerca a Jesús y se halla en una condición de inferioridad social lo hace desafiando los usos y costumbres respetados por la mayoría. No digamos ya tocarle, que es lo que hace la mujer con flujo de sangre, que transmite la impureza con el tacto.
    La tercera barrera que tiene que superar es la del miedo: cuando Jesús es consciente de que un poder ha salido de él y pregunta quién le ha tocado, ella debe responder, superando el miedo. Pero no es éste un miedo al estilo “me han pillado” y del “y ahora qué me van a hacer”, es un miedo mucho más profundo. Es el miedo, o mejor, el temor, al encontrarse enfrente del poder de Dios en acción: la mujer sabe que al instante ha sucedido algo, que al instante ha sido curada. Sabe que quién está frente a ella habla por Dios, que es el Hijo de Dios, el Mesías. Y responde con una palabra de verdad cuando Jesús pregunta quién le ha tocado. Aunque de distinta forma, también este temor deber ser superado para que la mujer pueda finalmente acceder a la salvación.
    Hasta aquí, hemos visto cuál es la situación de la mujer. Pero ¿cuál es la situación de Jesús?
    Es evidente que en este pasaje tenemos un relato de curación, de sanación… Que en lenguaje de Jesús, es de salvación. “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote”. Curación y salvación quedan estrechamente relacionadas en la comprensión de Jesús: la situación de enfermedad de la mujer exige que para que pueda volver a ser persona y pueda tener unas relaciones sociales sanas, la mujer debe ser curada. Debe ser de nuevo admitida en el tejido social. Por eso, curación es salvación: Jesús no hace una vaga promesa de salvación abstracta en un sentido futuro o aún por descubrir. No, Jesús es consciente de que la salvación debe tener una arraigo en los cuerpos, en la realidad que nos rodea, en todo aquello que nos hace ser persona, debe ser salvación para el ahora y aquí y para la situación concreta de cada persona. La salvación de esta mujer en su ahora y aquí implica una curación, una acción que incida directamente en el entorno injusto que la empuja a ser una paria social.
    Y como buen médico, Jesús se aplica el cuento. Si la mujer deber ser rescatada de este estado de muerte social en el que halla, debe ser reconocida, llamara por su nombre, debe dirigirse a ella públicamente y darle un nuevo lugar, hacer que otros la vean como la persona que es. Por ello, Jesús se para y pregunta lo que los discípulos no entienden: ¿quién me ha tocado? La pregunta está dirigida a la mujer, para que se dé a conocer, para ponerle un nombre. El reconocimiento público de alguien que tiene el honor de Jesús automáticamente sitúa a la mujer en un nuevo estado. Además, fijaos, no la reconoce de cualquier manera: se dirige a ella llamándola “hija”. No solo le da la dignidad de persona que el sistema la arrebata, sino que la vincula estrechamente consigo mismo, le transfiere en cierta medida su honor y estatus. Más todavía cuando unos versículos después, Jesús pone el ejemplo de la fe de la mujer como ejemplo para Jairo: “no temas, cree solamente”, como ha hecho la mujer.
    Aquí Jesús tiene el poder, y lo usa en beneficio de otros. La mujer es impotente, pero hemos visto que a pesar de eso, encuentra vías de acción. Hay sin embargo, algo que une estrechamente a Jesús, a la mujer y a nosotros, en nuestra situación actual: y es precisamente, la impotencia.
    La mujer se sintió impotente, pero Jesús experimentó también la forma más dura y cruel de impotencia cuando murió en la cruz. Desprovisto de todo, en un estado de absoluta debilidad, lo que probablemente experimentó es la amarga impotencia que los seres humanos conocemos bien ante ciertas situaciones.
    Ahora bien, también hay algo más que une a Jesús, a la mujer y a nosotros, y es que en la impotencia hay salvación, hay espacio para algo más. En la más absoluta impotencia,  Jesús pensó en otros y trajo salvación. En la más absoluta impotencia la mujer no se paralizó y puso los medios para que a ella también la tocara la salvación. En nuestra impotencia, también hay espacio para hacer que la salvación, la curación social que hizo Jesús con la mujer, también nos toque a nosotros. Atención, lo que no estoy diciendo es que esté mal sentirse impotente, y hacernos sentir peor de lo que nos sentimos porque nos sentimos impotentes. La impotencia es algo que, en la vida, no se puede evitar. La cuestión es si queremos que la impotencia quede estéril o si queremos que a la larga dé fruto en algo.
    Nuestra sociedad está embarazada de impotencia. Como parte de ella, nosotros también lo estamos. Y como hizo Jesús también nosotros podemos canalizarla para que sea una vía de cambio: Jesús reconoció a la mujer, preguntando quién era y escuchándola. A la impotencia se la combate con la escucha, prestando la atención a la persona y dándole el tiempo y el espacio para que cuente su historia, sus penas y alegrías, para que se exprese y se descubra como persona en la escucha que otros le prestan. En el reconocimiento.
    Lo mismo pasa con una sociedad: no sólo para entenderla hay que escucharla, sino que hay que escucharla para humanizarla. Escuchar a las familias desahuciadas, a las personas que no llegan a final de mes, a los que se quedan sin empleo, a los que hacen cola ante el banco de alimentos… Aunque no podamos hacer mucho y nosotros mismos nos sintamos impotentes, escuchar a nuestros vecinos es lo que puede salvarnos, a nosotros y a ellos. Crear espacios para la escucha y tiempos para ella es ponernos, en nuestra impotencia, las herramientas necesarias en la mano para hacer que impotencia solo sea una parada más en este mundo más humano, más de Jesús, que queremos.
    En los Talleres Breves, a menudo nos piden que hablemos de los “signos de los tiempos”. Pues bien, la situación actual, es, sin lugar a dudas, un signo de los tiempos en los que Dios se nos deja ver con particularidad claridad. Quizá andar por la Puerta del Sol con un cartel al cuello que diga, “Te escucho”, sea otro.

