dilluns, 2 de juliol de 2012

Todos somos "la hemorroísa"

[Mc. 5:21-43; Igl. de Jesús, Madrid, 01/07/2012]

    Abriendo el periódico hoy, la gran mayoría de los titulares vienen llenos de la crisis financiera que sacude a toda Europa, y ahora particularmente a España. Cuando estoy preparando esta predicación es jueves al mediodía, y todos los ojos están vueltos hacia Bruselas para ver qué acordarán Merkel y Hollande. “La supercumbre, la cumbre del fin del mundo, la madre de todas las cumbres”, empieza uno de sus artículos El País. Nos hablan de la “prima de riesgo”, de “bonos del Estado”, de tipos de interés, de rescate, de recapitalización de los bancos españoles, de calificación crediticia de la deuda soberana, y de crisis de deuda. Todo lo cual nos hunde en una miasma de incomprensión porque los ciudadanos de a pie (o al menos la mayoría) no entendemos de qué nos están hablando con tanto nombre y tecnicismo. Y por mucho que uno se interesa y quiera “entender” es difícil destejer la compleja red de circunstancias, motivos, razones y coyunturas que han llevado a la situación que tenemos hoy en día. Lo único que sabemos es que las cosas están mal, que no hay dinero, que no llegamos a fin de mes y que parece que las cosas van a ir a peor.
    Lo que sí tenemos claro es que hay algo que no funciona, a pesar de que no seamos expertos que podamos entender las complejidades del sistema económico y financiero. Lo que sí tenemos claro es el peso de esta losa que cargamos todos sobre las espaldas, esta sensación de impotencia e irremediabilidad, de no poder hacer nada, de fatalismo y de opresión que nos encorva los hombros, más cuando no acabamos de entender lo que pasa. El sonido de las alarmas disparándose desde todos lados nos asusta y nos pone todavía más nerviosos, y no encontramos el botón para apagar las sirenas. Las complejidades de un sistema que nos pesa parece que nos han envuelto en una rígida tela de araña de la que no podemos deshacernos aunque queremos: somos mosquitos atrapados en la tela. El poder para cambiar las cosas no está en nuestras manos. Sólo los expertos pueden sacarnos lodazal en el que nos han (o nos hemos) metido.
    El leccionario de esta semana nos invita a poner en diálogo esta situación actual con varios textos bíblicos. De los tres que nos propone, me gustaría acercarnos a nuestro presente partiendo del relato de la conocida “hemorroísa”, en Mc. 5. Me gustaría hacerlo así por dos motivos: uno porque a mí me parece que hay claves en el texto que puede ayudarnos a enfrentar como seguidores de Cristo nuestro tiempo, muy pertinentes además. La otra porque la imagen de una mujer desangrándose sin remisión es muy parecida a la sensación que se extiende a nuestro alrededor en la sociedad: igual que la hemorroísa, nosotros también nos estamos desangrando. Y como le sucedió a ella, por más médicos a los que vamos, no nos solucionan el problema. Antes peor, perdemos más sangre.
    Como nosotros, la hemorroísa se enfrentaba a una situación que escapaba a su control: desde hacía doce años, sufría de flujo menstrual permanente, lo cual ponía sobretodo en riesgo su salud y su vida. Por eso, había empeñado todos sus ahorros en busca de sanación. Pero ninguno de los médicos que la visitaron le solucionó el problema, y seguía sangrando.
    Ahora bien, había un factor tan importante como este del riesgo de muerte y que convertía a nuestra mujer en lo que a todas luces podemos llamar “una muerta en vida”. El sistema social y cultural de la época la convertía en una mujer impura, una paria que debía vivir en los márgenes, puesto que al tener un flujo menstrual constante, estaba automáticamente encerrada en estado perpetuo de impuridad. Sabéis que la cuestión de la puridad y la impuridad en el judaísmo de tiempos de Jesús no era una cuestión anecdótica, sino un elemento central que definía el día a día de miles de personas. Incluso fue una de las grandes cuestiones que creó polémica en la iglesia naciente, como nos recuerdan las polémicas que recoge Pablo alrededor de la circuncisión, que en el fondo de trataba de una cuestión de pureza o impureza.
    Así pues, el ser impuro era algo que determinaba y condicionaba tremendamente a una persona en su relación con las otras. Esta mujer no podía tocar a otros ni estar en contacto con ellos, puesto que automáticamente los convertiría en impuro, porque la impureza se contagia: no podía ir al mercado, no podía ir a buscar agua, no podía ir a la sinagoga, no podía estar en los espacios públicos. No podía hacer nada que la pusiera en contacto con otros. Imaginaos el drama de esta mujer. A su debilidad física, provocada por la pérdida constante de sangre, se unía una debilidad social en la que el sistema de pureza e impureza de su tiempo la encuadraba. Ella, también, se sentiría impotente, sin las herramientas necesarias en sus manos para cambiar la situación.
    Y sin embargo, Marcos nos presenta a esta mujer como el ejemplo de discípula. El relato nos dice que en ningún momento la mujer dudó de que tocando sencillamente a Jesús, se curaría, sería salvada. A diferencia de Jairo, que pregunta y ruega, y a diferencia de los discípulos, que no entienden ni por asomo la situación, no pregunta a Jesús, sino que convencida, con absoluta fe, alarga la mano hacia Jesús. De mujer impotente, pasa a mujer que puede, a mujer que no se conforma a su situación y busca los canales necesarios para salir de la situación de impotencia e injusticia.
    Pero este alargar la mano, como hemos visto, es un gesto desafiante… como suele ser todo gesto que los impotentes realizan para salir de su impotencia. Es desafiante porque contraviene las ideas y estructuras sociales que le dicen que ella no es digna de protestar  y de intentar cambiar su situación. De hecho, la mujer que pierde sangre debe enfrentarse y desafiar tres cuestiones más que profundizan en la impotencia y conformismo a las que la empujan las normas sociales.
    La primera barrera que debe superar la mujer ya la hemos visto: es la del contacto. En este caso, no tanto el contacto con Jesús (que también), sino el contacto con los otros. El propio texto nos dice que Jesús estaba absolutamente rodeado de gente, tan rodeado que seguramente a ratos apenas podría moverse. Cantidad de personas se arremolinaban a su alrededor, andando con él, rodeándole a veces y haciendo a ratos que se tuviera que parar. Así pues, para llegar a tocar el manto de Jesús, esta mujer tuvo que internarse entre todas estas personas, a lo mejor abriéndose paso a empujones, siendo zarandeada de un lado a otro hasta llegar a su objetivo, o corriendo entre las filas de personas que seguían a Jesús… Personas que de saber el estado de impureza en el que se hallaba se habrían apartado de ella rápidamente y habrían puesto el grito en el cielo, si no algo peor. Porque estas personas que caminaban con Jesús probablemente sabrían bastante de leyes de pureza e impureza: no en vano, junto a Jesús se encuentra andando Jairo, el principal de una sinagoga.
    La segunda barrera a la que debe enfrentarse y superar esta mujer es el sistema honor/vergüenza. Este sistema regía todas las relaciones entre las personas y con los grupos (familia, amistades, etc) que una persona pudiera establecer. La sociedad antigua era una sociedad fuertemente jerarquizada: los que están arriba tienen honor (y debido a ello, suelen ser ricos y poderosos), los que están abajo tienen menos honor en una escala decreciente hasta llegar a la última persona. Las mujeres no tienen honor; tienen vergüenza. Pero los varones sí tienen honor: tienen el honor con el que han nacido (por haber nacido en una familia en particular, por ejemplo) y el que pueden ir adquiriendo en el transcurso de la vida a través de obras (por ejemplo, haciendo de mecenas de las construcciones públicas de una ciudad). No sabemos cuánto honor tendría Jesús por nacimiento, pero desde luego sí tenía una buena proporción de honor acumulado que otros le reconocían: no en balde en nuestro relato uno de los sirvientes de Jairo llama a Jesús “Maestro”. En la sociedad antigua, era difícil que una persona de un honor menor a otra se dirigiera a ella públicamente. De aquí, la mayoría de acciones de Jesús fueran escandalosas para los demás cuando se halla hablando con una mujer o bien éstas se le acercan y él no las despide. Una mujer, o un varón con un honor menor que el de Jesús, no podría en principio plantarse ante Jesús y empezar a hablar tranquilamente con él. La ley social, la costumbre, la norma, no lo permite. Otra cosa es que Jesús haga poco caso a la ley social, pero como principio general, todo aquel que se acerca a Jesús y se halla en una condición de inferioridad social lo hace desafiando los usos y costumbres respetados por la mayoría. No digamos ya tocarle, que es lo que hace la mujer con flujo de sangre, que transmite la impureza con el tacto.
    La tercera barrera que tiene que superar es la del miedo: cuando Jesús es consciente de que un poder ha salido de él y pregunta quién le ha tocado, ella debe responder, superando el miedo. Pero no es éste un miedo al estilo “me han pillado” y del “y ahora qué me van a hacer”, es un miedo mucho más profundo. Es el miedo, o mejor, el temor, al encontrarse enfrente del poder de Dios en acción: la mujer sabe que al instante ha sucedido algo, que al instante ha sido curada. Sabe que quién está frente a ella habla por Dios, que es el Hijo de Dios, el Mesías. Y responde con una palabra de verdad cuando Jesús pregunta quién le ha tocado. Aunque de distinta forma, también este temor deber ser superado para que la mujer pueda finalmente acceder a la salvación.
    Hasta aquí, hemos visto cuál es la situación de la mujer. Pero ¿cuál es la situación de Jesús?