dimecres, 28 de març de 2012

De corazones, leyes y rîbs

[Predicación iglesia El Redentor (IEE), Miajadas, Mérida; 25/03/2012)]

(Textos para la predicación: Jr. 31:31-34; Jn. 12:20-33)

Existen algunos textos en nuestras Escrituras que en realidad poca predicación necesitarían porque son tan contundentes y tan sugerentes por sí mismos que parece que todo lo que una pueda decir sobre ellos está de más. El bien conocido texto de Jr. 31, el pacto y el corazón nuevo, es un buen ejemplo de ello. Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo”. Es, sin duda, uno de los textos más hermosos de los que disponemos.

El imaginario y la larga tradición cristiana ha leído este “pacto nuevo” sin duda como una referencia a la nueva alianza sellada en y con Jesús. El texto de Jn. 12 que nos propone también el leccionario esta mañana se mueve en esta dirección: serán la muerte y resurrección de Cristo los que inauguren esta nueva alianza.

Y sí, como cristianos que somos, es legítimo y correcto que leamos el AT desde una perspectiva cristocéntrica como lo hacemos, porque al fin y al cabo somos cristianos, y vemos en Cristo el gran sí de Dios a la humanidad.

Sin embargo, nuestra rapidez por ver a Cristo en todos los textos a veces nos puede hacer perder un poco de la frescura y riqueza de unos versículos que entran de lleno en eso que llamamos el plan de salvación de Dios desde un significado propio para aquellos primeros judíos que lo oyeron.

Por otra parte, flaco favor le haríamos a este texto de Jr., y en realidad a todos los bíblicos, si llevados por una especie de interpretación unilateral, acabáramos viendo aquí una oposición entre Ley y evangelio, o entre Ley y Cristo, como si la primera no tuviera más valor y hubiera fracasado y fuera en el segundo donde tuviéramos que cifrar todas nuestras opciones llanamente. Digo que flaco favor les haríamos a las Escrituras si nos quedáramos entre esta oposición entre Ley y Evangelio, como también flaco favor le haríamos al mismo Jesús, que ya se encargó de dejar bien en claro “que la ley no pasará ni se cambiará un iota de ella.”

Por esto, esta mañana intentaremos hacer una lectura de estos textos un poco más expansiva y abarcante, y no desde simplemente “la cosa vieja” (el antiguo pacto) y el “la cosa nueva” (el nuevo pacto).

¿Qué podemos decir de Jeremías? Bueno, sin duda, Jeremías es uno de los profetas más conmovedores del AT: conocemos su vocación, su ministerio y las penalidades que tuvo que pasar a causa de ello por medio de lo que se conoce como las “confesiones de Jeremías”, aquel famoso texto que dice “maldito el día en que nací”. Sí, Jeremías es el perfecto ejemplo del profeta: interpelando, intentando corregir al pueblo judío y ellos, ale, erre que erre, tozudos y cabezotas hasta lo indecible a su rollo, diríamos hoy.

Y la verdad es que el rollo al que iban tenía muy mala pinta: el reino de Judá por aquel entonces se encontraba tremendamente expuesto a los avatares de la política internacional de la época, pillado entre dos grandes imperios que se disputaban el dominio de Jerusalén como si fuera el patio trasero de su casa. Estos imperios, en el paso del s. VII al VI a.C., eran Egipto al sur y Babilonia al noreste. El caso es que el reino de Judá se hallaba justo en la frontera de la influencia entre estos dos imperios, y según quién tuviera más fuerza en el momento, Jerusalén pagaba o bien tributo a Egipto o bien a Nínive. En realidad, Jerusalén tendía más en aquel entonces hacia el lado egipcio, lo cual advertía Jeremías que podía llegar a ser un tremendo error, como de hecho sabemos que fue, porque poco después vinieron los babilonios, sitiaron Jerusalén y empezaron ya por allí el año 597 a. C. las primeras deportaciones de judíos hacia Babilonia, empezando lo que conocemos como el Exilio.

Sin embargo, el problema que apuntaba Jeremías no se debía sólo a la poca sabiduría de sus gobernantes, sino también al quebrantamiento de la Ley, del pacto, que Dios había establecido con su pueblo allí en el Sinaí, tal como nos recuerda este texto: dice Jeremías que la infidelidad de los judíos se mostraba en que corrían tras otros baales, es decir, otros dioses y señores, y ello se traducía entre otras cosas en la tan denunciada injusticia social de los profetas: la opresión de las viudas y los huérfanos y el abuso del extranjero. Y aquí tenemos dos claves de lectura esenciales para nuestro texto.

La primera es la de los baales. La segunda es la de justicia.

“Baal” (que en nuestro texto aparece como verbo) es una palabra que en el imaginario bíblico suena mal: se refiere precisamente al dios Baal, y recuerda inevitablemente a la infidelidad del pueblo. Pero Baal también significa a su vez “amo, señor o esposo” y en este sentido, significaba la autoridad de un esposo sobre su esposa y el dominio que ejercía sobre ella. Y es interesante que en nuestro pasaje de Jr. Dios se presente como “marido”: ellos invalidaron mi pacto, aunque yo fui marido para ellos…, dice Yahvé.

Está claro que, en principio, Yahvé aquí se refiere a su actitud de marido amante y fiel. Pero sin embargo, ese matiz de dominio está presente, pero presente de una manera matizada: no se trata tanto de que Dios ejerza su dominio a través de la Ley como de que la intención original de la Ley queda ahora desvirtuada y, si queréis, “baalizada”.

Porque en realidad la Ley, como tal, no tiene una intención punitiva, al estilo del ojo por ojo y diente por diente: no dice “si haces tal cosa se te castigará con tal otra”. Más bien lo que da es un marco en el que desarrollar unas relaciones y por tanto una vida saludable, lo que en lenguaje bíblico se llama “justa”. En el AT, la justicia no es una cuestión de los juzgados, del impartir ecuánime de un juicio a través de un juez: la justicia es la manera en cómo la comunidad se relaciona, cómo interactúa entre sí, cómo se relacionan sus miembros entre sí y con Dios. Esto, entre otras cosas, quiere decir que una cosa que en un momento era justa, en otro momento podía no serlo: lo que era justo para una persona en una situación concreta podía no serlo para otra en otra situación. Pagar de multa 2 burros por una infracción no siempre era justo, porque quizá el infractor no tenía suficiente con qué pagar. En este sentido, pues, la justicia era asimétrica, una palabra que quizá tiene hoy mala prensa, pero que responde a la individualidad y las situaciones concretas de las personas. En este sentido, pues, la ley es “justa” para todos, pero no nos “homogeniza” unos a otros.