    Es evidente que en este pasaje tenemos un relato de curación, de sanación… Que en lenguaje de Jesús, es de salvación. “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote”. Curación y salvación quedan estrechamente relacionadas en la comprensión de Jesús: la situación de enfermedad de la mujer exige que para que pueda volver a ser persona y pueda tener unas relaciones sociales sanas, la mujer debe ser curada. Debe ser de nuevo admitida en el tejido social. Por eso, curación es salvación: Jesús no hace una vaga promesa de salvación abstracta en un sentido futuro o aún por descubrir. No, Jesús es consciente de que la salvación debe tener una arraigo en los cuerpos, en la realidad que nos rodea, en todo aquello que nos hace ser persona, debe ser salvación para el ahora y aquí y para la situación concreta de cada persona. La salvación de esta mujer en su ahora y aquí implica una curación, una acción que incida directamente en el entorno injusto que la empuja a ser una paria social.
    Y como buen médico, Jesús se aplica el cuento. Si la mujer deber ser rescatada de este estado de muerte social en el que halla, debe ser reconocida, llamara por su nombre, debe dirigirse a ella públicamente y darle un nuevo lugar, hacer que otros la vean como la persona que es. Por ello, Jesús se para y pregunta lo que los discípulos no entienden: ¿quién me ha tocado? La pregunta está dirigida a la mujer, para que se dé a conocer, para ponerle un nombre. El reconocimiento público de alguien que tiene el honor de Jesús automáticamente sitúa a la mujer en un nuevo estado. Además, fijaos, no la reconoce de cualquier manera: se dirige a ella llamándola “hija”. No solo le da la dignidad de persona que el sistema la arrebata, sino que la vincula estrechamente consigo mismo, le transfiere en cierta medida su honor y estatus. Más todavía cuando unos versículos después, Jesús pone el ejemplo de la fe de la mujer como ejemplo para Jairo: “no temas, cree solamente”, como ha hecho la mujer.
    Aquí Jesús tiene el poder, y lo usa en beneficio de otros. La mujer es impotente, pero hemos visto que a pesar de eso, encuentra vías de acción. Hay sin embargo, algo que une estrechamente a Jesús, a la mujer y a nosotros, en nuestra situación actual: y es precisamente, la impotencia.
    La mujer se sintió impotente, pero Jesús experimentó también la forma más dura y cruel de impotencia cuando murió en la cruz. Desprovisto de todo, en un estado de absoluta debilidad, lo que probablemente experimentó es la amarga impotencia que los seres humanos conocemos bien ante ciertas situaciones.
    Ahora bien, también hay algo más que une a Jesús, a la mujer y a nosotros, y es que en la impotencia hay salvación, hay espacio para algo más. En la más absoluta impotencia,  Jesús pensó en otros y trajo salvación. En la más absoluta impotencia la mujer no se paralizó y puso los medios para que a ella también la tocara la salvación. En nuestra impotencia, también hay espacio para hacer que la salvación, la curación social que hizo Jesús con la mujer, también nos toque a nosotros. Atención, lo que no estoy diciendo es que esté mal sentirse impotente, y hacernos sentir peor de lo que nos sentimos porque nos sentimos impotentes. La impotencia es algo que, en la vida, no se puede evitar. La cuestión es si queremos que la impotencia quede estéril o si queremos que a la larga dé fruto en algo.
    Nuestra sociedad está embarazada de impotencia. Como parte de ella, nosotros también lo estamos. Y como hizo Jesús también nosotros podemos canalizarla para que sea una vía de cambio: Jesús reconoció a la mujer, preguntando quién era y escuchándola. A la impotencia se la combate con la escucha, prestando la atención a la persona y dándole el tiempo y el espacio para que cuente su historia, sus penas y alegrías, para que se exprese y se descubra como persona en la escucha que otros le prestan. En el reconocimiento.
    Lo mismo pasa con una sociedad: no sólo para entenderla hay que escucharla, sino que hay que escucharla para humanizarla. Escuchar a las familias desahuciadas, a las personas que no llegan a final de mes, a los que se quedan sin empleo, a los que hacen cola ante el banco de alimentos… Aunque no podamos hacer mucho y nosotros mismos nos sintamos impotentes, escuchar a nuestros vecinos es lo que puede salvarnos, a nosotros y a ellos. Crear espacios para la escucha y tiempos para ella es ponernos, en nuestra impotencia, las herramientas necesarias en la mano para hacer que impotencia solo sea una parada más en este mundo más humano, más de Jesús, que queremos.
    En los Talleres Breves, a menudo nos piden que hablemos de los “signos de los tiempos”. Pues bien, la situación actual, es, sin lugar a dudas, un signo de los tiempos en los que Dios se nos deja ver con particularidad claridad. Quizá andar por la Puerta del Sol con un cartel al cuello que diga, “Te escucho”, sea otro.

1 comentari:

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