El problema está cuando la justicia se “legaliza”, se entiende como código legal estrictamente judicial, es decir, cuando se sigue escrupulosamente la ley sobre la letra pero no el sentido último de ésta, el que acabamos de definir como “buena” relación con Dios: uno, efectivamente, puede ser intachablemente respetuoso con la ley, es decir, legal…. Y sin embargo, ser descaradamente injusto.

Nuestro tiempo actual está lleno de esta circunstancia: por ejemplo, los desahucios que últimamente son noticia en los periódicos. Familias que son incapaces de afrontar sus hipotecas y se ven obligadas a dejar sus viviendas… a la vez que deben seguir pagando la hipoteca del piso que deben abandonar. ¿Es esto legal? Por supuesto. ¿Es justo? Por supuesto que no. Aquello de “hecha la ley, hecha la trampa” resume muy bien esta coyuntura.

Y, volviendo ahora a la Ley del AT, a esto es a lo que nos referimos cuando decimos que la ley se “baaliza” cuando es legalista pero no justa, porque por un lado, incentiva la injusticia, pero por otro, pone a Dios como garante de esa injusticia, es decir, pone a Dios a la misma altura que el señorío despótico al que tenía antes el marido sobre la mujer. Allí donde Dios se había presentado como amante esposo, se le acaba caricaturizando como el marido dominante y violento, como aquel que reclama el derecho sobre su esposa, si queréis decirlo así.

Pero ¡ai! Dios no es baal… ni tampoco quiere serlo. Porque en lugar de ser garante de injusticia o de castigar, como haría el marido despótico, …. se queja. En lugar de airarse…. denuncia. A Dios no le sirve el ejercer un dominio legalista, porque no es de eso de lo que va la Ley, la antigua alianza. Así que da otra oportunidad. Y da otra oportunidad dentro del marco de la justicia.

Porque lo que tenemos aquí, en el texto de Jeremías, es en realidad un rîb. Y ahora sí que la hemos liado, porque acabo de soltar una palabreja de esas raras.

¿Y qué es eso?, ¿qué es el rîb?, os preguntaréis. Bueno, un rîb era una de las formas en las que se ejercía la justicia en el antiguo Israel. No era un juicio, con un acusado, una víctima y un juez. En realidad era un proceso que se desarrollaba entre la víctima y el acusado, y sólo entre ellos dos.

Empezaba cuando la víctima se iba a buscar a su victimario, es decir, a aquel que le había hecho algún tipo de violencia, y se quejaba ante él de lo que había hecho. El rîb no estaba pensado para fijar una pena, una retribución; eso ya lo hacía un juicio normal y corriente. El rîb estaba pensado para concluir en reconciliación. Y la reconciliación es más que perdón: es encuentro. Por eso, la persona contra la que se dirigía el rîb debía, por su propia voluntad, querer entrar en el proceso de reconciliación al que invitaba el rîb. Job, por ejemplo, cuando se queja a Dios sobre todo lo que le está pasando, está haciendo un rîb.

¿Y no está haciendo en este pasaje de Jeremías el propio Dios un rîb? Por supuesto que sí: al quejarse de que Israel no le hace caso y al esbozar un horizonte en el que la Ley, al estar inserta en el corazón de las personas, al salir desde dentro, cumple su verdadero sentido, Dios precisamente está haciendo un rîb contra Israel. Porque imaginar lo que no es ahora realidad es una manera ya de denunciar lo que está mal, lo que no encaja, en esta realidad. Es el famoso “otro mundo es posible”, que no es un lema actual, sino tan antiguo como este texto bíblico.

El rîb de Dios, sin embargo, tiene además unas características propias: trae consuelo. Y trae consuelo no sólo para quien está sufriendo violencia, en este caso, el propio Dios, sino para aquel que ha ejercido la violencia, porque tan perniciosa es la falta para quien la recibe como para quien la comete. La consolación de la que habla Jeremías en este pasaje no es sólo pues para un Israel roto y descorazonado, a las puertas del Exilio, sino también para el mismo Dios, que es el gran doliente.

Con esto en mente, pasemos ahora al pasaje del evangelio de Juan. En él, nos encontramos a un Jesús que anuncia su muerte, y que sí, se siente turbado por su cercanía. ¿Quién no se sentiría así, sabiendo que la muerte anda tan cerca?

Pero Jesús parece haber llegado a una acuerdo consigo mismo ante la inminencia de lo que va pasar, y la invocación a Dios sirve tanto como para confirmar su decisión como para anunciar el juicio de este mundo a aquellos que lo escuchan, dice el texto. La imagen del trigo que muere para traer vida viene a agregar esa dimensión extra de la muerte de Jesús, ese morir para traer vida. Juicio, y vida, según el texto.

Pero, con todo lo que hemos venido viendo en el pasaje de Jeremías, ¿no podría ser que aquí precisamente nos encontremos con otro rîb? Y no con otro rîb, sino en realidad, con otro capítulo más del rîb que hemos visto en Jeremías.

Sí, efectivamente, se trata del mismo patrón: el juicio de este mundo del que habla Jesús no es juicio para condenación, sino para que el mundo entre en este proceso de reconciliación que Dios viene a ofrecer. Es la denuncia de Dios ante la baalización de la ley y la invitación a querer entrar en este proceso de reconciliación. Porque pensemos, Jesús habla de juicio, pero ¿se ha producido ese juicio? No, claro que no. Podríamos pensar que la muerte de Jesús ya es el juicio del mundo. Pero no es este el proceso del rîb, que no condena, sino que invita, ni tampoco es la lógica de Dios. ¿De qué le sirve a Dios condenar el mundo? En realidad, de nada. Lo interesante no es condenarlo, sino reconciliarse con él. Y en ese proceso de reconciliación hacer que la otra parte admita su participación y reciba, por tanto, también consuelo. El rîb de Dios, que encontramos en este pasaje de Juan, pues, no está pensado para condenar, sino para consolar. Para hacer, sí, que la Ley, en su intención original, lata en los corazones de las personas, no como algo impuesto desde fuera, sino como algo apropiado, íntimo, propio, asumido. Porque la Ley y el Cristo tienen en realidad la misma función: orientarnos y abrirnos a Dios.

En estos días en los que nos preparamos para la Semana Santa, para la muerte y resurrección de Cristo, es importante que retengamos esta idea del rîb. La vida, muerte y resurrección de Jesús, puede de hecho ser entendida con el mismo patrón del rîb: éste acusa y denuncia, pero no tanto para condenación, sino para reconciliación. Porque la vida, muerte y resurrección de Jesús son la queja de Dios ante el mundo, pero también son el proceso de reconciliación al que Dios quiere invitarnos activamente. No se trata por tanto de que Cristo expíe nuestros pecados como Cordero de Dios y punto, sino del acto que debe sacudirnos y hacernos despertar al deseo de Dios: que éste no nos acusa, sino que quiere iniciar un proceso de sanación con nosotros. De que no sólo nos hace sentir pecadores, sino de que el sentirse pecador es sólo el punto de partida que debemos reconocer para entrar en este diálogo fructífero con Dios. Pero que no debemos quedarnos atorados o encallados en él: que debemos seguir más allá.

Y en esto, el rîb de Dios también es especial, porque aun la denuncia va precedida del perdón: el texto hebreo de Jeremías no termina diciendo “porque perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré de sus pecados”, como tenemos escrito en nuestra Biblia, si estáis usando la RV60, sino que dice “porque perdono su maldad y no me acuerdo de sus pecados”. No se trata de que Dios nos perdonará, sino de que ya nos ha perdonado. No se trata de que Dios vaya a olvidar nuestros pecados. Es que ya los ha olvidado. Y es precisamente para que aprendamos a tomar conciencia de ello y consintamos a participar de este rîb para nuestra reconciliación y consuelo por lo que Dios se queja, nos busca y nos interpela, poniendo en nuestras manos las herramientas para responderle.

OREMOS.